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—Cada vez es mayor la proporción de la población en América Latina —incluido Uruguay con un 65%— que cree que su país es gobernado para proteger los intereses de algunos grupos poderosos. El problema parece estar en la calidad de la gobernanza. ¿Cómo frenar la erosión de la credibilidad en la clase política, dañada también por episodios de corrupción?
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—Ese número es muy revelador, porque de hecho Uruguay es el país que tiene la mayor confianza en las instituciones en esa encuesta. El promedio de la región, las personas que tienen esa opinión es de 80%, y hay países en los que la proporción llega al 90%. Dicho esto, cualquier número arriba del 60% es enorme, es muy grande para una desconfianza en las instituciones.
Indiscutiblemente, esto pasa por dos cosas. Por un lado, la incapacidad en muchos casos de los gobiernos de entregar resultados. La gente quiere que se le entregue estabilidad, seguridad pública y otros servicios que requieren para su vida diaria. Y cuando eso no existe, pierden confianza y la voluntad de contribuir, lo que se refleja en más informalidad, evasión tributaria y otras formas de salida del contrato social.
El otro aspecto es el de la corrupción, que se ha hecho muy visible. En perspectiva histórica, lo que está ocurriendo en la región podría ser constructivo —dependiendo de cómo se resuelve—, en el sentido de que pareciera haber un cambio en la tolerancia a la corrupción. Quizás, lo que antes veíamos era un equilibrio en donde no se hablaba tanto de esto porque había una mayor tolerancia a la corrupción. En este momento, casi en cualquier país de la región hay una gran desconfianza en las instituciones, pero una demanda para que se tomen decisiones que reduzcan la posibilidad de que existan estos fenómenos de corrupción. Ha habido situaciones políticas muy complejas, que pueden ser eventualmente procesos que lleven a que aquellos que tienen autoridad delegada y manejo de recursos públicos, tengan claro que la sociedad ya no tolera la corrupción. Soy optimista pensando en que esta es una transición compleja, pero constructiva para la región.
De manera más concreta, ¿cómo reconstruir esa confianza? Tratando de reconectar al ciudadano con el gobierno y con el Estado en general, a través de una mayor capacidad de entregar servicios y hacerlo de manera más transparente. Es un proceso complicado, pero constructivo.