Bebida es agua, comida es pasto

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Nº1996 - al de Noviembre de 2018
por Fernando Santullo

Gracias a este fin de semana de Montevideo Rock en donde tocaron los brasileños Titas, llegó a mis manos un interesante libro sobre “la reinvención de las derechas en Brasil”. Es un volumen breve, integrado por un montón de artículos y ensayitos que intentan explicar, a la manera de los puzzles, el triunfo de Jair Bolsonaro. Gracias al gesto del amigo que me lo trajo desde el norte, encontré material que sirve para conocer de primera mano los cómo y los porqués de cambios que parecen sorprendentes y que, cuando se los mira en detalle, quizá no lo sean tanto.

Dentro del libro me interesó el texto De la esperanza al odio: la juventud periférica bolsonarista, en donde dos científicas sociales que vienen haciendo trabajo de campo en la periferia de Porto Alegre indagan en ese proceso. Lo primero que apuntan, honestas, es que no tienen nada concluyente para decir. El asunto está aún en el aire y tiene demasiadas variables como para llegar a definiciones categóricas. Sin embargo, de su experiencia con esos jóvenes han podido extraer algunas miradas provisorias. Dicen, por ejemplo, que esperanza y odio no pueden ser vistas como “categorías totalizantes” y apuntan que “había odio en la esperanza y parece haber esperanza en el odio”.

Cuando hablan de esperanza se refieren a los años en donde un montón de gente en Brasil logró por primera vez alcanzar cierto grado de bienestar material, accediendo a objetos de consumo que antes les estaban vedados. Años en donde Brasil dejó de ser “el país del futuro” del que hablaba el también rockero y brasileño Renato Russo, para ser considerado el país emergente que resistió de manera más o menos sólida la crisis de 2008. Años en donde la llamada “inclusión financiera” se convirtió en el emblema del gobierno de Lula. Años en donde la academia brasileña hablaba del “brillo” de esos sectores hasta entonces ajenos al consumo y en donde los propios actores sociales así se percibían. Años de emergentes que se veían a sí mismos como tales.

El problema de este proceso, que incluyó la reducción de impuestos para fomentar el consumo interno y el acceso al crédito de esos sectores emergentes, es que no fue acompañado de cambios reales en la estructura de las relaciones y las percepciones sociales. Los pobres, que ahora se volvían visibles a través del consumo de objetos, podían usar calzado de marca, pero seguían siendo pobres para el resto de la sociedad. Algo parecido a lo que ocurre en Montevideo cuando los que viven al otro lado del muro quieren entrar a un shopping y son vetados por los empleados de seguridad. Como dicen las autoras, en esa contradicción entre el acceso a lo material y la imposibilidad de que eso fuera acompañado por cambios en la realidad de los roles sociales, quedaron revelados los límites del proceso de inclusión tal como lo concibió el gobierno de Lula.

En realidad, en Brasil pasó algo un poco peor que eso. Como el proceso de inclusión fue concebido antes que nada como el acceso al crédito y al consumo, y ese acceso se sustentó en muchos casos en los beneficios que otorgaba a esos sectores el gobierno federal, cuando comenzaron las políticas de austeridad de Dilma Rousseff (continuadas por Temer) el recorte fue tanto a la posibilidad de consumir como a la recepción de esas ayudas públicas. Se generó una dependencia de esos fondos, se fomentó el consumo, pero no se hizo gran cosa por generar hábitos de estudio o de trabajo entre los jóvenes de las periferias pobres. Las autoras del artículo apuntan que, salvo aquellos elementos más politizados, entre sus entrevistados abundan los chicos que ni estudian ni trabajan.

Ya no podés consumir ni contás con el dinero y los beneficios del Estado. No trabajás ni estudiás. Nunca dejaste de ser pobre y por eso nunca dejaste de ser visto por los otros como uno. La esperanza se esfuma y en su lugar aparece la frustración.

Y ahí es donde entra Bolsonaro como significante vacío a rellenar por el votante. Lo dije en una columna anterior, creo que al presidente electo de Brasil cada votante lo votó cargándolo con aquello de su discurso que más se apega a las ideas previas que ese votante trae consigo. Si mi preocupación es la violencia en las calles, Bolsonaro. Si mi temor es que desaparezca la familia tradicional, Bolsonaro. Si creo que el Estado gasta demasiado, Bolsonaro. Si considero que hace falta firmeza y mano dura en los momentos de crisis, Bolsonaro.

Y ahí entran también las Iglesias evangélicas. Cuando el Estado se empieza a retirar y recorta los subsidios y beneficios, cuando eso marca el fin de la inclusión a través del consumo, las Iglesias emergen como elemento aglutinador y foco de la fe en un posible nuevo cambio. Proponen un resumen simple y simplificador en momentos de gran confusión social. La frustración comienza a encontrar de a poco su lugar en muchas de las ideas ultraconservadoras y antisistema que Bolsonaro, de la mano de esas Iglesias, tira cada tanto. Aderezadas por su imagen de tipo duro, resolutivo y con cojones, que va a hacer lo que hay que hacer. El Chuck Norris del trópico.

Por supuesto, todo esto solo intenta explicar una parte del voto a Bolsonaro. Cada votante es un mundo y las autoras del texto se contentan con señalar los cambios que ocurrieron dentro de su área de estudio más cercana. Por eso admiten: “No conseguimos identificar un patrón de comportamiento o un consenso” sobre Bolsonaro entre los adolescentes pobres de la periferia de Porto Alegre. Todos esos jóvenes tienen pertenencias múltiples a distintos grupos y el punto que tienen en común es apenas “la figura de un hombre que ofrece una alternativa radical a la vida tal cual es hoy”.

Brasil es un país infinitamente más complejo que nuestra querida cancha de fútbol cinco, en donde la religión está aún lejos del Estado. Y, sin embargo, es imposible no ver los paralelismos que se desprenden de la lectura del caso brasileño: la idea de que la inclusión pasa exclusivamente por lo material, de que no importa mucho si los jóvenes más pobres abandonan en masa el liceo, de que con subsidios se arregla la exclusión económica, de que las complejas relaciones sociales las arreglamos por la vía de cambiar unas vocales acá y allá. Y donde, ojo, las Iglesias evangélicas asoman ya su patita en la política.

En una vieja canción, los Titas (quienes por cierto dieron un show fenomenal el domingo) cantan: “Nosotros no queremos solo dinero, nosotros queremos dinero y felicidad. Nosotros no queremos solo dinero, nosotros lo queremos entero y no por la mitad. El tema se llama Comida y resume de manera exacta lo que ocurre cuando la gente entiende que tiene las necesidades materiales satisfechas y que, por fin, va a poder levantar la mirada del suelo. Cuando entiende que ya no quiere solo sobrevivir, que ahora quiere vivir. Que quiere la vida entera y no por la mitad. Que quiere la vida como la vida es, como le prometieron que era. Cuando esa esperanza se quema es cuando aparecen los Bolsonaro del mundo. No hace falta un Plan Atlanta para frustrar a millones. A veces basta con hacerlos “brillar” con espejos y sacárselos después.

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