Una ventana que ya empezó a correr
La estimación para Uruguay es algo superior al 3,1% calculado para el promedio ponderado de las siete economías. Argentina registra el mayor efecto, de 3,9%, y Brasil el menor, de 2,6%. Pero, más que la diferencia entre países, el estudio muestra que el impulso tiene fecha de vencimiento.
Para el conjunto de las siete economías, casi todo el efecto se concentraría entre mediados de esta década y 2040, cuando la cantidad de niños en relación con la población en edad de trabajar descendería con mayor rapidez. Hacia ese año ya se habrían materializado 2,8 puntos del aumento regional de 3,1% previsto para 2050. Después, la contribución se estabilizaría a medida que la dependencia infantil se aproximara a su piso.
A escala regional, la estimación preferida por los investigadores indica que el aumento de la participación femenina compensaría aproximadamente un tercio del freno provocado por la reducción de la población en edad laboral hasta fines de la década de 2030 y una proporción menor a partir de entonces. No recuperaría todo el crecimiento perdido por el envejecimiento, pero postergaría y suavizaría parte del impacto. “En todo el rango, la compensación es real y temporal; solo su magnitud está en discusión”, resumen los autores.
Esa magnitud, sin embargo, es incierta. Para Uruguay, los resultados van desde 3,4% hasta un límite superior de 12,3% del PIB en 2050; “lo que el ejercicio arroja es un rango, y la amplitud de ese rango es el hallazgo”.
La diferencia depende de cuánto del aumento histórico de la participación femenina se atribuye a la caída de la dependencia infantil. En las mismas décadas en que disminuyó la fecundidad también mejoró la educación de las mujeres, cambió la estructura del empleo, se extendió el acceso a anticonceptivos, disminuyó la discriminación y se modificaron las normas dentro de los hogares.
Una estimación que no separa esos procesos le adjudica a la demografía toda esa transformación y arroja el resultado más alto. Cuando los investigadores descuentan las tendencias nacionales compartidas y aíslan la relación entre la presencia de niños y la participación laboral, el efecto para Uruguay baja a 3,4%.
Los autores advierten que los dos extremos no deben interpretarse como escenarios igualmente plausibles. Consideran el 3,4% como su estimación del efecto estrictamente demográfico y el 12,3% como un límite superior que también recoge cambios sociales y económicos ocurridos en simultáneo con la caída de la fecundidad.
Uruguay: menos margen y más urgencia
El resultado para Uruguay llama la atención porque el país no parte de una baja incorporación femenina. Tiene la mayor participación de las mujeres entre las economías analizadas: supera el 85% entre las de 35 a 44 años. La diferencia respecto a los hombres es de unos 12 puntos porcentuales, frente a una brecha regional cercana a 20 puntos. Esta última duplica, en promedio, la observada en las economías avanzadas.
Aunque Uruguay tiene menos terreno aparente para recorrer, el efecto calculado supera el promedio regional. La posibilidad de ampliar la oferta laboral adquiere especial importancia porque su transición demográfica está más avanzada y su fuerza de trabajo ya venía creciendo con menor dinamismo que la de sus pares.
Entre 2000 y 2019, la cantidad de trabajadores aumentó cerca de 0,8% anual, la menor tasa entre los siete países. En Colombia lo hizo aproximadamente 2,3%, mientras que en Argentina y Chile el incremento fue cercano a 2%.
Las proyecciones más recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que la población uruguaya de entre 15 y 64 años todavía crecerá levemente hasta 2033 y después comenzará a disminuir. El peso de los mayores de 65 años, mientras tanto, pasaría de 15,8% de la población en 2024 a 22,3% en 2045. El margen para ampliar la oferta de trabajo adquiere más valor a medida que se aproxima ese cambio de dirección.
La evolución de la participación femenina muestra, además, que la situación familiar continúa siendo determinante. Según la serie armonizada y reconstruida para la investigación publicada por el FMI, entre 1980 y 2020 la participación de las mujeres casadas aumentó 34,4 puntos porcentuales en Uruguay, el mayor incremento entre los cinco países con datos comparables. Entre las solteras creció 7,7 puntos.
En el promedio de esos países, el avance fue de 27 puntos entre las casadas y de nueve entre las solteras. La expansión de la participación femenina de las últimas décadas estuvo impulsada en particular por mujeres casadas, el grupo que históricamente enfrentó mayores restricciones dentro del hogar.
Los microdatos de Uruguay muestran el mismo contraste. La educación y la condición de jefa del hogar se relacionan de manera positiva con la participación de las mujeres. Estar casada, tener niños pequeños, convivir con otros hijos o con personas mayores se asocia, en cambio, con una menor probabilidad de participar. Para los hombres, el matrimonio y la presencia de niños pequeños muestran la relación opuesta: aumentan su participación laboral.
El estudio estima que cerca de un tercio de la brecha regional entre hombres y mujeres está asociado a sus diferentes respuestas frente a la composición del hogar. En todos los países analizados, las mujeres tienen al menos cinco veces más probabilidades que los hombres de señalar el trabajo doméstico y los cuidados como las principales razones para no buscar empleo.
Uruguay y Chile muestran una caída de la participación inmediatamente posterior al nacimiento de un hijo menos pronunciada que Brasil y Colombia y más parecida a la de economías avanzadas con sistemas de protección social más extensos. La penalización asociada a la maternidad, de todos modos, no desaparece.
Detrás del 3,4%
La investigación reúne más de 3,2 millones de observaciones individuales de los siete países para analizar cómo la edad, la educación, el matrimonio y la presencia de niños o adultos mayores se relacionan con las decisiones laborales. Para Uruguay utiliza 176.525 registros de la Encuesta Continua de Hogares que publica el INE.
Esas relaciones alimentan un modelo de generaciones superpuestas. Cuando cae la dependencia infantil, disminuye el tiempo que los hogares necesitan destinar al cuidado de los niños. Como esa tarea continúa distribuida de manera desigual, la oferta laboral femenina reacciona más que la masculina. El aumento del trabajo eleva directamente la producción y, bajo los supuestos del ejercicio, atrae también una mayor acumulación de capital.
El parámetro que determina cuánto responde la participación femenina a la menor dependencia infantil se estima a partir de diferencias entre regiones de Brasil y México y luego se aplica al resto de las economías. El resultado uruguayo combina ese comportamiento con la trayectoria demográfica y la estructura productiva del país; no surge de una estimación independiente entre los departamentos de Uruguay.
El ejercicio también trata a los países como economías pequeñas con acceso sin fricciones al capital internacional, mantiene constantes las normas de género y utiliza la trayectoria media de fecundidad proyectada por Naciones Unidas. No incorpora la posibilidad de que una mayor participación femenina modifique, a su vez, las decisiones de tener hijos. Por eso, el 3,4% debe leerse como el resultado de una simulación bajo determinados supuestos y no como una previsión puntual del PIB.
El aprovechamiento de ese margen tampoco es necesariamente automático. El propio estudio repasa evidencia según la cual la expansión de los servicios de cuidados y de la educación preescolar en países como Argentina, Chile y Uruguay, así como la extensión de la jornada escolar en México, produjo aumentos de entre cinco y 15 puntos porcentuales en la participación de las mujeres alcanzadas por esas políticas. La disponibilidad de cuidados, la flexibilidad del empleo, la informalidad y los incentivos del sistema tributario pueden facilitar o impedir que el tiempo potencialmente liberado se transforme en trabajo remunerado.
Por otro lado, el 3,4% cuantifica el efecto de la menor cantidad de niños sobre la participación femenina y el PIB sin estimar cómo podrían incidir las crecientes necesidades de cuidados asociadas al envejecimiento. La distinción es especialmente relevante para Uruguay, donde aumentará el peso de las personas mayores mientras disminuirá el de los niños.