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    El legado de Jay Powell en la Reserva Federal de Estados Unidos

    El presidente saliente ha cometido algunos errores, pero su decisión de hacerle frente a Trump fue heroica

    Comentarista económico principal

    Jay Powell es un hombre honorable e inteligente. Él ha manejado el aspecto político de ser presidente de la Reserva Federal (Fed) — en particular las relaciones con el Congreso — con destreza e imparcialidad. Pero, por encima de todo, él se ha enfrentado al vengativo abuso por parte de Donald Trump, el hombre que lo nombró para el cargo, sólo para luego tildarlo de “imbécil” por el delito de hacer su trabajo.

    Los lacayos del presidente en el Departamento de Justicia incluso llegaron a iniciar una absurda investigación penal contra Powell. De hecho, él es una de las pocas personas que ha salido indemne de la experiencia de trabajar con Trump. El hecho de que Powell planee permanecer en la junta directiva de la Fed bajo el mandato de su sucesor, Kevin Warsh, es alentador, ya que es probable que los próximos años sean realmente difíciles para la estabilidad monetaria estadounidense.

    A diferencia de Arthur Burns, presidente de la Fed bajo el mandato de Richard Nixon, Powell le hizo frente al acosador. Eso es admirable. Desafortunadamente, Powell se ha enfrentado a otros retos que, podría decirse, no ha manejado tan bien. El más importante fue la disrupción causada por la pandemia de Covid-19. La Fed, al igual que otros bancos centrales, no logró mantener la inflación en el 2% anual. Algunos argumentan que, dada la magnitud de esa disrupción, lo ocurrido fue el resultado menos malo. Pero, en marzo de 2026, el índice de precios del gasto en consumo personal estadounidense era un 10.4% más alto de lo que habría sido si la Fed hubiera alcanzado su objetivo anual del 2% desde enero de 2020 en adelante. Esto fue, con razón, detestado por los votantes.

    A partir de esta experiencia, es racional que la gente concluya que, con el tiempo, el objetivo del 2% acabará siendo superado. Esto se debe a que los bancos centrales permitirán que los precios suban de forma permanente por encima de los niveles implícitos en el objetivo de inflación en respuesta a un gran choque; pero se esforzarán mucho más para evitar que caigan de manera sostenida por debajo de ese nivel.

    Reserva Federal de Estados Unidos
    Reserva Federal de Estados Unidos.

    Reserva Federal de Estados Unidos.

    La Fed también complicó su tarea al adoptar un nuevo régimen, en el que lo pasado ya no quedaría en el pasado. En agosto de 2020, la Fed declaró que “busca alcanzar una inflación que promedie el 2% a lo largo del tiempo”. Por lo tanto, “tras períodos en los que la inflación se haya mantenido persistentemente por debajo del 2%, es probable que la política monetaria adecuada tenga como objetivo alcanzar una inflación moderadamente superior al 2% durante algún tiempo”. Esta idea fue tanto mala como inoportuna, ya que fue seguida por un período de inflación muy elevada.

    Este episodio también plantea interrogantes sobre la visión económica de la Fed. Desde hace tiempo yo considero un error pasar del monetarismo ingenuo de la década de 1980 a la convicción de que el dinero nunca importa en lo absoluto. La experiencia de la década de 2020 demuestra que sigue importando, tal como yo había sugerido en mayo de 2020. De hecho, representa un caso de prueba.

    Los monetaristas argumentarían que un gran repunte en una medida relevante de la oferta monetaria conduciría a un repunte correspondiente en el nivel de precios. En el corto plazo, la relación entre el dinero y el producto interno bruto (PIB) nominal se dispararía, pero, a medida que el nivel de precios respondiera, el PIB nominal también aumentaría, devolviendo la relación entre ambos aproximadamente a donde estaba al principio. Esto es casi exactamente lo que ocurrió: la relación entre el dinero en sentido amplio y el PIB nominal estadounidense se disparó a principios de 2020, pasando del 70% en el último trimestre de 2019 al 91% en el segundo trimestre de 2020, para luego volver a caer al 71% a medida que el nivel de precios (y el PIB nominal) se disparaban.

    Algunas personas argumentarían que la aparente precisión de la previsión es un falso positivo para el monetarismo. Otras sostendrían que, dada la magnitud del choque negativo de la oferta durante y después de la pandemia de COVID-19, una inflación temporalmente superior al objetivo, y un nivel de precios permanentemente más alto, fueron un módico precio a pagar, sobre todo porque la desinflación no requirió el aumento del desempleo que algunos temían. Además, si la política monetaria no hubiera sido tan flexible, la experiencia durante y después de la pandemia habría sido más traumática. Quizás sea cierto. Pero lo que es seguro es que la Fed y otros bancos centrales no anticipaban el vertiginoso aumento de la inflación y, en mi opinión en aquel momento, terminaron endureciendo la política demasiado tarde.

    Siempre es difícil debatir sobre escenarios contrafactuales. Por lo tanto, no sabemos qué habría sucedido si la política monetaria (y fiscal) hubiera sido menos expansiva durante y después de la pandemia. Pero sostener la opinión de que el dinero no tiene efecto alguno en el comportamiento de las personas, salvo a través de las tasas de interés a corto plazo, es insensato.

    Otro error fue no insistir en que los grandes bancos regionales contaran con planes de resolución. La quiebra del Silicon Valley Bank y el rescate de los depositantes no asegurados fueron un ejemplo de riesgo moral personificado. La presión para desregular la banca suele terminar mal.

    Trump-Powell
    Donald Trump camina junto a Jay Powell en la Casa Blanca en Washington.

    Donald Trump camina junto a Jay Powell en la Casa Blanca en Washington.

    Yo considero que Powell ha salido de las pruebas de fuego de la pandemia y de Trump apenas con unas leves quemaduras, sobre todo porque, al no ser economista, tuvo que confiar en sus expertos. Además, acertadamente, él se concentró en las tareas fundamentales de la Fed y evitó enredarse en la controvertida política climática. No será tarea fácil que a Warsh le vaya tan bien. Él ya ha sugerido que la inteligencia artificial (IA) tendrá un efecto desinflacionario. Dado el enorme gasto en inversión, esta opinión es prematura. El equilibrio entre los impactos sobre la demanda y la oferta no se conoce.

    La opinión de que el balance de la Fed debe reducirse es igualmente prematura. No existe ninguna razón apremiante para hacerlo y, sin duda, tendería a elevar las tasas de interés a largo plazo. Hacerlo podría demostrar independencia de Trump. Pero ésa no es una razón lo suficientemente buena.

    El reto inmediato será la crisis del estrecho de Ormuz. En ese contexto, podría ser necesario subir las tasas. Pero una política monetaria estándar sería más flexible que las reducciones en el balance. Aparte de todo esto, Warsh tiene que asegurarse de que la ideología del libre mercado no conduzca rápidamente a otra enorme crisis financiera. Como Powell bien lo sabe, a los presidentes de la Fed no se les garantiza la popularidad ni con la ciudadanía ni con el presidente del país. Warsh debe prepararse para los tiempos difíciles que se avecinan.

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