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Los riesgos de no tener un Poder Judicial independiente
Los jueces —todos o algunos de ellos, dependiendo del sistema jurídico del que se trate— tienen la responsabilidad de imponer límites a aquellos que detentan el poder en nombre de las mayorías
Margaret Lockwood Satterthwaite, relatora especial sobre la Independencia de Jueces y Abogados de las Naciones Unidas
Una función muy importante de los jueces es la de dirimir conflictos entre las personas o entre los individuos y el Estado. Estos funcionarios deciden las condiciones de un divorcio, el reparto de bienes en una sucesión, la compensación por los daños que una persona le causa a otra o la aplicación de una sanción penal a quien cometió un delito, entre miles de otras cuestiones fundamentales para las partes involucradas. Sin embargo, desde el punto de vista político, los jueces —todos o algunos de ellos, dependiendo del sistema jurídico del que se trate— tienen la responsabilidad de imponer límites a aquellos que detentan el poder en nombre de las mayorías. Las democracias constitucionales asignan la facultad legítima para la toma de decisiones públicas a quienes se impusieron en las urnas y se hicieron con el control del Poder Ejecutivo y/o del Parlamento, pero eso no significa que pueden hacer lo que mande su voluntad o la voluntad de sus votantes sin ninguna limitación. Ese poder democrático de gobernar debe observar los límites constitucionales, ya sea respetando y garantizando los derechos reconocidos en la Constitución o siguiendo los procedimientos para la toma de decisiones que esa norma fundamental establece.
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En el marco de este sistema que llamamos democracia constitucional, todos o algunos jueces específicos son los encargados de custodiar ese límite constitucional al ejercicio del poder. Son estos magistrados los que evitan que una mayoría circunstancial censure opositores, proscriba partidos políticos, torture sospechosos de haber cometido delitos, prive de la propiedad a los individuos que la poseen, imponga planes de vidas que las personas no desean, y muchas otras cuestiones vitales para las personas o para la república. Es por eso que una democracia sin jueces independientes y confiables no puede funcionar y deja de ser una democracia constitucional. Este límite que supone la aplicación de la Constitución por los tribunales explica por qué algunos líderes poderosos y populares muchas veces se ven tentados de controlar y capturar las cortes, pues así se desharán del más importante de los controles al ejercicio de su poder.
El expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el año pasado, poco antes de terminar su mandato y aprovechando el amplio apoyo popular con el que contaba —cerca del 80%—, logró una reforma constitucional por la que hizo cesar en sus cargos a la totalidad de los jueces del país, incluidos los de la Suprema Corte. En esa misma reforma, aprobada por el Congreso que también le respondía, se estableció que los nuevos magistrados serían todos elegidos por el voto popular, la mitad el pasado 1º de junio y la otra mitad en 2027. La razón de la arremetida contra el Poder Judicial se relacionaba, primero, con el hecho de que muchas de las reformas impulsadas por el presidente durante sus seis años de mandato fueron bloqueadas por fallos de los tribunales sobre la base de normas constitucionales que entendían resultaban violadas, y, segundo, por la bajísima confianza que los mexicanos tenían en sus jueces. La actual presidenta de México —del mismo partido que López Obrador—, Claudia Sheinbaum, afirmó poco antes de las elecciones de jueces celebradas en junio que “el poder judicial está mal, hay nepotismo. La justicia no es pareja, libera a delincuentes”.
Solo dos países cuentan con un sistema similar: los Estados Unidos, en el ámbito estatal, y Bolivia, en el caso de las Altas Cortes. La elección popular de jueces tiene muchos detractores y defensores, pero, en el contexto mexicano, además de la posibilidad de contar con un Poder Judicial demasiado cercano al poder político, se teme por su captura por el narcotráfico, cuyo dinero podría financiar las campañas de los candidatos.
Margaret Lockwood Satterthwaite, quien se desempeña como relatora especial sobre la Independencia de Jueces y Abogados de las Naciones Unidas, afirmó que “la elección popular de jueces podría incrementar el riesgo de que los candidatos a magistrados busquen complacer a los votantes o a patrocinadores de campañas con el fin de incrementar sus posibilidades de reelección, en lugar de tomar decisiones fundamentadas exclusivamente en principios y normas jurídicas”. Para los críticos del gobierno populista de López Obrador y, ahora, de su continuidad a través de Sheinbaum, la reforma es una verdadera catástrofe institucional y un golpe profundo a la supervivencia de la democracia constitucional. Para colmo, en la elección de jueces del 1º de junio solo votó el 13% del padrón electoral y hubo alrededor de 10 millones de votos anulados.
El caso mexicano amenaza con convertirse en ejemplo para otros líderes de la región. Más allá de su viabilidad constitucional o política, desde el presidente colombiano Gustavo Petro hasta la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner han expresado que podrían impulsar en sus países proyectos similares. Estas propuestas se montan sobre una extendida falta de confianza de la gente en los jueces. Según la encuesta anual de Latinobarómetro, la confianza promedio en el Poder Judicial en América Latina ha variado entre 1995 y 2024 entre un máximo del 37% en 2006 y un mínimo de 22% en 2017, ubicándose en el 28% en 2024. Es por ello que, si se quieren evitar aventuras de final incierto —o con la certeza de un final muy negativo—, es preciso tomar iniciativas e implementar reformas que recuperen la confianza en los jueces antes de que sea demasiado tarde.
Son muchas las estrategias posibles y que han demostrado ser eficaces. Por ejemplo, instrumentar procedimientos más transparentes y participativos para su designación —sin que necesariamente se opte por la elección popular— no solo es posible, sino que es imperioso para que la ciudadanía empiece a confiar en sus jueces. También es necesario producir fallos bien fundados y convincentes para que no se presuma la arbitrariedad o el favoritismo de los magistrados; lograr la mayor consistencia posible de las decisiones en el tiempo para evitar que su carácter errático genere suspicacias; asegurar diversidad en la composición de los tribunales colegiados para que todos se vean representados en ellos y evitar, por ejemplo, cortes conformadas solo por varones; transparencia en el modo en que se decide intervenir o no en un caso específico, y cuándo hacerlo evitando el sospechoso oportunismo, son todas medidas que contribuirían a recuperar algo de la confianza perdida en los jueces y, en última instancia, también operarían como antídoto a propuestas populistas y aventureras que buscan principalmente deshacerse del control constitucional del ejercicio del poder.
En Argentina, tras dos renuncias, la Corte Suprema cuenta solo con tres de sus cinco miembros. Esta exigua conformación, sumada a alguna excusación, lleva a conformar el Tribunal con “conjueces” convocados ad hoc para casos específicos, lo cual no es bueno para la generación de confianza en la institución. El intento del presidente Javier Milei de cubrir esas vacantes por decreto, en lugar de esperar la aprobación del Senado, no contribuyó en nada a la construcción de confianza y legitimidad del Máximo Tribunal del país. Hace unos pocos días se eligieron de un modo oscuro en la provincia de Buenos Aires, de madrugada y sin deliberación alguna, casi 200 funcionarios judiciales, muchos de ellos jueces. Si se sigue por este camino, el peligro de que surjan ideas y propuestas aparentemente seductoras, pero seguramente dañinas para la democracia constitucional, será inminente. Si hay algo que demuestra el caso mexicano es la fragilidad de las instituciones de la democracia constitucional, pues basta con que un líder popular tenga la temeridad suficiente como para desarmar lo que tanto costó construir, para que en cuestión de semanas se desmoronen los cimientos del único sistema político conocido que puede darles a los ciudadanos alguna garantía de no ser víctimas del más abyecto abuso de poder.
* Profesor de Derecho Constitucional y de Derechos Humanos de las Universidades de Buenos Aires y de Palermo, Argentina.