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    Las nuevas “relaciones carnales” entre Argentina y Estados Unidos: entre sentarse a la mesa o formar parte del menú

    En un continente fragmentado, cada país responde de distinta forma a esta reconfiguración estratégica de Washington que se hace sentir en los niveles nacionales

    Por su peso específico en la economía internacional, la Argentina no es un actor relevante en el mundo. Aunque se la considera una de las mayores economías de América Latina, con un PBI aproximado de $ 640.000 millones de dólares, y con inmensos recursos naturales (agroquímicos, energía, litio), ocupa una posición modesta a escala global, situándose alrededor del puesto 23° en PBI nominal (2024), con un bajo PBI per cápita (puesto 75°) y una baja competitividad (62° de 69).

    Desde el punto de vista político, tampoco lo es, aunque suele producir, de tanto en tanto, fenómenos y noticias que atraen la atención mundial y figuras que ganan protagonismo por su talento, prestigio o, simplemente, su capacidad para atraer la atención en todos los rincones del planeta. De Perón a Milei, de Fangio a Messi, de Mercedes Sosa y Astor Piazzolla al papa Francisco.

    Pero que la Argentina pese poco en las decisiones y tendencias que configuran el escenario internacional no significa que no tenga relevancia geopolítica, por su ubicación geográfica, dotación de recursos naturales y características históricas y socioculturales; su extensión territorial y proyección oceánica, octavo país más extenso del mundo con una marcada desproporción demográfica: más del 90% de sus 46 millones de habitantes se concentra en zonas urbanas, principalmente en la región pampeana y el Área Metropolitana (Ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires), donde vive un 30% de la población total, mientras gran parte del territorio patagónico y del norte permanece despoblado, configurando una baja densidad media.

    Sumado a una cíclica pendularidad en la orientación de sus gobiernos, esta distancia entre irrelevancia estructural y relevancia simbólica y estratégica se resume en una idea: la Argentina es más un país en el que suceden cosas que un actor que las produzca. Proyecto de Tierra de Promisión, periferia donde se volvieron a tejer los hilos de sociedades desgarradas por guerras y diásporas a través de sucesivas olas inmigratorias y se conformó una sociedad integrada, caracterizada por su diversidad étnica, religiosa y sociocultural. Un lugar del mundo en el que los experimentos más atrevidos pueden ofrecer resultados sorprendentes.

    Hasta no hace tanto tiempo se solía hablar de “las ventajas de la irrelevancia”. Una de las premisas de los procesos de democratización en la América Latina de los años 80 del siglo pasado fue sacar a la región del radar geopolítico de las grandes potencias. Era lógico: durante las décadas precedentes, Latinoamérica y el Caribe fueron uno de los escenarios en los que se libró la Guerra Fría entre Estados Unidos (EE.UU.) y la URSS, que fue en esta región una “guerra caliente”: conflicto armado al interior de varios países, guerras revolucionarias y contrarrevolucionarias, dictaduras militares. Cuarenta años más tarde, Argentina pasó de la preocupación por salir de aquel radar a la preocupación por estar nuevamente bajo su cobertura. Hoy, redescubrió las “ventanas de oportunidad” que ofrece el hecho de que las potencias mundiales hayan puesto al Cono Sur en la mira o lo hayan incluido en un lugar relevante de su “esfera de influencia”.

    Lo cierto es que en este 2026, América Latina ha pasado de ser una región de interés periférico a convertirse en el foco central de la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Defensa Nacional de los EE.UU. Bajo la segunda administración de Donald Trump, esta novedad marca un cambio drástico respecto de las décadas previas, priorizando el “hemisferio occidental” (como define Washington al continente americano) por encima de Europa y Medio Oriente. La nueva doctrina estadounidense, a menudo denominada “doctrina Donroe” o un “corolario Trump” a la doctrina Monroe, se fundamenta en algunos puntos claves.

    • Exclusividad hemisférica: EE.UU. reclama el hemisferio occidental como su esfera de influencia exclusiva, buscando eliminar la presencia militar, tecnológica (como redes 5G) y de infraestructura estratégica (puertos) de potencias “no hemisféricas” o extra-continentales, principalmente China y Rusia.
    • Seguridad económica y recursos: la región es vista como vital para la resiliencia de las cadenas de suministro. El control y acceso a minerales críticos, energía y productos agroindustriales son tratados como asuntos de seguridad nacional.
    • Seguridad fronteriza y migración: se busca “estabilizar” a los gobiernos vecinos y forzar la cooperación para prevenir la migración masiva hacia EE.UU. y combatir el narcotráfico, ahora clasificado bajo la etiqueta de “narcoterrorismo”.
    • Presencia militar reforzada: el Departamento de Defensa ha iniciado un redespliegue de fuerzas hacia la región, alcanzando hasta el 34% de sus tropas en América Latina y el Caribe, lo que representa el mayor despliegue militar en la zona desde la crisis de los misiles en Cuba (1962).

    Las implicancias regionales de esta reorientación en la política exterior norteamericana, decidida a jugar fuerte en lo que fuera su “patio trasero”, establecen un determinado modo de relacionamiento:

    • Coerción por sobre negociación: la estrategia indica que la era del “hegemón benevolente” ha terminado, sustituyendo la negociación diplomática por una postura más “muscular”, que incluye la posibilidad explícita de intervenciones militares (caso Venezuela).
    • Presión sobre alianzas: se exige un mayor “reparto de cargas” a los aliados regionales; aquellos que no se alineen incondicionalmente con los intereses de seguridad de Washington podrían enfrentar presiones bajo el axioma de la lucha contra el crimen transnacional.
    • Escudo regional: en países como Colombia, se impulsa la creación de escudos de defensa, como sistemas antidrones, para reforzar el control del hemisferio frente a nuevas amenazas tecnológicas.

    En un continente fragmentado, cada país responde de distinta forma a esta reconfiguración estratégica de Washington que se hace sentir en los niveles nacionales. El gobierno de Javier Milei lo hace “picando en punta”, buscando un sitial de preferencia como principal aliado de Trump en el Cono Sur. En los años 90 se solía referir a una “ley de hierro” de la globalización: “o te subís al tren —se decía— o lo ves pasar desde la estación”, o, en su versión más extrema: “o estás arriba del tren o estás en la vía”. También se hablaba de “montarse a la ola” porque, en su defecto, esa ola “te pasaría por encima”. Ahora está de moda decir que en el mundo actual, si no sos una gran potencia, “o te sentás a la mesa o sos parte del menú”. Lo dijo así el premier canadiense Mark Carney, en su muy comentado discurso en el reciente Foro de Davos: “Las potencias intermedias debemos actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.

    Una manera ilustrativa, y algo prosaica, de señalar que si no estás presente para decidir, te convertirás en la víctima o en el afectado por las decisiones tomadas por otros. Así es que pasamos de las metáforas ferroviarias, náuticas o surfísticas a las metáforas antropofágicas, útiles para graficar opciones cruciales en un escenario internacional con escaso margen para “salirse del mapa”, permanecer neutrales o adoptar un no alineamiento activo. Pero también peligrosas como recurso explicativo que no deja ver lo que en la jerga de los internacionalistas se da en llamar la “interdependencia compleja”.

    Carlos Escudé, en su libro El realismo de los Estados débiles (1995), cuestionaba lo que definía como “la falacia antropomorfa”; esto es, la tendencia a analizar a los Estados y sus comportamientos como si fuesen personas, actores con una sola “mente” o “sentimiento”, cuando se hace referencia a los Estados en términos (por ejemplo) de actores “débiles” o “fuertes” que “sufren”, son “honrados”, son “humillados”, tienen “orgullo” y aspiran a la “gloria”. Un estilo de pensamiento, describía Escudé, “en el cual tendemos a diferenciar a los Estados según el grado de ‘sufrimiento’ que están ‘dispuestos’ a tolerar, o según el grado de ‘libertad’ que tienen dentro del sistema interestatal”.

    Escudé abogaba en aquel trabajo por una política exterior “realista y pragmática”, “desideologizada” y enfocada en el desarrollo interno mediante la cooperación con las potencias. En este caso, el de la Argentina en los años 90, se trataba del alineamiento activo con EE.UU., definido por el entonces canciller Guido Di Tella como “relaciones carnales”. El núcleo de la argumentación de Escudé en aquel debate era que el objetivo de la política exterior debía ser, en definitiva, mejorar la calidad de vida de los habitantes antes que “el poderío” o “la grandeza” del Estado.

    Y no parece una casualidad que el gobierno de Javier Milei, que suele referenciarse en el espejo de aquella década en la que gobernó Carlos Menem durante dos mandatos consecutivos, haya declarado a este 2026 oficialmente como “Año de la Grandeza Argentina”, juntando la evocación nacionalista de un pasado de glorias y sus referencias a la Argentina como potencia mundial con el alineamiento incondicional a los EE.UU. de Donald Trump y su “Make America Great Again”.