—El mensaje que se ve en todos lados es que en América Latina no se invierte lo suficiente en infraestructura. Pero nunca vi nada de cómo gastar mejor o definir cuáles son las prioridades. Para mí lo más importante es tener un debate público sobre cómo invertir en infraestructura, para qué se quiere invertir. ¿Invertir en infraestructura para crecimiento? ¿Infraestructura para integración social? ¿Para protección del medio ambiente? ¿Para adaptación o mitigación del cambio climático? Hay que discutir esas cosas. En comparación con el resto del mundo, América Latina tiene varios problemas, entre ellos que su infraestructura de transporte es muy mala
—¿Por qué considera que es mala?
—Es mala en cuanto a costo y en cuanto a adecuación a la demanda. Acuérdate que es una región bastante exportadora, que vive de la exportación, por lo que un costo logístico alto impide la competitividad. Claramente, tener un buen sistema de transporte dentro de una región de baja densidad poblacional no es nada fácil, pero hay algunas cosas que se pueden hacer.
—¿Qué se puede hacer para mejorarlo?
—Por ejemplo, hay muy poca competitividad en los servicios de transporte. Por otro lado, dentro de los servicios hay transporte urbano, interurbano e internacional. Hoy la fuente de gases de efecto invernadero que está creciendo más rápido es la del transporte. Utilizarlo con energía limpia, como pretende Uruguay, puede ser una gran ventaja, pero el reto no es solo ser limpio sino también ser eficiente y estar adecuado a la demanda.
—¿Qué encuentra de positivo en América Latina?
—Por el lado positivo, América Latina, pero sobre todo Uruguay, tiene una ventaja comparativa fantástica en que su matriz energética es sumamente limpia. Además, están muy bien posicionados en energía solar y eólica. Lo de la matriz es un sistema sofisticado y bien posicionado para la revolución de la electricidad bien distribuida. Por otro lado, esta es una región de ingreso medio o medio alto. Sin embargo, hay 87 millones de personas que cocinan con leña. Eso no es de ingreso medio, eso es de África. Eso tiene implicaciones en términos de salud pública y enfermedades. Hay que gastar mejor, no solamente gastar más.
—¿Cómo puede Uruguay ser sustentable sin perder competitividad?
—Me parece que hay muchas opciones de ganar-ganar. Uruguay tiene esa ventaja de que la energía es limpia. Hay pastos naturales, no tiene que talar bosques para poner tierra para ganado. Es un país donde hay lluvia, aunque no todo el año, y puede tener ganadería sin destruir el medio ambiente. Hay muchas técnicas para entender cómo hacer una agricultura intensiva pero limpia. Esa es la ventaja comparativa. Uruguay nunca va a competir en términos de precio, nunca va a ser un país barato, pero puede competir en términos de calidad. A su vez, tiene un 100% de trazabilidad que es fantástico y los consumidores lo van a pedir cada vez más.
—¿Ser sustentable es lo que te hace competir a largo plazo?
—Sí, cómo vas a competir en términos de precio con Argentina o Brasil. Uruguay es muy chiquito.
—¿Pero se puede lograr un desarrollo invirtiendo en forma sostenible?
—Los países de América Latina todavía tienen que crecer. A diferencia de otros países, Uruguay no está tan mal en el Índice de Gini, pero redistribuir la torta es más fácil cuando la torta está creciendo. Y seguir creciendo en una región que necesita ser fiel a su ventaja comparativa que es la naturaleza.
—¿Cuáles deberían ser las principales inversiones sustentables de un gobierno?
—Cada ministerio o gobernante debe pensar en sus prioridades. Pero primero hay que ser pragmático. Bismarck decía que la política es el arte de lo posible. Un político que dice: “vamos a hacer esto para los bisnietos del tipo que vive en una isla muy lejos de acá”, no sirve. Dentro de todas las prioridades, tienen que pensar cuáles tienen ventajas locales e inmediatas, porque así el político lo puede mostrar. Por ejemplo, el transporte urbano es muy importante para la polución y para el cambio climático. Pero también es algo que hace que tu ciudad sea más productiva y que tengas una calidad de vida mucho más alta . Eso es lo que generalmente le pide la gente a su gobernador.
—Por lo que está diciendo, se debería invertir en cosas visibles para que le llegue a la mayor cantidad de población.
—Sí, pero también hay que hacer un esfuerzo de comunicación para vender las cosas. Hay gobiernos que entienden de marketing social. Yo diría que en los últimos 15 años los académicos han hecho muchos estudios para saber cómo la gente percibe las cosas. Ahora sabemos que decirle a la gente “tienes que hacer esto porque si no, el mundo se va a acabar”, no funciona, porque somos animales. Hay que tener un mensaje positivo, ver lo que le preocupa a la gente.
—¿Las futuras inversiones en infraestructura deberían tener en cuenta el desarrollo sustentable?
—Sí, y también en términos de resiliencia. Es bastante importante tener claro las cosas a largo plazo, sobre todo con el cambio climático. Se debe construir teniendo en cuenta las vulnerabilidades no solo de hoy, sino de mañana.
—¿Ahí cómo cree que se debe trabajar?
—La forma tradicional de manejar un proyecto de infraestructura es pensar el escenario futuro más probable en términos de clima, ingresos, urbanización, etc. El problema de eso es que te da la solución óptima si tu predicción es correcta. Hay que pensar qué sucede si mi plan falla. Hay que tener soluciones robustas, trabajar con miles de escenarios. No voy a decir que este escenario es más probable que este, tengo que tener una solución que se adapte.
—¿En América Latina es más complejo si se tiene en cuenta la volatilidad de la economía?
—Sí, pero en Inglaterra no se veía el Brexit. En Estados Unidos no se veía la crisis financiera. Con el cambio climático también vamos a tener más variabilidad. Pienso que cada vez más tenemos que pensar las políticas sociales y económicas para que sean más robustas a esos choques que van a venir.
—¿Costó entender la gravedad del cambio climático dentro de los gobiernos?
—Si me preguntabas hace 5 o 7 años, te decía que sí. Pero al menos en los últimos años ha habido una concientización muy fuerte, por lo menos en los ministerios con los que he trabajado. No siempre saben cómo hacerlo, pero saben que tienen que manejarse en términos de mitigación y adaptación del cambio climático.
—Usted hablaba de inversión eficiente. ¿Cuánto incide que en algunos países como Uruguay las empresas estatales tienen un papel central en la economía y en las inversiones productivas y de infraestructura?
—Si se mira en cómo se gastó la plata, se ha perdido mucho en capacidad de organización, diseños de proyectos y licitaciones. Los podés tomar como gastos administrativos, pero la realidad es que ahí se perdió un montón de plata. Hay nuevas técnicas, como la digitalización de la construcción, que permitió, por ejemplo, a Reino Unido bajar un 15% los gastos en infraestructura. Eso es mucha plata. Si se mejora ese tipo de planificación, se pueden hacer ahorros importantes.
—¿Pero cuánto influye la presencia de un Estado que funciona como empleador a la hora de reducir los costos internos?
—Puede ser que necesite la reforma de algún servicio público, pero no estoy segura. Y además reformar eso es muy complicado. En cambio, mejorar el gasto público en términos de licitaciones y planificaciones no te lleva a la gente a la calle. Por otro lado, tenés la dimensión de mantenimiento. Todos los países construyen una infraestructura basada en una relación costo-beneficio, pensando que esa infraestructura va a tener una vida útil de determinados años. Todo eso depende de un buen mantenimiento. Si tu ruta la tenés que reconstruir cada 5 años en vez de cada 20, te cuesta mucho más. Hay muchas cosas que se pueden hacer.