La bestia durmiente

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Nº2019 - al de Mayo de 2019
por Fernando Santullo

El jueves pasado, por la noche, nos quedamos sin fibra óptica en casa. Pasado el fin de semana, la empresa nos manda un técnico para revisar qué había pasado con el cable. El técnico toca timbre, saluda, entra y se tira abajo del escritorio para escudriñar el lío que hay por allí. Enciendo la luz pero veo que es poca, así que me ofrezco a alumbrarle con mi teléfono. Al rato estamos los dos en el suelo, él abajo del escritorio y yo al lado, con la luz. Le comento que el cable de fibra es casi invisible y me contesta que sí, que hace falta buena vista para verlo. Su acento no es uruguayo, así que le pregunto de dónde es. Me dice que cubano, que hace poco que está acá.

Seguimos charlando, yo alumbrando con el celular, él lidiando con el cable. Me cuenta que es ingeniero en telecomunicaciones, que quiere traer a su esposa que sigue en Cuba. Que la vida en la isla es muy difícil, que aun siendo ingeniero no llegaban a fin de mes. Que siente que en Uruguay no es fácil encontrar trabajo, pero que igual sigue estando mucho mejor que Cuba. Mientras termina su tarea, me cuenta que su hijo vive en Las Vegas, EE.UU., y que aún no tiene claro si Uruguay es el país donde quiere vivir el resto de su vida. Pero sí sabe que quiere traer a su esposa para acá y que, aun si decide irse a otra parte, los trabajos que haga aquí le servirán para el currículum. Me pide que le firme la hoja que certifica que el trabajo se hizo, se despide y sale a la fresca mañana otoñal.

Mientras estuvimos charlando, me vino a la cabeza mi infancia en México, país a donde fuimos con mis padres y mi hermana (mi hermano más chico nacería allá), escapando de la dictadura uruguaya. Y pienso en que solo una vez en esos diez años un mexicano me dijo que me fuera para mi país. De manera totalmente justificada, conviene aclarar: se trataba de un pibe del liceo, tres generaciones abajo de la mía, al que le habíamos puesto un apodo horrible y al que además, siendo buen jugador de fútbol como era, lo matábamos a patadas en cada picado del recreo. Cuando, después de un tremendo patadón, me dijo: “Pinche uruguayo, ya vete a tu país”, me dio vergüenza a mí. Yo también me habría mandado a mi país si me hubieran tratado como los de mi grupo del liceo lo tratábamos a él.

Fue la única vez que alguien me dijo algo así. El resto del tiempo, los mexicanos nos trataron con amabilidad y, cuando se terciaba, con afecto. Además, nos dieron la posibilidad de ser simplemente uno más, un mexicano más, uno que trabaja, estudia y hace vida normal en el país. En su país. A eso contribuyeron, claro, los buenos amigos que hice en el barrio, en la escuela y, más tarde, en el liceo. Pero también contribuyó que no hubo un solo mexicano al que se le pasara por la mente (o, si se le pasó por la mente, que lo dijera) que los uruguayos éramos: a) unos resentidos por no saber apreciar las maravillas de la dictadura, que nos había dejado en México; y b) responsables de que en México hubiera mexicanos que no tenían empleo o trabajaran en empleos mal pagados.

Enciendo la computadora y me conecto a la red, comprobando que la conexión está bien otra vez. Y mientras bobeo por las redes morales me encuentro con un par de cosas que me dejan repensando lo de mi infancia y adolescencia en México. Me encuentro con un video filmado en Argentina hace unos días, cuando el caos venezolano se puso un poco peor. En el video se ve a un grupo de manifestantes venezolanos en Buenos Aires, protestando por la falta de libertades en su país y por la represión que comenzaba a intensificarse justo en esos instantes. Entonces aparece un argentino, barba entrecana, manos en los bolsillos, que se arrima a la cámara, que dice: “Esto es muy fácil” y empieza a explicarle al venezolano que estaba siendo entrevistado lo que pasa en Venezuela. Le dice que él, el venezolano, no lo entiende. Que es todo parte de una conspiración del imperialismo y que él, el venezolano, es un gil que está siendo manipulado por la derecha. Que él, el venezolano que tiene familia que está siendo reprimida en ese mismo instante por el Estado, es un golpista. Todo esto sin sacarse las manos de los bolsillos.

Sigo con mi bobeo de redes y me topo con alguien que postea un pedido de empleo en donde se pide: “Chica para planchado de mantelería, limpieza del local, tareas de limpieza. Restaurant. Preferentemente venezolana o cubana”. Y se pregunta si eso no es discriminación a favor de los inmigrantes (sobre si es una discriminación contra los chicos, no dice nada). De inmediato se desata una cadena de comentarios proto xenófobos en donde se afirman cosas tan peregrinas como que hay leyes que “favorecen” a los inmigrantes. De poco valen los comentarios informados que recuerdan que no existen tales leyes y que el único “gesto” que se tiene con los inmigrantes es darles cédula, de acuerdo con los trámites legales vigentes en el país. Y que de hecho esa cédula es lo que les permite salir a buscar trabajo formal y no ser una carga para al país de acogida. Da igual, la manada ya tomó carrerita y pronto se pasa de la proto xenofobia a la xenofobia abierta, en un ratito nomás.

Obviamente, dos golondrinas no hacen verano: de los ejemplos que recojo en las redes no es posible extraer ninguna conclusión fiable o general. Pero lo cierto es que la línea que separa el reclamo social justo de su versión xenófoba, resulta especialmente tenue en tiempos de llegada más o menos masiva de inmigrantes. Que la mirada del ciudadano local que se considera en desventaja nunca debería posarse sobre aquellos que están en una desventaja aún mayor. A no engañarse, migrar nunca es fácil, y montar una vida nueva en un país desconocido, menos. Y, sobre todo, que esa mirada no debería pararse nunca en ese pedestal de superioridad moral que cree que sabe mejor que un migrante lo que le ocurría en su país de origen y que lo trajo hasta aquí.

Si los inmigrantes resultan atractivos para los empleadores, eso no es responsabilidad de los inmigrantes. Si ese atractivo se debe a que aceptan sueldos más bajos, siempre que esos sueldos no estén por debajo del salario mínimo oficial, no existe discriminación alguna. Y si esos sueldos que aceptan los inmigrantes están por debajo del mínimo, el asunto es problema de quien debe controlar que eso no ocurra: el estado. Por otro lado, no es excepcional que los estados incluyan en sus medidas sociales más básicas a esas nuevas poblaciones. Exonerar a los inmigrantes que están por debajo de la línea de pobreza del pago de la cédula tiene todo el sentido y va en la dirección de cualquier medida social mínima: intentar facilitar las cosas para quienes parten con mas desventajas, sean nacidos aquí o fuera.

Los datos nos dicen que las migraciones siempre son una oportunidad para los países que las acogen. Uruguay es, de hecho, una versión extrema de ese proceso: este país existe como tal porque varias oleadas de inmigrantes lo hicieron posible. Por eso, nunca viene mal recordar que la bestia xenófoba, incluso en un país en donde absolutamente todos bajamos de algún barco, es una bestia durmiente que siempre está ahí, esperando asomar la patita.

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