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    La rivalidad entre Estados Unidos y China planea sobre la precampaña electoral de Brasil

    Brasil va a elecciones polarizadas entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, con la disputa EE.UU.–China de fondo y en juego el equilibrio o la alineación con Washington.

    Faltan seis meses para las elecciones presidenciales y legislativas de Brasil y el gigante latinoamericano ya está calentando motores.

    Por un lado, el actual presidente, el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, sigue al frente en las encuestas, particularmente entre los electores de centro, para la primera vuelta, aunque se ha ido reduciendo su ventaja sobre el aspirante de extrema derecha Flávio Bolsonaro y algunos sondeos apuntan a un empate técnico en la segunda ronda.

    Justamente, esta semana, el mandatario brasileño lanzó un mensaje de continuidad al anunciar que repetirá fórmula con su actual vicepresidente, Geraldo Alckmin, un político que en el pasado fue su rival y a quien en el último año ha alabado públicamente en más de una ocasión por el resultado de las negociaciones con Estados Unidos (EE.UU), que llevaron a la retirada de los aranceles.

    Por su parte, Bolsonaro, primogénito de Jair Bolsonaro -el expresidente condenado a 27 años y tres meses por golpismo-, ha llevado el debate al terreno exterior.

    Bolsonaro hace campaña con unos minerales codiciados por EE.UU.

    Recientemente, el precandidato de la extrema derecha, que ha ido remontando en los sondeos, llevó la campaña al corazón del conservadurismo estadounidense en plena antesala electoral.

    Desde el escenario de la Conferencia de Acción Política Conservadora, en Texas, pidió presión internacional sobre las elecciones brasileñas de este año, al mismo tiempo que enmarcó el futuro del país suramericano en una disputa geopolítica mayor: la pugna entre Estados Unidos y China por los minerales estratégicos.

    “El mundo libre entero debe observar nuestras elecciones”, afirmó Bolsonaro.

    “En lugar de que la Administración (del expresidente de EE.UU.) Biden interfiera en nuestras elecciones para instalar a un socialista que odia a Estados Unidos, ejercer presión diplomática para lograr elecciones libres y justas basadas en los valores de origen americano sería un buen cambio de política exterior para la región, ¿no creen?”, agregó.

    Pero, en realidad, fue otra frase la que encendió el debate en Brasil. En su intervención, el senador presentó al país como pieza clave para la seguridad estratégica de Washington: “Brasil es la solución de EE.UU. para quebrar la dependencia de China en minerales críticos, especialmente las tierras raras”, destacó.

    Las llamadas tierras raras —17 elementos esenciales para la fabricación de tecnología avanzada, desde baterías hasta sistemas de defensa— están en el centro de la nueva carrera global por la autonomía industrial.

    China domina hoy buena parte de su producción y refinado, concretamente el 70% de la producción mundial y entre el 85% y el 90% de la capacidad global de refinación y procesamiento. Y Estados Unidos está en busca de alternativas urgentes al monopolio chino. En ese tablero, Brasil aparece como un gigante en potencia, ya que posee la segunda mayor reserva mundial de estos minerales.

    Un discurso que reaviva el debate sobre la soberanía

    Las palabras del senador Bolsonaro fueron contestadas por la oposición brasileña, que las interpretó como una señal de pleitesía con Washington.

    Desde el oficialismo, las críticas apuntaron a un riesgo de “entrega” de recursos estratégicos. De hecho, la ministra de Relaciones Institucionales, Gleisi Hoffmann, acusó a la familia Bolsonaro de actuar en contra de los intereses de Brasil en el extranjero y de hacer gala de “subserviencia” (sumisión extrema) con el presidente Donald Trump.

    Algunos dirigentes del oficialista Partido de los Trabajadores (PT, izquierda) fueron más allá. El diputado Rui Falcão criticó duramente a Bolsonaro: “Es muy grave que un precandidato a la Presidencia de la República viaje a Estados Unidos y se comprometa a entregar los recursos de tierras raras de Brasil” afirmó.

    “Flávio Bolsonaro está dispuesto a negociar la soberanía, nuestros recursos estratégicos y el futuro del país a cambio de apoyo político”, añadió.

    En la misma línea, otros parlamentarios de izquierda advirtieron que este discurso abre un debate de fondo sobre la soberanía de Brasil y el control de recursos clave para el desarrollo tecnológico.

    La crítica central es también económica. Varios políticos temen que Brasil se consolide, una vez más, como exportador de materias primas sin valor agregado, como ya ocurrió en el pasado con el café, la caña de azúcar, el látex, la soja o el acero, en lugar de desarrollar una industria propia vinculada con esos minerales.

    El puerto de Santos y el recelo de Trump con China

    Las declaraciones de Flávio Bolsonaro en Estados Unidos coinciden con una creciente preocupación en el entorno de Donald Trump por la expansión china en América Latina.

    Uno de los focos ahora es el puerto de Santos, el mayor de Brasil y también del hemisferio sur. A pesar de los aranceles estadounidenses, en 2025 este puerto cerró el balance anual con sus mejores resultados históricos. Por sus instalaciones pasaron 186,4 millones de toneladas de mercancías, lo que supone un incremento del 3,6% respecto al año anterior. El complejo portuario, además, alcanzó récords en el sector agropecuario (soja, azúcar, maíz), consolidó su liderazgo en América Latina y registró beneficios recurrentes por un valor de 938,9 millones de reales (182 millones de dólares), un 22,3% más que en 2024.

    En marzo de este año, Estados Unidos expresó su preocupación por la posible participación de empresas chinas en la inminente subasta de la megaterminal Tecon 10. “La subasta suscita preocupaciones sobre la participación de empresas chinas vinculadas a cuestiones de soberanía, seguridad, competencia e influencia estratégica”, advirtió el cónsul estadounidense en Sao Paulo, Kevin Murakami, a un periódico brasileño. Este diplomático afirmó también que la terminal de Santos no debería caer en “manos indeseadas”.

    En círculos republicanos, la infraestructura portuaria brasileña empieza a ser comparada con el megaproyecto de Chancay, en Perú, financiado con un 60% de capital chino.

    Embed - Hijo mayor de Jair Bolsonaro sustituiría al exmandatario en la carrera por la Presidencia de Brasil

    China: socio indispensable y rival incómodo

    Brasil se encuentra ahora en el centro de una disputa entre Estados Unidos y China por la influencia económica y geopolítica. Y, aunque Brasil ha mantenido una política exterior pragmática, abierta a inversiones de múltiples socios, el avance chino en sectores estratégicos como puertos, energía y minería alimenta la narrativa de competencia geopolítica en la región.

    Por eso, el discurso anti-China de la extrema derecha brasileña choca con una realidad económica difícil de ignorar. El gigante asiático es, desde hace más de una década, el principal socio comercial de Brasil y un comprador fundamental para su agronegocio.

    Tras la aplicación de los aranceles de Trump, este país ha reforzado sus importaciones de soja brasileña, en medio de tensiones comerciales con Estados Unidos. Este flujo ha sido clave para el superávit comercial brasileño y para la estabilidad de sectores productivos enteros.

    Por eso, incluso en el entorno de Flávio Bolsonaro han surgido discrepancias. El presidente del Partido Liberal, Valdemar Costa Neto, intentó moderar el discurso del precandidato a la Presidencia, al señalar que Brasil “no puede estar alejado de China” y que cualquier estrategia debe combinar relaciones con ambos países.

    ¿Qué está en juego en 2026?

    Más allá de la polémica inmediata, el episodio refleja un dilema estructural para Brasil: cómo posicionarse en un mundo cada vez más polarizado entre Washington y Beijing.

    Si la extrema derecha vuelve al poder el 1 de enero de 2027, existe el riesgo —según analistas y sectores del actual Gobierno— de que se produzca un alineamiento más expresivo con Washington, en detrimento de la relación con China. Eso podría reconfigurar no solo la política exterior, sino también el modelo económico de Brasil.

    En contraparte, la estrategia del Gobierno de Lula ha sido intentar un equilibrio: negociar con múltiples actores, atraer inversiones y, al mismo tiempo, preservar la autonomía.

    La disputa por las tierras raras, en este sentido, es mucho más que un debate sobre minería. Es un síntoma de una transición global en la que Brasil vuelve a ocupar un lugar central, como en otras épocas de su historia económica, pero ahora en el corazón de la economía verde y digital.

    FUENTE:FRANCE24

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