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    Precios y redes: académicos proponen activar un “tablero de fragilidad inflacionaria”

    “En un país con memoria inflacionaria, la credibilidad se defiende antes de que la avalancha empiece”, sostienen dos investigadores de la Universidad de la República tras analizar las relaciones entre los precios

    Es diferente vivir en un país con una inflación del 3% anual a que ese 3% sea la variación mensual o diario. Cuando el 3% corresponde al aumento del costo de vida durante todo un año, los consumidores no distinguen los incrementos que en particular se dan en un determinado artículo mientras lo que ocurre es que suben todos; es como “si se contagiaran”. También “se contagian” los consumidores en términos de cómo se relacionan con el dinero, con otras personas en las relaciones comerciales, con la incertidumbre misma, sostiene Emiliano Álvarez, investigador en Economía de la Complejidad de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA), y Gabriel Brida, investigador en Dinámica Económica del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Universidad de la República.

    Ambos analizaron la inflación y las redes de precios en Uruguay en un reciente artículo que compartieron con Búsqueda. Su enfoque académico deriva en una recomendación de política concreta: el escenario actual de baja inflación, de 3,77% en los 12 meses cerrados en mayo, “es una oportunidad, pero también puede ser una distracción si lleva a ignorar la acumulación silenciosa de tensiones”.

    Hace 30 años los economistas Daniel Heymann y Axel Leijonhufvud reflexionaron sobre el cambio generalizado de precios y su relación con las modificaciones —también generalizadas— en el comportamiento de las personas, los mercados y los contratos: frente a la subida general de los precios (el fenómeno de la inflación), la moneda pierde valor, y la reacción es a desprenderse del dinero para adquirir lo que se necesita antes de que los productos o servicios se encarezcan más. También hay agentes económicos que optan por acopiar bienes y a especular, y los salarios, los alquileres y todo lo que está sujeto a algún tipo de contrato en el que hay un precio cambian.

    La intuición original no es solo que los precios aumentan, sino que hay un momento en esa subida en que cambia la estructura de relaciones entre los agentes. Heymann y Leijonhufvud no hablaban de redes, pero describían algo muy parecido: un sistema de interacciones.

    Un estudio publicado en 2022 por Álvarez y Brida, junto con otros dos académicos de la FCEA, recogió ese enfoque conceptual y lo lleva al terreno empírico a través del análisis de redes complejas.

    La “arquitectura interna de la inflación”

    En su artículo, los investigadores proponen pensar que cada clase de bienes o servicios integrantes de la canasta del Índice de Precios al Consumidor (IPC) —utilizado como medida de la inflación— es un nodo de una red, y que los vínculos entre nodos reflejan similitudes en la dinámica de sus precios: correlaciones. Esta aproximación, señalan, permite observar algo que el IPC agregado no muestra: expone la “arquitectura interna de la inflación” o la “geometría de la red”. En ese sentido, postulan: “Esto es importante porque si efectivamente los precios se contagian, la forma de la red puede explicar por qué y mediante qué tipo de interacciones algunos precios se contagian más que otros”. Si bien aclaran que aquel estudio del 2022 fue “exploratorio y no prueba que los precios se contagian”, sino solo cómo se correlacionan, poner en evidencia la forma de la red de correlaciones permite luego avanzar en la profundización de esas relaciones (si efectivamente se contagian o no, y por qué).

    Según su análisis, los resultados indican que existen algunos nodos centrales y otros periféricos, que las relaciones entre precios cambian a lo largo del tiempo y que, además, la estructura de la red (su morfología) se vincula con episodios de inestabilidad macroeconómica.

    Inflación, alimentos y “arena”

    Proponen pensar en los diferentes precios como granos de un montículo de arena. Este tiene una forma, hasta que por algún motivo un grano se mueve y eso provoca el movimiento de otros granos; si los movimientos son pequeños —niveles de inflación de 3% anual—, el montículo no cambia de forma (estado de baja propagación). Pero si los movimientos son sostenidos y generalizados (inflación diaria de 3%), el montículo “no solo cambia de forma, se derrumba”. Los investigadores aluden con esa metáfora a otra intuición que se ha formalizado recientemente como la economía de la pila de arena, desarrollada por Diego Vallarino, un experto uruguayo en ciencia de datos.

    Álvarez y Brida señalan que, en Uruguay, los alimentos aparecen como especialmente relevantes dentro de esa red, en esa “pila de arena”. Son un rubro importante por su peso en la canasta, pero también “por la forma de la red y las relaciones de los precios que los alimentos tienen con otros componentes”. También importan por su capacidad de “representar y transmitir información sobre otros precios”.

    Afirman que el estudio muestra que los precios más importantes dentro de la red van cambiando con el tiempo. Mirando solo esos “precios centrales” es posible seguir con una precisión alta lo que pasa con el IPC general en el corto plazo. “Esto es útil porque permite anticipar mejor la inflación de corto plazo, incluso cuando hay poca información disponible”, subrayan los académicos.

    Por eso llaman a “tener cuidado con una interpretación mecánica de la inflación subyacente”, la medición que deja de lado rubros cuyos precios son volátiles, como las frutas y verduras. “Excluir alimentos puede ser útil para limpiar ruido transitorio, sobre todo cuando se busca distinguir shocks temporales de tendencias persistentes. Pero en economías como la uruguaya, donde los alimentos pesan en la canasta, estos afectan la percepción cotidiana del costo de vida y pueden incidir en negociaciones salariales y expectativas; excluirlos completamente del diagnóstico puede ser riesgoso”. Agregan: “El punto no es que la política monetaria deba reaccionar a cada variación puntual de frutas, verduras o carne”, sino que “debe distinguir si esos movimientos son episodios aislados o si están activando vínculos más amplios dentro de la red”.

    Como otro elemento importante relacionado con eso, acotan que el incremento en el costo de los alimentos tiene un impacto desigual en la sociedad y afecta desproporcionadamente más a los hogares de menores ingresos, obligándolos a modificar sus hábitos para no comprometer su seguridad alimentaria.

    Otro “régimen”

    La inflación alta, desde esta perspectiva, no es simplemente “más inflación”, señalan. “Puede ser otro régimen. En Economía se habla de cambio de régimen cuando cambia la interacción entre las partes, y eso es lo que muestra la investigación de referencia de su artículo.

    “En un régimen de baja propagación, los shocks se absorben (como en la montaña de arena). En un régimen de alta propagación, los shocks se transmiten. En el primero, el sistema tiene amortiguadores. En el segundo, tiene corredores de contagio. La diferencia no está solo en el nivel de la inflación observada, sino en la densidad de la red, la transitividad, la centralidad de ciertos precios, la persistencia de ciertos agrupamientos (comunidades) y la velocidad con que los cambios relativos se transforman en aumentos generalizados”, explican.

    Plantean que la macroeconomía de redes productivas, la economía de la complejidad y los modelos de propagación financiera han demostrado que el lugar donde ocurre un shock puede ser tan importante como su tamaño. Un shock pequeño en un nodo periférico puede desaparecer, mientras que uno similar en un nodo central (o fuertemente vinculado a estos) puede reorganizar todo el sistema.

    Por otra parte, enfatizan que la red de precios esconde otras redes, de comportamiento de los agentes, de las normas formales e informales que guían esos comportamientos, de mercados con agentes que tienen mayor o menor poder de mercado para fijar (remarcar) los precios, todo lo cual genera rigideces y amortiguación o propagación de los shocks y de la inflación.

    Los trabajos mencionados por los investigadores, por ser exploratorios y descriptivos, no identificaron esas otras redes, pero muestran que la inflación puede estudiarse como un sistema complejo en el que los precios interactúan, se agrupan, se pueden eventualmente contagiar y hasta cambian de régimen. Este —sostiene— es un aporte importante, “llegado cierto punto”; los estudios revelan que algo cambia cuando la inflación en Uruguay supera el 10% anual —aunque los autores son prudentes respecto de ese umbral— y la red de precios altera su forma.

    Álvarez y Brida remarcan que “el llamado de atención está allí”, pues “hay un umbral a partir del cual el sistema de precios se puede volver frágil (como la pila de arena que se derrumba)”. Por eso, plantean que Uruguay “quizás debiera avanzar hacia un tablero de fragilidad inflacionaria. Ese tablero no reemplazaría al IPC, ni a la inflación subyacente, ni a las expectativas, ni a la política monetaria, ni al análisis fiscal”, sino que los complementaría.

    Sostienen que, además de analizar la inflación mensual e interanual, su núcleo, la evolución de los bienes transables (que tienen comercio internacional) y no transables, así como las expectativas de los agentes, “sería útil mirar también cómo se van conectando los precios entre sí: si la red está más densa o menos densa, si se forman grupos de precios de productos que se mueven juntos, cuáles precios quedan en el centro y cuáles en los bordes, y cómo cambia con el tiempo el lugar que ocupan alimentos, tarifas, servicios y bienes importados”. También aconsejan observar si esa estructura se modifica vista en distintos horizontes de tiempo: mes a mes, trimestre a trimestre o en períodos más largos. A su vez, como esta red se vincula directamente con la red de precios industriales, consideran relevante analizar el sistema a partir de este conjunto de información.

    Como futuros desarrollos para ese “tablero”, los académicos de la Universidad de la República entienden que también sería pertinente analizar la “fragilidad del sistema (o incluso, en qué régimen se encuentra la economía) desde la información redundante y sinérgica, o lo que es lo mismo, observar los procesos emergentes del sistema. En última instancia, la inflación (y su evolución) es algo más que la suma de sus componentes”.

    Como síntesis, observan que la utilidad práctica de todo esto sería distinguir escenarios que hoy pueden verse parecidos: una inflación baja con red estable es una situación de calma genuina; una inflación baja con red cada vez más conectada puede indicar una fragilidad latente; y una inflación alta con red densa y nodos centrales activados plantea un escenario de propagación abierta. “Las tres exigen lecturas distintas. El error sería interpretar todas con el mismo instrumento solo porque el promedio mensual todavía parece controlado”, recalcan.

    Afirman, para terminar, que la política económica moderna “no puede limitarse a mirar el dato final”, sino que “debe observar la estructura que lo produce. En un país con memoria inflacionaria, la credibilidad se defiende antes de que la avalancha empiece. La inflación baja es una oportunidad, pero también puede ser una distracción si lleva a ignorar la acumulación silenciosa de tensiones. Cuando la montaña de arena varía lentamente, parece sólida. El desafío técnico e institucional es medir la pendiente antes de que caiga el próximo grano”.