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    Argentina también jugará contra Argentina en el próximo Mundial

    La selección campeona del mundo llegará al torneo mundial en Estados Unidos, Canadá y México en medio de la crisis interna que salpica a la AFA, cuyos dirigentes son investigados por la Justicia e insultados por los hinchas; ¿ese ruido afectará al equipo de Lionel Messi?

    Ya en el año del Mundial 2026, Argentina defenderá en Estados Unidos desde el 11 de junio su título ganado en Catar 2022 en medio de un clima interno enrarecido. En un país en el que la selección supone casi el único orgullo compartido, la actual vigente campeona del mundo comenzó a perder consenso desde finales de 2025, como si una nube tóxica la envolviera. Lo curioso es que las turbulencias no llegaron después de una serie de derrotas deportivas del equipo de Lionel Messi o de una relación sin armonía entre el cuerpo técnico y los jugadores, sino a través de una avalancha de escándalos por fuera de los campos de juego, en los despachos y no sobre el césped, protagonizados por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), presidida por Claudio Chiqui Tapia. El presidente Javier Milei vio oscuridad y entró: Argentina también jugará contra Argentina en el Mundial.

    El desafío de Messi y sus muchachos suena a imposible por una lógica histórica: desde la Brasil bicampeona en Suecia 1958 y Chile 1962, ninguna selección ganó dos copas del mundo seguidas. Si la mención al equipo de Pelé y Garrincha ya implica un ejemplo en blanco y negro, para el caso anterior habría que retroceder aún más, hasta la Italia bicampeona de 1934 —un Mundial jugado en el país de Benito Mussolini— y 1938. El propio Messi conducirá, además, una pulseada contra el tiempo: tras la que será su sexta y última Copa del Mundo, durante la que cumplirá 39 años, el 10 anunciará su retiro de la selección y seguirá jugando únicamente para Inter Miami en la MLS. Aunque el fútbol ya le devolvió en Catar parte de todo lo que Messi le había regalado, el capitán tampoco merecería despedirse en medio del lodo en el que comenzó a ensuciarse la AFA las últimas semanas.

    También en Argentina, o especialmente en Argentina, el fútbol es un tema serio: Mauricio Macri no habría llegado a ser presidente de la nación si antes no lo hubiera sido de un Boca Juniors supercampeón. A veces el fútbol se parece al surf: hace falta una pelota pero también una tabla para moverse entre olas sin perder el equilibrio. Y son olas grandes, estilo las de Hawái. Tras el Mundial de Catar 2022, Tapia comenzó a mostrar un perfil muy alto, impropio del que suelen tener los dirigentes del fútbol, como si fuera el jugador 27 del plantel campeón del mundo. Aunque en su carrera de futbolista no había pasado de ser un delantero sin gol de equipos de cuarta categoría —Barracas Central y Dock Sud—, Chiqui pasó el verano de 2023 en las playas bonaerenses mostrándose con la Copa del Mundo, fue ovacionado en teatros y mencionado insistentemente por los altavoces de los estadios en los partidos de fiesta que Argentina realizó para celebrar el título. Quitarles mérito a la AFA y al propio Tapia en el título sería un acto de miopía —fue el presidente que confió en el técnico menos esperado, Lionel Scaloni—, pero Chiqui comenzó a acercarse peligrosamente al sol. Y a marearse.

    En el Río de la Plata, el fútbol es poliamoroso, se alimenta de dos pasiones compartidas: las selecciones nacionales y el equipo de cada uno. Amparado además en su muy buena relación personal con Messi, Tapia creyó que el título de Catar 2022 le daría poderes supraterrenales y comenzó a hacer y deshacer en los torneos domésticos, la geografía donde se construye el poder interno del fútbol: dirigentes de clubes contentos implica permanencia en el poder sin enemigos ni fecha de vencimiento. Chiqui lo tenía todo, pero quiso aún más y empezó a hacer uso y abuso mientras la selección no dejaba de ganar: en 2024 llegó, además, el bicampeonato de América para la Albiceleste, el segundo consecutivo tras el ganado en 2021.

    Uno de esos dos matrimonios futboleros se resintió: hubo un momento en que los torneos locales empezaron a sobrepasar la línea de la credibilidad. Entre arbitrajes al servicio del poder —siempre a favor de Barracas Central, su equipo—, cambios de reglamento en medio de los torneos, anulación de descensos según la conveniencia y ampliación indiscriminada de participantes —30 equipos en Primera y 36 en Segunda División—, los dirigentes de los clubes festejaron la generosidad de Tapia, pero los hinchas advirtieron en paralelo que los campeonatos habían pasado a resolverse tanto en los campos de juego como en los escritorios.

    Esa doble cara de la AFA se tornó habitual. Por un lado, creadora de la mejor selección argentina de la historia, campeona del mundo, bicampeona de América y con el sub-20 subcampeón mundial en octubre de 2025, en Chile. Por el otro, también responsable de unos torneos que causaron cada vez más hastío y resignación. Tapia y los suyos incluso habían vencido a Milei en el debate sobre las sociedades anónimas deportivas (SAD), pero siguieron acelerando el auto de la impunidad sin saber que a finales de 2025 los esperaba un choque a más de 200 kilómetros por hora. Como si se desnudara, la AFA también pasó a fabricar títulos de escritorio de campeonatos ya jugados, a obligar a realizar pasillos de honor e inventar documentos para justificar sanciones por el desacato.

    La situación fue tan bizarra que merece una reconstrucción. Así como la temporada en Argentina también se divide —al igual que en Uruguay— en dos torneos, el Apertura y el Clausura, la suma de puntos de ambas competencias se contabiliza en la llamada Tabla Anual, que hasta mediados de noviembre pasado solo se creía que concedía lugares para la Copa Libertadores 2026. Sin embargo, la AFA declaró sorpresivamente campeón al equipo que había terminado en el primer puesto, el Rosario Central comandado por Ángel Di María: nadie sabía que era un título en juego. La AFA anunció que se trató de un acuerdo de todos los equipos, pero Estudiantes publicó que no había existido ninguna votación, sino que había sido una decisión unilateral. Por caprichos del fixture, el siguiente partido a la consagración de Central debía ser ante Estudiantes. La AFA entonces obligó al equipo de La Plata a que fuera cortés y les rindiera un pasillo de honor a los nuevos campeones, una figura muy poco utilizada en Argentina. Más que pensada en el honor, parecía un sometimiento, pero Estudiantes hizo una vuelta de judo: sus jugadores se dieron vuelta y les dieron la espalda a los de Central. El partido terminó con otra sorpresa: Estudiantes ganó 1 a 0 e inició el camino a los dos títulos que ganaría a fines de diciembre, el Clausura y el Trofeo de Campeones.

    La AFA inició un contraataque aún más insólito: horas después del partido informó que, de acuerdo con una resolución emitida en febrero, los pasillos debían realizarse con un determinado protocolo. Según ese supuesto documento, “los jugadores deberán permanecer en su lugar, mirando a los jugadores que transitan, sin realizar movimientos”. De inmediato, expertos en informática comprobaron que ese PDF fue creado, aunque con fecha en febrero, en los últimos minutos del partido entre Central y Estudiantes, una piedra libre que tampoco impidió que la AFA suspendiera por seis meses al presidente de Estudiantes, Juan Sebastián Verón, “de toda actividad relacionada con el fútbol”. Además, fueron castigados los 11 futbolistas de Estudiantes que se dieron vuelta en el pasillo, entre ellos el arquero uruguayo Fernando Muslera. Aún más bizarro fue que la AFA también justificó esa sanción en la “violencia simbólica” ejercida contra los niños que estaban en el pasillo: “Al darse vuelta y soltarles la mano para ejecutar el gesto de espaldas, los dejaron solos en un contexto de máxima exposición, transmitiendo un mensaje contrario al rol que los futbolistas deben asumir frente a la niñez”.

    En medio de esa impunidad, los hinchas de todos los clubes —menos los de Central, se supone— explotaron contra la AFA. Diversos murales callejeros en honor a la selección campeona del mundo de 2022 comenzaron a ser vandalizados, como si los jugadores fueran culpables —por acción u omisión— del comportamiento de los dirigentes. En partidos del fútbol local, e incluso en recitales de música, los insultos a Tapia se hicieron habituales a fin de año. Y acto seguido, en un país en el que se acumulan urgencias mucho más trascendentes que el deporte pero pocas capaces de movilizar multitudes similares —y en el que la selección funciona mucho mejor que casi todo en Argentina—, Milei aprovechó el enojo generalizado y retomó su vieja pelea contra la AFA, que parecía suspendida tras su derrota para implantar las SAD. El presidente defendió a Estudiantes por un viejo anhelo de la política argentina: tomar el control del fútbol como botín, mientras Tapia quedaba además bajo denuncias periodísticas e investigaciones de la Justicia ante supuesto lavado de dinero por cifras millonarias en financieras y cuentas en el exterior vinculadas a la AFA.

    Siempre cercano a Tapia, sorprendió que Messi no se sacara una foto con el Chiqui en su viaje para el sorteo del Mundial, realizado en diciembre en Estados Unidos. Hasta ahora, las imágenes conjuntas eran habituales. ¿El 10 habrá advertido que el humor social respecto al presidente de la AFA ya es otro? ¿O simplemente fue un desencuentro y Messi no le soltará la mano a Tapia, pese a la investigación judicial? En todo caso, ¿afectará a la selección este cortocircuito al parecer irreparable entre la dirigencia de la AFA y los hinchas? Si algo todavía no se rompió —y puede que sí, que se haya roto—, el límite parece estar cerca. Argentina viaja con un problema interno a defender su título.

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