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Se ha dicho y escrito mucho sobre las elecciones internas que se celebraron el domingo 30 de junio. Que si hubo sorpresas, que la cantidad de votos por bloques sumados, que si el Frente Amplio inicia la carrera hacia octubre como favorito o no, que si el candidato blanco Álvaro Delgado estuvo bien o mal en elegir como compañera de fórmula a Valeria Ripoll, que si el colorado Andrés Ojeda podrá o no aumentar la votación de su colectividad política en octubre, sobre todo se opina y especula.
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Pero poco o nada se comenta del magro porcentaje de uruguayos que ese día decidió deslizar su voto dentro de las urnas receptoras. Fue apenas el 36%, el peor porcentaje desde que comenzaron las elecciones internas en 1999. Ese año, con el estreno del nuevo sistema electoral, votó más de la mitad de los habilitados para hacerlo y desde allí hasta hoy esa cifra no ha dejado de decrecer. Pero lo del domingo fue récord. Y uno negativo.
Con excepción del conductor de Cabildo Abierto, el senador Guido Manini Ríos, el resto de los dirigentes políticos de los distintos partidos se mostraron conformes con la cantidad de uruguayos que concurrieron a las urnas. A nadie le llamó demasiado la atención, todos le restaron importancia. Manini sí dijo estar preocupado, pero eso se puede explicar porque su colectividad política redujo a menos de la mitad la cantidad de votos con respecto a las internas de 2019.
Negar la realidad es uno de los principales pecados de cualquier buen político que se precie de tal y ese parece ser el caso actual. Porque es cierto que hacía mucho frío, que habían empezado las vacaciones de julio de los escolares y liceales y que había torneos internacionales de fútbol atractivos. Pero también lo es que los tres principales partidos políticos tenían competencias interesantes y sus sectores más importantes estaban midiendo fuerzas.
No hubo enamoramiento, faltó interés, falló la pasión. Esa parece ser la realidad, aunque la mayoría de los conductores políticos actuales elija negarla. Más de seis de cada 10 uruguayos optaron por ni siquiera opinar en la elección primara a quién prefieren como su futuro presidente. Ese no es un dato menor.
El problema es que la campaña previa, como ya dijimos más de una vez en estas páginas, fue pensada para los fanáticos. Los postulantes estaban más preocupados en atacar con vehemencia a los adversarios que en realmente hacer una contraposición de ideas y de propuestas. Esta elección interna tuvo muy poco de interna y mucho de pelea de barricada entre los distintos bloques, y eso interesa solo a unos pocos.
Da la sensación de que la sociedad uruguaya está cambiando mucho más rápido que la política local. Semanas antes del domingo, la competencia en las redes sociales era a través de listas para ver cuál de las mitades tenía en su haber más casos de corrupción o más jerarcas procesados y quién había dicho los disparates más grandes en los últimos años. Se habló de conspiraciones, de enemigos, de cosas que se caían a pedazos, de rumbos inexistentes, de todo menos de lo que realmente motiva a los desencantados de la política. Y eso nadie lo vio ni lo está viendo.
La actividad militante y el ejercicio de la función pública cada vez es menos atractiva para los talentos de las distintas generaciones. Los “mejores de la clase” habitualmente no quieren dedicarse a esas tareas y cuando les ofrecen ingresar a un gobierno como ministros, directores de empresas públicas o lo que sea, suelen negarse de plano.
Entonces, lo que termina pasando es que la política va quedando encerrada en una burbuja y sus integrantes se retroalimentan con discusiones que solo a ellos los motivan, pero que dejan afuera a la mayoría de la población. Capaz que cambiar los tonos y también los temas ayuda, de la misma forma que abrir un poco el abanico de protagonistas. De estas elecciones internas salieron nuevos referentes y eso puede colaborar a airear un poco algunos ámbitos políticos que permanecen un tanto viciados desde hace tiempo.
Claro, para que eso ocurra primero hace falta reconocer que estamos ante un problema. Porque, por más que se insista con negarla, tarde o temprano la realidad se termina imponiendo. Y es lo que está pasando.