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Estados Unidos en América Latina: entre el control total y el riesgo del abandono
La región debe aprender a vivir en este nuevo orden donde la fuerza reemplaza al consenso y donde las instituciones ceden ante el poder militar unilateral
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dando una conferencia de prensa sobre Venezuela.
Cuando asumió, Donald Trump dijo que América Latina está en el centro de su estrategia global. También lo escribió cuando a fines de diciembre presentó la Estrategia de Seguridad Nacional. Y, los primeros días de enero, pasó a los hechos con la operación Resolución Absoluta, que culminó con la captura del hasta entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos de narcoterrorismo.
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Ese hecho marcó un punto de inflexión porque Trump demostró que está dispuesto a utilizar la fuerza militar de manera unilateral para disciplinar e imponer su voluntad en la región. El mensaje fue contundente: Washington tiene la capacidad y la determinación para actuar sin consultar a nadie y lograr lo que quiere.
Antes de eso, se metió en todas las elecciones que pudo en la región, apoyando candidatos que le demostraban un alineamiento incondicional. Utilizó diversos métodos, desde la amenaza hasta la extorsión económica y comercial, para disciplinar electorados o para intentar salvar a amigos de la cárcel, como con Jair Bolsonaro en Brasil. En muchos lugares le fue bien.
El despliegue militar sin precedentes en el Caribe, que comenzó en setiembre, no es temporal ni está limitado a Venezuela. La Estrategia de Seguridad Nacional lo deja explícito: la presencia de fuerzas estadounidenses en la región llegó para quedarse. Dice Trump que necesita controlar América Latina para proteger su frontera sur, combatir el narcotráfico y, fundamentalmente, hacer frente a la creciente influencia china. En otras palabras, se trata de controlar los recursos de la región que se convirtió en una pieza clave de su tablero geopolítico global.
Esta nueva realidad encuentra a los líderes latinoamericanos en una posición de vulnerabilidad extrema, explicada en gran parte por una brutal asimetría militar y económica, pero que no oculta ni explica una estrategia de alineamiento sin matices pocas veces vista en la región. La mayoría de los gobiernos regionales optó por eso. Es más, bajo el liderazgo del argentino Javier Milei, diez países de la región trabajan en la conformación de un bloque para institucionalizar un seguidismo sin fisuras de todo lo que Trump diga o haga, tanto en América Latina como en el resto del mundo.
Se trata de una renuncia explícita a la política y a la diplomacia. El contexto, es cierto, no los ayuda. Los líderes regionales observan cómo nadie, o muy pocos, como Putin o Xi Jinping, logra hacerle frente a Trump. Ven cómo Europa se arrastra y hace equilibrio para que el magnate neoyorquino no se quede con Groenlandia y para evitar que retire el apoyo crucial que necesitan para contener a Putin en Ucrania. En este panorama, la decisión fue clara: subordinación total.
Pero este alineamiento automático conlleva riesgos significativos que muchos de estos líderes parecen no calcular o consideran daños colaterales menores. El más importante tiene un nombre: China. La Estrategia de Seguridad Nacional lo deja bien claro: establece las condiciones que impondrá a los gobiernos de la región. Las alianzas tendrán un precio: los países latinoamericanos deben reducir drásticamente la influencia de China, desde el control de puertos e instalaciones militares hasta su participación en infraestructura clave y la adquisición de activos estratégicos. El documento lo plantea sin ambigüedades.
Milei-Trump
Javier Milei saluda a Donald Trump durante uno de los encuentros en Estados Unidos.
Casa Blanca
Un dilema para América Latina
Esta exigencia coloca a los gobiernos latinoamericanos ante un dilema complejo. China es el principal socio comercial de la mayoría de los países de la región. Brasil, Argentina, Chile y Perú dependen fuertemente de las exportaciones a Beijing. También fueron y son grandes beneficiarios de inversiones chinas en infraestructura clave para el desarrollo. Romper o deteriorar esos vínculos tendría consecuencias económicas inmediatas y severas. Sin embargo, no alinearse con Trump implica el riesgo de represalias comerciales, presión política o, como quedó demostrado en Venezuela y como amenaza hacerlo para quedarse con Groenlandia, intervención directa.
Este equilibrismo será cada vez más difícil de sostener. Trump dejó en claro que no tolerará medias tintas. Su enfoque es binario: o están con Washington o están en su contra.
El caso argentino ilustra perfectamente las contradicciones de este alineamiento. Milei convirtió la subordinación a Trump en el eje de su política exterior, pero Argentina necesita desesperadamente dólares y crédito para estabilizar su economía. Por eso el reciente swap de monedas acordado con la Casa Blanca no reemplazó al firmado con China años atrás, sino que vino a complementarlo. Es decir, Argentina necesita a Trump, pero también a China. El resultado es un país atrapado entre sus necesidades económicas y sus compromisos políticos. Cómo navegue las aguas de este triángulo será determinante para el futuro del presidente Milei.
El riesgo de este alineamiento incondicional es que América Latina puede quedar a la deriva si las prioridades de Trump cambian. El presidente estadounidense tiene una atención volátil y está simultáneamente lidiando con múltiples frentes: la guerra comercial con China, las negociaciones en Ucrania, la amenaza de Irán, las tensiones con Europa. Si la región deja de ser prioritaria, los gobiernos que apostaron todo a Washington quedarán expuestos y sin alternativas.
Prueba electoral para Trump
Este escenario se vuelve más probable si Trump enfrenta reveses políticos internos. El electorado en Estados Unidos sigue más preocupado por el alto costo de vida que por lo que haga Trump en el mundo. Si Trump no les mejora el bolsillo, los contribuyentes mirarán con más atención cómo sus recursos se siguen gastando lejos de Estados Unidos, justamente lo que Trump prometió que no iba a hacer.
Las elecciones de medio término en Estados Unidos, previstas para noviembre de 2026, son cruciales. Si los republicanos pierden el control del Congreso, la capacidad de Trump para ejecutar su agenda internacional se verá seriamente limitada. Los líderes latinoamericanos que ataron su destino al suyo podrían encontrarse, de pronto, sin respaldo.
Argentina es quizás el caso más vulnerable. Milei decidió invertir toda la autonomía con una política exterior trumpcéntrica. Hasta ahora las cosas le están saliendo bien. El rescate económico de Trump días antes de las elecciones de medio término del pasado año en Argentina fue clave. Fue un apoyo económico, y político, inédito. Si Trump lo abandona, ya sea por desinterés o por imposibilidad política, Argentina se quedaría sin respaldo. Por eso debe pensar muy bien cómo maneja los vínculos con China que, muy cerca de Milei, algunos quieren sacrificar.
Homenaje-Charlie-Kirk-Trump
Un joven lleva una gorra de Trump mientras asiste a una vigilia en honor al activista político conservador asesinado Charlie Kirk durante un evento en Provo, Utah, EE. UU., el 12 de setiembre de 2025.
EFE
Un mundo nuevo
El manual que Trump desplegó en este primer año de su segundo mandato es claro: negociación dura y amenazas para acomodar disputas comerciales en su guerra arancelaria, ataques puntuales para mostrar que puede hacer lo que quiere, como en Venezuela, y bombardeos precisos sobre infraestructura cuando es necesario, como hizo en junio contra instalaciones nucleares en Irán para terminar la guerra de 12 días entre Israel y aquel país.
América Latina es testigo preferencial de cómo el uso de la fuerza se normaliza como herramienta de política exterior. Esta dinámica pone al mundo, pero sobre todo a la región, ante un desafío extraordinario: el de acostumbrarse a que los asuntos internacionales se gestionen a través de acciones unilaterales guiadas por la fuerza y el poder.
El orden internacional basado en reglas e instituciones agoniza, con organismos que hace tiempo se muestran impotentes para resolver los asuntos mundiales. Venezuela es un claro ejemplo. Los organismos regionales desde hace años poco han hecho para hacerle la vida más fácil a millones de venezolanos. Ni siquiera los contundentes informes de Michelle Bachelet, cuando era Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, denunciando la represión y la violencia del régimen de Maduro, lograron activar las instancias regionales para frenarlo.
Esto también explica la desesperación de la mayoría de los venezolanos que buscaron y encontraron en Trump las soluciones a su calvario que durante años nadie encontró o que, en el peor de los casos, a nadie le importó encontrar. La impotencia de las instituciones abrió la puerta para que Trump actuara con el respaldo tácito de millones de personas que ya no confían en la diplomacia tradicional.
La doctrina Trump para América Latina implica, entonces, un control sin precedentes de la región. Estados Unidos no solo exige alineamiento político y exclusión de China, sino que se reserva el derecho de intervenir militarmente cuando lo considere necesario. Esta es la nueva normalidad que los gobiernos latinoamericanos deben aceptar. La alternativa es enfrentar las consecuencias.
Lo que viene
Los próximos dos años serán cruciales. Trump tiene hasta las elecciones de medio término para consolidar su control sobre la región. Los gobiernos latinoamericanos deben preguntarse qué harán si ese control se afloja o desaparece. ¿Han construido alternativas?, ¿mantienen canales abiertos con otros actores globales? o ¿han apostado todo a una sola carta que puede perder valor en cualquier momento?
América Latina se encuentra frente a una encrucijada histórica. Estados Unidos busca alineamientos en la región para garantizarse las cadenas de suministros y, sobre todo, desconectar las que está construyendo China. Trump busca socios y, como demostró en Argentina, está dispuesto a tomar decisiones inéditas para robustecer una economía que el mismísimo Trump definió como “a punto de morir”. ¿Tendrá la región margen de maniobra para negociar y obtener ventajas más sustentables que más de una vez Estados Unidos le dio a países que se alinearon con sus políticas?
La región debe aprender a vivir en este nuevo orden donde la fuerza reemplaza al consenso y donde las instituciones ceden ante el poder militar unilateral. Trump redefinió las reglas del juego y América Latina todavía está tratando de entender cómo jugar sin perder todo en el intento.