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Para los que crecimos viendo las películas de Clint Eastwood, Charlton Heston, John Wayne, Robert Mitchum y James Cagney, agarrar a tiros a un apache, a un oso, a un bandido asesino, a un bisonte, a un policía (si era el bueno y el muerto era el malo, o al malo si el que tenía que morir era el policía), a un lobo furioso o a un soldado (de los de los estados de la Unión si eras del Sur, o de los Confederados del Sur si eras de los del Norte) era un mero trámite.
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Los americanos (genérico usualmente utilizado para referirse a los norteamericanos de los Estados Unidos) han sido —no solo en el celuloide y en los guiones cinematográficos, sino también en la historia— tipos de armas tomar.
Se han dado el trágico lujo de liquidar cuatro presidentes (Abraham Lincoln, James Garfield, William McKinley y John F. Kennedy), más la pila que se salvaron de tiros, balazos, granadas y demás artefactos agresivos que pretendían acabar con sus vidas. Y pongamos algunos otros asesinatos en la cuenta de candidatos y/o allegados al gobierno, algunos de los cuales se salvaron raspando. Todo ello en aras de una crueldad fría y criminal, con total prescindencia de la ética, la moral y las buenas costumbres. Y vaya uno a saber qué había detrás de cada uno de estos terribles acontecimientos.
Pero el tiempo pasa, y, ahora, en plena campaña electoral, al candidato y expresidente Donald Trump han tratado de matarlo, pero en unas circunstancias de esas que hacen dudar de la otrora eficiencia norteamericana, una sociedad capaz de bajar unos tipos en la Luna y a otros a la Tierra, pero a balazos.
En un reciente acto de campaña, Trump estaba en pleno discurso y un francotirador le disparó con terrible rifle, acostadito en el techo de una casa vecina (todavía están pensando qué premio al despistado le van a dar a los del servicio secreto que tenían que vigilar los alrededores), y…solamente le lastimó una oreja. ¡Una oreja!
Salió un poco de sangre, porque el balazo no le seccionó la oreja, sino que apenas le rozó el lóbulo, lo que le mereció un emplasto tipo curita durante un par de días.
Eso así: Trump fue filmado sangrando, gritando “fight, fight!!”, y —como se dice ahora— la escena se hizo viral. Uno llega a pensar si el imbécil del rifle no estaba contratado para este acto cuasi circense, que le debe haber agregado cuatro votos al candidato y determinado la quiebra del comerciante que vendió el rifle, cuya mira evidentemente no miraba lo que tenía que mirar.
Pocos días después de este fracasado y rocambolesco episodio vino otro más.
Agarraron a un tarado armado, no con un rifle, sino con dos, que hacía dos horas que estaba escondido entre unos arbustos que rodeaban el campo de golf donde el mismísimo Trump estaba jugando con unos amigos. Trump estaba a tiro de una honda para pajaritos, pero el infeliz de los dos rifles no llegó a disparar, porque unos agentes de seguridad que andaban en la vuelta lo encontraron y lo detuvieron justo antes del “Trumpicidio”. Reitero: hacía dos horas que estaba ahí, y Trump le pasó varias veces por al lado. Para el libro Guinness de los torpes.
A Kamala Harris todavía no han querido agredirla, probablemente porque se mueve mucho más rápido que Trump, nunca está quieta, y con lo único que le pueden apuntar es con una filmadora. Pero si los “asesinos” que andan en la vuelta en los Estados Unidos de estos tiempos son tan ineficientes como los que “atentaron” contra Trump, Kamala puede dormir la siesta al lado de la piscina y dejar abierto el portón del jardín, porque la calidad y eficiencia de los agresores norteamericanos viene en caída libre.
Trump se ha propuesto introducir grandes cambios en caso de volver a la presidencia.
Habrá cursos de tiro en todas las escuelas, desde los alumnos de cuarto año de primaria, y premios para los que tengan la mejor puntería. No se permitirá (al menos por ahora) que hagan práctica con los compañeritos de clase, o, peor aún, con los de quinto y sexto, que siempre les ganan al béisbol. Se competirá en tiro al blanco (y no al negro, porque black lives matter) y habrá diplomas para los mejores tiradores.
También se practicará tiro obligatorio en High School, cosa que, cuando se armen líos en las discotecas los fines de semana, aun los que se hayan tomado muchas cervezas disparen a las botellas del bar y no a los mozos que están detrás del mostrador, como ya ha ocurrido muchas veces.
Será obligatorio que existan en los hogares varias armas de fuego, todas ellas pensadas en la edad de los integrantes del hogar, lo cual implicará pistolas 9 mm para los más jóvenes y fusiles de repetición tipo AK-47 para los mayores de edad. Habrá inspecciones periódicas de la National Rifle Association (NRA) para comprobar que las armas hogareñas están todas en buen estado, aceitadas y listas para entrar en acción.
En las salidas de los colegios, habrá instructores de tiro para enseñarles a los alumnos a tirar a los neumáticos de los autobuses escolares y no a las maestras que los van acompañando hasta que suben al bondi.
Uno se pregunta si esto es el progreso, si todos los Premios Nóbel que ganaron muchos americanos este y muchos años antes, si los genios de la informática y el desarrollo tecnológico, los del progreso científico y los literatos, escritores, deportistas y artistas de ese fenomenal país tienen que convivir con la manga de descerebrados que andan matando gente un día sí y otro también.
¿Cuál será la onda cerebral que lleva al ser humano a destruir, habiendo tanto para construir y progresar?
Insondable misterio en un mundo de paradojas y contradicciones… y no es broma…