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    Una pica en Flandes: la encrucijada armenia

    Sr. director:

    La Trump Route for International Peace and Prosperity (TRIPP) o la contención de Rusia e Irán. Es bien conocido que la región del Cáucaso, y en particular el lado sur, constituye un espacio geográfico de altísimo valor estratégico. Como señala Zbigniew Brzezinski, exasesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, en El gran tablero mundial, el Cáucaso forma parte de los “ejes geopolíticos” cuya localización los vuelve decisivos no por su poder propio, sino por su posición en las rutas de influencia entre grandes potencias. Se trata de un verdadero cruce de rutas terrestres: de norte a sur, de Irán hacia Rusia y Europa a través del mar Negro; del golfo Pérsico al mar Negro; y de este a oeste, desde Azerbaiyán hacia Turquía, del mar Caspio al Mediterráneo, o incluso, si se amplía la escala, de China hacia Europa. Esta centralidad no es nueva: lo fue históricamente y continúa siéndolo en la actualidad.

    A comienzos del siglo XX, el llamado Tren Alemán en Asia Menor fue un factor relevante en el contexto que desembocó en el Genocidio Armenio. Como lo plantea el historiador turco Taner Akçam, los grandes proyectos ferroviarios y logísticos del Imperio otomano estaban estrechamente vinculados a objetivos militares y de ingeniería demográfica, aunque no logró materializar plenamente el objetivo turco de unir a todos los pueblos túrquicos desde Asia Menor hasta Asia Central. Por ello, tras el genocidio y una vez que Armenia se declaró independiente con una frontera sur lindante con Irán, el líder turco Mustafa Kemal lanzó una ofensiva contra la joven República de Armenia. El objetivo central de esa campaña era arrebatarle la región sur para concretar el Proyecto Panturquista, que pretendía la unión física terrestre entre Turquía, Azerbaiyán y el resto de los países turcomanos de Asia Central.

    Desde 1990, tras la disolución de la Unión Soviética, el denominado Plan Global de Estados Unidos sugería para Armenia un intercambio territorial: la cesión de la provincia sur de Syunik a cambio de Artsaj (Nagorno Karabagh). Esta propuesta se inscribía en un contexto en el que Rusia aún aparecía como garante de la seguridad armenia a través de la OTSC, la base militar de Gyumri y, más tarde, las fuerzas de paz desplegadas en Artsaj, un rol que se fue erosionando progresivamente hasta quedar virtualmente vacío tras las guerras de 2020 y 2023. De este modo, se buscaba privar a Irán de su frontera norte, considerada por Washington como la única frontera exterior verdaderamente estratégica de la República Islámica.

    Encrucijada de Paz. La denominada Trump Route for International Peace and Prosperity (TRIPP) prevé unir, atravesando territorio armenio, a Azerbaiyán con su enclave de Najicheván. Cabe recordar que tanto Najicheván como Nagorno Karabagh fueron históricamente parte integral de Armenia y que fueron transferidos a la administración azerbaiyana en el período soviético. Es aquí donde el proyecto del gobierno armenio denominado Encrucijada de Paz encuentra un interesado de peso. El 8 de agosto de 2025 se firmó en el Despacho Oval un acuerdo preliminar con vistas a un tratado de paz entre el presidente azerbaiyano Ilham Alíyev y el primer ministro armenio Nikol Pashinián, bajo la tutela del presidente estadounidense Donald Trump.

    La denominada “Ruta” incluiría todo tipo de infraestructuras clásicas y modernas: oleoductos, gasoductos, acueductos, tendidos eléctricos, carreteras y ferrocarriles destinados al transporte de bienes, servicios y personas, bajo la soberanía del Estado armenio. En este esquema, la Unión Europea aparece como un actor secundario pero funcional, interesada en la estabilidad de nuevas rutas energéticas y comerciales que reduzcan dependencias estratégicas, aun cuando su capacidad de incidencia política y militar en la región sea limitada.

    El problema central que se plantea no es si el acuerdo preliminar es bueno o malo para alguna de las partes —puede ser tan beneficioso como lo desee el más optimista o tan negativo como lo vea el más pesimista—, sino cuán confiable resulta en términos políticos y estratégicos. La principal preocupación radica en la forma en que el presidente de Estados Unidos presenta el acuerdo, con una aparente ligereza y superficialidad frente a un conflicto de enorme complejidad histórica.

    El mandatario ha afirmado en reiteradas ocasiones haber resuelto un conflicto de más de 35 años. Sin embargo, no se resolvió nada sustancial: simplemente se dio forma escrita a una situación de facto. En el acuerdo no hay justicia ni reconocimiento de derechos; solo hay ratificaciones de hechos consumados. Lisa y llanamente, convalida el uso de la fuerza para la resolución de los conflictos.

    El caso de Artsaj (Nagorno Karabagh) es paradigmático. Las resoluciones 822, 853, 874 y 884 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas reafirmaron de forma reiterada el principio de integridad territorial de Azerbaiyán, sin reconocer en ningún momento a Artsaj como sujeto político independiente. Hoy, la región ya no existe como entidad política, pero es necesario reconocer que, durante más de 35 años, tampoco existió en términos de reconocimiento internacional. Ni siquiera cuando funcionó como república de facto fue reconocida por ningún Estado, y las Naciones Unidas reiteraron de forma constante la necesidad de respetar la integridad territorial de Azerbaiyán. En este sentido, el tratado no resolvió el problema histórico: simplemente convalidó los resultados bélicos impuestos sobre el terreno, de manera similar a lo que podría suceder próximamente con la eventual cesión de territorios por parte de Ucrania como forma de terminar ese conflicto bélico.

    La postura de Estados Unidos no responde a desconocimiento, sino a un pragmatismo crudo, basado en intereses nacionales y en ambiciones personales. En palabras de Henry Kissinger, “Estados Unidos no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes, sólo intereses permanentes”, una máxima que parece guiar este enfoque. El presidente busca consolidar su imagen como artífice de la paz, aspirando incluso al Premio Nobel, mientras al mismo tiempo clava una pica en el Cáucaso. Por primera vez en décadas, Estados Unidos logra una presencia directa y estratégica en las inmediaciones tanto de Rusia como de Irán.

    Es plausible pensar que detrás de estos movimientos existan acuerdos de gran profundidad entre Estados Unidos y Rusia. Acuerdos que permitirían a Moscú, con el aval tácito de Washington, consolidar su control sobre amplias regiones de Ucrania —desde Crimea hasta el norte— a cambio de no interferir con los planes estadounidenses en Medio Oriente. Como indicio de esta dinámica podrían señalarse la retirada rusa de Siria y la aceptación del control estadounidense sobre la ruta TRIPP.

    Resulta evidente que Armenia no podría resistir un ataque combinado de Azerbaiyán, Turquía e Israel sobre la región de Syunik. La mención de Israel no es marginal: la cooperación militar y de inteligencia entre Tel Aviv y Bakú, así como el valor estratégico del territorio azerbaiyano como plataforma frente a Irán, integran plenamente a Azerbaiyán en el esquema regional de contención de la República Islámica. Una vulnerabilidad ya expuesta durante la guerra de los 44 días de 2020, analizada por el International Crisis Group como un conflicto marcado por una asimetría militar decisiva.

    La provincia sur de Armenia, Syunik, es una de las zonas más alejadas de la capital y menos poblada del país. Syunik no es solo un territorio vulnerable desde el punto de vista militar: constituye el último vínculo terrestre de Armenia con Irán, una frontera histórica que sobrevivió al genocidio y cuya eventual pérdida dejaría al Estado armenio prácticamente cercado, por tanto, para Armenia es una zona vital y lograr, de alguna forma, la soberanía de ella es una prioridad nacional.

    En definitiva, evaluando la situación desde la perspectiva de una derrota bélica previa, sumada a un giro estratégico en el sistema de alianzas impuesto por fuerzas externas al Estado armenio, el gobierno de Armenia jugó una de las pocas cartas que aún conservaba: la apertura de caminos, pero con control soberano, es decir, conservando la integridad territorial de la república. El precedente que se establece en el Cáucaso trasciende ampliamente a Armenia: consolida una lógica internacional en la que los hechos consumados sobre el terreno se transforman en derecho, un patrón que resuena tanto en Ucrania como en otras zonas de fricción del sistema internacional contemporáneo.

    Daniel Bedouny Mekhjian Keosseian

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