El dolor y la algarabía a un mismo tiempo, el redoblar de los tamboriles que le dijeron “adiós” y a la vez “de aquí nunca te irás” a Ruben Rada hicieron pasar medio de costado la muerte de Antonio Pippo, un periodista que hizo honor a la profesión.
Entonces, como en algunos casos anteriores, apliqué la máxima de Platón que guía a Búsqueda: “Lo que digo no lo digo como hombre sabedor, sino buscando junto con vosotros”
El dolor y la algarabía a un mismo tiempo, el redoblar de los tamboriles que le dijeron “adiós” y a la vez “de aquí nunca te irás” a Ruben Rada hicieron pasar medio de costado la muerte de Antonio Pippo, un periodista que hizo honor a la profesión.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPippo escribió en dos momentos diferentes en este semanario: por los años 90 del siglo pasado y luego ya entrados algunos años del siglo presente. En el primero escribió sobre fútbol, en el segundo sobre el tango. Nada más nuestro
Antonio era un periodista puro y duro, esto es, partidario de un periodismo duro y puro. Fue lo que él practicó. Su intransigencia podía mostrarlo como hosco, pero su ética profesional, más allá de las discrepancias, lo hacía respetable siempre. Jaime Clara, colega, compañero y familiar de Pippo —era su tío— escribió una tan hermosa como certera semblanza del periodista. Muy recomendable y tanto hace difícil añadir algo más.
Cuando Pippo vino a Búsqueda con su propuesta de escribir una columna, no me pareció que fuera un “clásico” periodista deportivo. Y no sé por qué. Por fines de los 60 trabajé un año en deportes en el diario Hechos, un vespertino. Yo estaba en gremiales y buscaba información por las noches fundamentalmente: esa era la hora en que uno ubicaba a los dirigentes sindicales, ya sea en el sindicato —época en que no existían las licencias gremiales— o más tarde en sus hogares. Tenía alguna horita libre por la mañana y los fines de semana. Una oferta para pasar de cronista de más de cuatro horas a cronista notero, con su correspondiente ajuste salarial, me tentó. Acepté, no solo por los pesos, que buena falta me hacían, sino porque pasaba a ser uno de los periodistas con los mejores “jefes” del gremio. Hector Rodríguez, nada menos, era mi jefe en gremiales, Francisco Luis Llano lo era en la agencia de Clarín de Buenos Aires para la que también yo laburaba y, para completar, Franklin Morales como jefe en deportes de Hechos. Más no se puede ligar.
Franklin tampoco era una “periodista deportivo clásico”. Había quienes lo calificaban como “el poeta del fútbol”: un intelectual en la corte del balompié. Sábados y domingos hacía vestuarios como su asistente: verlo preguntar era una fiesta, y los jugadores con él hablaban sin vergüenzas ni temores.
Otro “intelectual”, me dije, bienvenido sea Pippo. Lo interesante de los buenos columnistas es todo lo que uno aprende con ellos en las charlas, ineludibles y largas, de cuando vienen a entregar la columna.
Dice Clara de Pippo que “no era de los que se quedaban callados para quedar bien. Tenía opiniones y las defendía. Eso le hizo perder más amigos que encontrarlos. Podía ser duro, irónico y provocador. No le interesaba demasiado la corrección política ni esa costumbre tan extendida de decir lo que conviene. Prefería decir lo que pensaba, cueste lo que cueste”. Doy fe.
A Pippo yo lo atosigaba con preguntas sobre el tango y hablábamos de fútbol, por supuesto. Una vez, que no recuerdo qué relajo había en la AUF, Antonio trajo una columna proponiendo que el gobierno interviniera al máximo órgano de nuestro máximo deporte. ¿Que el fútbol pase a ser manejado por el Estado propuesto desde el semanario Búsqueda? ¡Una especie de milagro y sacrilegio! ¿no? Algo así fue lo que dije al colega. Él me respondió que eso era lo que él creía y lo que se necesitaba: “otra columna no voy a escribir, esta es mi columna”, me dijo.
Entonces, como en algunos casos anteriores, apliqué la máxima de Platón que guía a Búsqueda: “Lo que digo no lo digo como hombre sabedor, sino buscando junto con vosotros”.
Era del 43, Rada también lo era. Un buen año, una buena cosecha, sin dudas.