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    martes 23 de julio de 2024

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    Un problema de fórmulas

    Al igual que un altísimo porcentaje de la población, Fortunato había estado mirando el desenlace de las elecciones internas, con todas sus inesperadas sorpresas.

    Por un lado, cuando se supo el tremendo volumen de los votos del Frente Amplio, Fortunato esperaba que la gran derrotada, doña Carolina, se acercase modosita y cabizbaja al gran ganador, don Yamandú, a saludarlo con la frialdad que la caracteriza hasta para tomar la sopa, pero, para el asombro de todos, ambos se fundieron en un fraterno abrazo. La vicepresidenta estaba confirmada por los gestos y las actitudes de los protagonistas.

    Al rato le toca al otro gran grupo, padre y protagonista de la coalición, el Partido Nacional. Ahí había no dos, sino tres candidatos. Uno que venía corriendo lento y de lejos y que ya desde el vamos no tenía demasiadas expectativas de colarse en la fórmula presidencial. Pero los otros dos, por más que venían bastante separados, eran los que la ciudadanía blanca esperaba que conformaran el dúo dinámico. Los números no ayudaban demasiado a la segunda candidata, pero era la segunda candidata, y así había sido todo organizado desde hacía muchos meses.

    Todos recordaban en esos instantes aquel célebre gesto de Luis Lacalle Pou cuando, a los tres minutos de bajar a la plaza, le pasó el brazo por la espalda a Beatriz Argimón y le dijo a la ciudadanía “esta es la vicepresidenta”.

    La gente buscaba entonces a Álvaro Delgado, que se ve que había perdido contacto con Laura Raffo, porque caminaba y hablaba y repetía paradigmas y otras palabras difíciles, pero no la encontraba a Laura para pasarle la mano por la espalda y decirle “esta es la vicepresidenta”. Con el 19,8%, el 35%, el 42% o lo que fuera. Pero Álvaro estaba buscando a Cupido, mensajero alado de los dioses, hijo de Mercurio y de Venus, la diosa del amor.

    Fortunato se preguntaba para sus adentros, llenando su segunda copa de vino, porque aquello no se terminaba nunca: “¿Será que Delgado anda detrás de la fórmula que enamore, como dijo hace días en un discurso?”.

    Debería ser así nomás, porque Fortunato llegó a perderlo de vista en las pantallas de la tele, que mostraban banderas blancas y gente muerta de frío y exhibían los sesudos análisis de los politólogos de cada uno de los canales, todos opinando distinto, como corresponde.

    Por momentos la senadora Gloria Rodríguez pasó a ser la amada de Cupido, pero con la sensatez que la caracteriza dio un pasito al costado, dejando la cancha libre para otras opciones, que terminaron, como todos sabemos, en doña Valeria Ripoll.

    Acá a Fortunato se le cerraban los ojitos y trató como pudo de entender que los comunistas no solo habían promovido a Carolina Cosse, sino que también habían engendrado al ángel del amor que determinaría que la fórmula blanca “enamorara” a los ciudadanos nacionalistas.

    Fortunato en su ensoñamiento creyó entonces ver que Ripoll y Cosse se reunían en un rincón de la tribuna de la Huella de Seregni y conversaban animadamente. Cosse le decía a Ripoll que no solo tenían que reunirse una vez a la semana para programar actividades, sino también que Delgado se parecía mucho a Yamandú y que había que juntarlos para que se hicieran amigos, porque podrían llegar a hacer muchas cosas juntos.

    “Hablar mucho sin que se entienda demasiado lo que están diciendo es una de las características de los dos —le decía Ripoll a Cosse—, hay que hacerlos comer asados juntos, irse a pescar al Santa Lucía, y mientras tanto nosotras planificamos algunas acciones como las que enseñaba el Boca allá en la sede, ¿te acordás?”.

    Fortunato estaba asistiendo a lo más parecido a un golpe de Estado que había visto o imaginado en su vida, pero el sueño lo vencía y no le daba manera de gritar que estábamos frente a un escándalo institucional.

    “Dale, Vale, me parece genial —le respondía Cosse a Ripoll—, tenemos que ver aquello de las bases organizadas, combinar con Abdala el ensobrado de la papeleta en las listas de los dos grupos, vos decile a Delgado que de eso te encargás vos, vamos a dar un batacazo que nadie se espera”, sentenció.

    Ambas compañeras rememoraron momentos vividos a lo largo de muchos años, organizando piquetes, actos contra la LUC y hasta alguna bombita de estruendo, de esas que meten miedo porque hacen pensar que son balazos y que el gatillo fácil de los milicos ya está en vigencia atropellando contra el pueblo organizado.

    En algún momento del sueño, a Fortunato le pareció ver que la exfiscal Graciela Fossati las enfrentaba portando una antorcha en una mano y en la otra les exhibía un crucifijo al grito de “¡esto es un exorcismo, brujas, vade retro, Satanás! ¡Retroceded, dejad libre a la democracia, idos a Cuba o a Nicaragua, malditas!”. Pero no pudo comprobar si era un sueño o no.

    En el barrio alguien estaba tirando pirotecnia con estruendo, festejando quién sabe qué, y Fortunato se despertó. La tele seguía activa, llena de imágenes de gente que iba y venía. Por un lado, Orsi y Cosse, abrazados, saludaban a las multitudes y, por el otro, Delgado y Ripoll daban su primera conferencia de prensa y explicaban la originalidad de la fórmula blanca.

    Se fue a dormir cantando bajito, con la vieja disyuntiva de sueños anteriores, dudando de cuánto de ello sería cierto y cuánto sería fantasía onírica intrascendente.