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    Cuando el tejido sigue roto

    Quien más fácilmente pierde la libertad es aquel que siempre la ha dado por sentada, quien cree que es algo que siempre estuvo ahí; y no es así; las garantías que nos da la democracia no siempre han estado ahí

    Columnista de Búsqueda

    Nunca fui a la Marcha del Silencio. Sin embargo, me parece la marcha más justa y necesaria de todas las que se hacen de manera casi litúrgica y eso se debe, estoy seguro, a que los desaparecidos y sus familias siguen siendo una rotura profunda en la trayectoria de un país que suele sacar pecho con su alta calidad democrática. También son una rotura en la memoria de la sociedad, por más que creo que la memoria es siempre, y antes que nada, un asunto personal. Por eso quiero reproducir aquí una parte de mi memoria personal, un texto que escribí en Facebook hace unos años a cuenta de, justamente, las roturas y la memoria:

    “Una noche de invierno de 1976 me desperté con la cara de un desconocido a menos de treinta centímetros de la mía. Me había venido despertando del sueño el murmullo de unas voces y la sensación de que las luces estaban prendidas, de que había gente moviéndose en el living que era mi cuarto y el de mi hermana. El hombre, morocho y de bigotes, se sorprendió cuando abrí los ojos, se levantó (estaba casi sobre mí, mirando los lomos de los libros que estaban en la repisa de mi cama) y dijo, a alguien que estaba atrás, ‘el pibe se despertó’. Me incorporé un poco y pude ver que un pelado de campera de cuero al fondo de la habitación me miraba y decía ‘vayan saliendo’ o algo parecido.

    Mi padre, muy joven, mucho más joven que yo mismo hoy, me miraba con las manos en la espalda. No sé si lo entendí entonces, creo que sí, pero estaba esposado. Mi madre estaba al lado suyo, creo recordar, y también me miraba. Vi en los ojos de los dos mucha aprensión, pero también una serenidad que me dio calma casi en el acto. Los policías, que estaban en el cuarto y que habían allanado la casa para llevarse a mi padre a mitad de la noche, salieron del living siguiendo las órdenes del pelado. Me pareció que este hablaba brevemente con mi joven viejo y con mi joven vieja. Después no recuerdo mucho más. Sí que los días siguientes mi madre buscó desesperada por todas las instituciones policiales y militares, habidas y por haber, la pista de mi padre, secuestrado por el Estado. Incomunicado y, de hecho, desaparecido durante unos días. Hasta que finalmente Maruja, tozuda y firme como la hermosa gallega que es, logró encontrarlo en una dependencia policial.

    Allí fue donde unas semanas más tarde lo fuimos a visitar y charlamos con él. No recuerdo demasiado de la celda. Que era chica y fea de cojones. Que a mi madre no la dejaron entrar en ella y acercarse a mi padre. Recuerdo también que le llevamos libros de Agatha Christie, que los devoraba un poco a pesar suyo (es más fan de la novela negra que de los enigmas), y que nos sentamos con mi hermana en sus rodillas. Recuerdo también que por aquellos días mi hermana Laura se quedó renga de una pierna sin que le pasara nada. Salvo que nuestro papá estaba en cana sin juicio y sin garantías de ninguna clase, claro. Después mi padre salió y nos fuimos a México. Nunca les agradeceré a mis padres lo suficiente la decencia y la humanidad de haber puesto nuestras vidas, las de los cuatro y la de mi hermano, que llegó después, por encima de las ideas. No quiero decir que quien tomó otras decisiones no merezca respeto. O que mis padres abandonaran sus ideas con ese acto. De hecho, nunca dejaron de militar por el regreso de la democracia a Uruguay. Solo digo que yo, Fernando, les agradezco de manera infinita lo que priorizaron al exiliarse.

    ¿Por qué cuento esto? No porque me interese presentarme como víctima de nada. No me considero víctima, aunque aquella noche sentí que todo se estaba yendo a la mierda. Lo cuento porque veo que alrededor mío crece la pulsión ultranefasta de no reconocerle nada al sistema que impide que los milicos se metan en tu casa sin orden de juez, que secuestren a tu padre sin ninguna garantía, que obliguen a tu madre a buscarlo desesperada y que una familia tenga que mandarse a mudar de su propio país. La democracia no es parte del paisaje, es una construcción colectiva y costó un disparate levantarla. La vida de millones de personas, de hecho.

    Así que cuando saques la gasolina, amigo incendiario y enloquecido de las redes, seas de izquierda o de derecha, pensá muy bien qué es lo que estás quemando. Quizá no tengas memoria de esto que cuento porque solo conocés la democracia. Yo sí tengo memoria y creo que es clave para valorar y cuidar las cosas buenas que nos hemos dado. Por eso tenés el derecho a decir cualquier gansada sobre el asunto: la democracia banca eso y más. Pero no lo tenés para decir una sola palabra sobre mi historia y mi memoria personal. Eso es intransferible y no admite debate alguno”.

    En este texto intentaba exponer, de manera estrictamente vivencial y apelando en exclusiva a los resortes de mi memoria personal, cuál es para mí el valor de la democracia. Intentaba decir que, sin importar qué clase de dictadura fuera, era necesario valorar lo central de las garantías que nos da el sistema democrático a todos los ciudadanos en tanto tales. Como era de esperar, en este país de trincheras ideológicas rígidas y mezquinas, faltó tiempo para que comenzaran las lecturas cortas y partidarias. No faltó quien me acusara de hacerme la víctima (claro, por eso había esperado casi 50 años para hablar del asunto en público), quien creyera que me refería solo a dictaduras de derecha (porque las de izquierda son buenas) o quien creyera que con mi publicación justificaba a los delirantes que, antes de la dictadura en Uruguay, atacaron la democracia. Lo de todos los días, digamos.

    El asunto es que si apelé entonces a la memoria personal es porque esta no es negociable: nadie puede venir a decirte que lo que vos viviste, no lo viviste. No es negociable como no lo es el testimonio sobre unos hechos vividos en primera persona. Quien más fácilmente pierde la libertad es aquel que siempre la ha dado por sentada, quien cree que es algo que siempre estuvo ahí. Y no es así; las garantías que nos da la democracia no siempre han estado ahí. Ni son patrimonio de la izquierda o de la derecha: ambos grupos ideológicos han demostrado, a lo largo de la historia, ser capaces de reventar las garantías y las libertades de todos apelando a lo más miserable de su núcleo duro de ideas. Ambos campos tienen en su seno gente que es perfectamente capaz de matar a quienes considera del otro bando, si con eso logra imponerle sus ideas al resto. Por eso, defender la democracia es un asunto que trasciende esos campos ideológicos y una tarea de todos los ciudadanos que gozamos de esas libertades y garantías.

    Por eso, aunque no voy a la Marcha del Silencio, mi memoria está ahí, al lado de las familias que reclaman saber qué pasó con sus seres queridos. Al lado de todos los que entienden que la deuda colectiva con esas familias es y seguirá siendo una rotura en el tejido que nos permite caminar juntos. Y que, si no cosemos de alguna forma ese tejido, nuestra liturgia se irá vaciando de sentido. Porque, así como creo que la memoria es personal, también creo que, en las sociedades sanamente democráticas, el sentido que le damos al acto de caminar juntos debería, al menos, aspirar a ser colectivo.