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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs una regla básica que la vida del ser humano fatal e inexorablemente está destinada a perecer. El filósofo Heidegger afirmaba que “el hombre-es-un-ser-para-la-muerte”. La posibilidad de otra vida posterior a su extinción terrena solo puede ser apuntalada por una muy fuerte cuota de fe religiosa.
Pero también hay en la existencia otra muerte menor, que nuestra atenta diligencia puede, aun transitoriamente, esforzarse en evitar: es la desmemoria, que engulle hechos y acontecimientos. Por eso se ha dicho que “un inmenso río de olvido nos lleva a una eternidad desconocida”.
Hoy quiero rescatar de ese “desvanecimiento” a un grupo humano que, de distintas extracciones económicas y de lugares para mí entonces tan desconocidos como La Paloma (cerca de La Cadena), Cardal, San Bautista y San Ramón, o apenas conocidos como Las Piedras y La Paz, acudieron al liceo Berreta para cursar los Preparatorios que no existían en otros establecimientos de Secundaria. Situemos este período entre 1953 y 1954.
Esta evocación surge porque el 14 de este mes de julio de 2024 falleció en San Ramón, casi nonagenario, Valter Abreu Rampoldi, el último (si no me cuento a mí mismo) representante de aquel grupo tan singular, tan querible, con un sentido tan natural de la amistad y de que cada uno iba a aportar algo significativo para la cultura.
Todos actuábamos como si hubiéramos firmado un sagrado compromiso: el de ser amigos “para siempre”, ignorando ingenuamente las trampas de la vida; pero sí pudimos alcanzar otro logro, menor pero relevante: todos fuimos amigos hasta la muerte. ¡Y qué amistad! Tan noble como desinteresada, tan exenta de las impurezas del prosaísmo como de la ruindad.
Lo que no previmos fueron las estratagemas de la muerte temprana, que mutó la fresca amistad en tragedia, tan dolorosa entonces como lo es hoy su recuerdo. El primero fue Gustavo Aguirrezavala, alegre y gauchazo, acuchillado a los 17 años en la plaza de Canelones por un novio celoso de la misma edad, estimulado por la ebriedad. El segundo fue Juan Carlos De la Torre, que nos pidió despedirlo y lo hicimos con un asado en el Paso Calleros —entonces no poluido—, pensando en un traslado transitorio hacia lugar más exitoso (¡Y en cambio lo despedimos de la vida, días después, en el lejano km 319, del Río Negro!).
El tiempo luego hizo, implacable, su obra. Pililo López, ya escribano, de Florida. El Popo Olivar, dueño de Radio Cristal. Rodolfo Cambiaso; el Capi Deluca; el Chato Gravina; Huber Crosa, de San Bautista y luego de Salinas; Milton Pérez Canzani, de Santa Lucía, edil y fino poeta pastoril; Martín García Nin, homenajeado exsecretario de la Cámara de Representantes; Jorge Marabotto, jurista, llegó a ser presidente de la Suprema Corte de Justicia; el mes pasado, Roberto Simois, hermano de amamantamiento, y el más reciente, Valter Abreu.
¿Qué decir de Valter Abreu? Trabajó muchos años en la administración de UTE. Ejerció la docencia en la Universidad del Trabajo en Dibujo Técnico y Educación Cívica y desempeñó la dirección de UTU de San Ramón. Junto con su esposa, Miriam Cabrera, debieron afrontar el fallecimiento de dos hijos impúberes, episodio desafortunado que vino a confortar la llegada de Valter Federico, quien los acompañó hasta el final de sus vidas. Solo unos pocos amigos disfrutamos sus poesía, para la que tenía excepcionales aptitudes. Riqueza de lenguaje, dominio de estilos, ritmo adecuado y rima que caía tan natural que despertaba admiración, mostraban en él condiciones para un género literario que nunca se le ocurrió cultivar y que sabía crear con naturalidad y hasta como en broma.
Que yo sepa, nunca publicó nada. Solo alcanzó a circular algo entre muy pocos amigos, en forma de correspondencia y a veces sustituyéndola. Quizás alguna fuerza misteriosa del destino lo orientó, sin él saberlo, para que cerrara el círculo de los que mantuvieron una amistad maciza, abigarrada, pero humilde, sin afectación ni exhibicionismo —como deben ser las grandes cosas en este mundo—, que sobreviviría “hasta la muerte”.
Este es un caso de desperdicio de una faceta del genio. No tuvo epígonos. Nadie lo siguió. No intentemos descifrar por qué se pierden expresiones excelsas de la cultura. “Cosas hay entre el cielo y la tierra —le dijo Hamlet a Horacio— que escapan a tu filosofía”.
Agapo Luis Palomeque