Vandalismo partidario

5min 4
Nº2005 - al de Enero de 2019
por Fernando Santullo

Por regla general, las campañas electorales me resultan detestables. Por un lado, porque los partidos arrancan con su rosario de promesas incumplibles, que se van volviendo más incumplibles si a) ven que no rascan votos con las promesas que ya hicieron o b) si ven que sus rivales no se cortan a la hora de prometer cualquier cosa. Por otro, porque en las democracias recientes (y tengo dudas si alguna vez alguna democracia fue distinta, quiero creer que sí) el elector hace rato que es poca cosa más que un hincha: un señor que cree en la fidelidad a unos colores y unas banderas sin que le importe demasiado la parte fáctica que hay detrás de esos colores. Esto es qué políticas reales han ejecutado sus representantes. Ponerse a mirar qué tienen para ofrecer los distintos partidos es demandar un pragmatismo y una calma que es haber desaparecido del escenario electoral.

En resumen, que hay que prepararse para un intercambio creciente de promesas delirantes de parte de los políticos y también de agresiones en el llano entre quienes creen que, si gritan e insultan lo suficiente, le están haciendo un favor inmenso a su causa. Y todo eso apenas a unas semanas de que no se lograra aprobar la ley que regula el financiamiento de los partidos, rubro en el que aún seguimos en sombras. Pero hay otros rubros oscuros, que tras décadas de funcionar en piloto automático no han merecido ni siquiera ser considerados para su regulación real. Por ejemplo, la propaganda partidaria que, cual inmenso manto de mugre, empieza a cubrir progresivamente el espacio público desde estas fechas y permanece allí hasta muy pasadas las elecciones.

Es verdad, ese espacio público está ya de por sí lo suficientemente vandalizado como para que las excrecencias que de manera organizada empiezan a dejar los partidos sean apenas una cuenta más en un rosario de agresiones visuales al ciudadano. Tan es así que pareciera que no existe una normativa municipal al respecto, aunque de hecho existe y su última versión fue aprobada en 2017. Una normativa que no dice una palabra sobre los espantosos “tags” que cubren las fachadas de media ciudad, pero que en cambio es muy específica en cuanto a la propaganda.

Según el Digesto Departamental de la Intendencia de Montevideo, “para la realización de propaganda de cualquier índole, en sitios o espacios públicos, se podrán utilizar los siguientes lugares y medios aptos para la publicidad, sujetos a los requisitos establecidos en este título y a la autorización correspondiente otorgada por la intendencia previa gestión en la dependencia que corresponda: a) pantallas de la intendencia; b) espacios para anuncios de publicidad y propaganda; c) elementos que se ubiquen en las salas o locales de espectáculos públicos; d) publicidad y propaganda instalada en vehículos”. Más adelante, el digesto agrega: “Fuera de los medios y espacios aptos para la publicidad queda prohibido realizar cualquier clase de propaganda”.

¿Qué es lo que hace que en cada elección unos partidos políticos se apropien del espacio público sin que la sociedad civil diga siquiera mu? ¿Cómo es que se ha naturalizado esa apropiación agresiva sin que nadie se inmute y reclame la neutralidad del espacio público? Creo que por un lado pesa lo que señalaba antes: cuando se llevan las banderas ideológicas como quien lleva las banderas a la cancha, se impone la lógica del “nosotros” contra “ellos” en cualquier ámbito. Y entonces, ingenuamente, esos ciudadanos creen ser parte de la apropiación. Después de todo, son los “suyos” los que pintarrajean todo, así que no perciben como ajeno ese enchastre de consignas en cualquier superficie lisa a su alrededor.

Pero al mismo tiempo creo que esta apropiación descarada, que viola todos los reglamentos departamentales sobre propaganda en la vía publica, es asumida como parte del paisaje como resultado de una colonización que se viene naturalizando desde hace muchos años. Esa vandalización a la que los partidos someten al paisaje y a la ciudadanía es para mí uno de los muchos posibles resúmenes de cómo lo partidario ha colonizado lo social. Una colonización en donde la sociedad civil en ciertos temas casi no se distingue de los partidos. Temas como una campaña electoral.

¿Por qué las autoridades municipales no hacen cumplir su propia normativa? Se hacen inspecciones de todo tipo, se multa a ciudadanos por esto y por lo otro y, sin embargo, no se puede controlar y multar a quien firma con nombre y apellido cada uno de sus actos vandálicos. Quizá se deba a que antes que como autoridades municipales, estas se perciben como miembros, votantes y hasta hinchas de esos mismos partidos que violan los reglamentos. Por supuesto, la oposición tampoco dice una palabra. ¿Para qué, si ellos operan exactamente con la misma lógica de propietario cada vez que pueden?

Lo he dicho en otras columnas: la agenda de los partidos no siempre coincide con la de los ciudadanos. Y eso es así aunque parte del trabajo de los partidos es hacernos creer lo contrario, que los partidos siempre velan por nuestro mejor interés. Pero ejemplos como el de esta invasión que señalo (hay otros), demuestran que eso no es verdad, que los partidos no tienen el menor problema en contaminar nuestro espacio común si creen que con eso acarrean algunos votos. 

En cualquier caso, aquí se abre una doble responsabilidad, que podría ser triple si algún partido se tomara en serio eso de respetar el espacio público y las zonas destinadas a la propaganda. Por un lado, es responsabilidad de los ciudadanos reclamar contra las violaciones de lo colectivo. Para eso primero es necesario creer que existe un espacio colectivo que no pertenece a tal o cual partido. Para esa defensa se suponía que teníamos otras organizaciones, desde sindicatos hasta comisiones vecinales y profomento. Pero en este tema, faltan sin aviso.

Por otro, que las autoridades que tienen el cometido de preservar esos espacios, y que han destinado tiempo y recursos a redactar prolijos reglamentos, se tomen la molestia de hacerlos cumplir. Y, finalmente, si algún partido fuera mínimamente serio y responsable en este tema, podría incluirlo dentro de sus propuestas futuras: si me votan, el espacio público será respetado como el bien colectivo que es y no será vandalizado por quienes representan políticamente a una fracción cualquiera de la ciudadanía.

Viendo el proceso de erosión al que viene siendo sometida la idea de ciudadanía, este giro hacia la responsabilidad que sugiero no parece nada probable. Al revés, una ciudadanía entendida como la suma de microidentidades (o de colectivos siempre parciales), cuyo único papel activo es reclamar al Estado la compensación que le corresponde por los males sufridos en algún momento de la historia, no parece capaz de interesarse por el espacio público. Por un espacio que ya no se percibe como colectivo, porque el colectivo se viene evaporando. Cuando los ciudadanos ya no ejercen como tales, son pasto fácil de quienes ejercen el poder. Por eso es que bajamos la cabeza y, rezongando, eso sí, aceptamos que nos cubran la vida de pintura y de consignas que harían sonrojar a un niño de 11 años.

✔️ El color de las ovejas en Escocia

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.