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    De falsos gurús en la arena virtual

    Las redes sociales nos han hecho este presente griego: el influencer de turno, que jamás estudió medicina ni nutrición, logra que los incautos pongamos nuestra salud en sus manos

    Columnista de Búsqueda

    Una mujer pasea por las góndolas de un supermercado. Sus ojos no dan abasto registrando las novedades alimenticias saludables: yogures enriquecidos con probióticos o con proteínas, frutas y vegetales llegados de sitios exóticos, enlatados coreanos con productos de nombres raros. Vacila entre alimentos tan milagrosos como ignotos, piensa que debe cruzar a la droguería y comprar la ashwagandha y el DHA, trata de recordar si esta mañana tomó su pastilla de ginseng siberiano con guaraná y taurina. El estrés de mantener la dieta fit que recomienda el youtuber Fulano la está matando. La mujer suspira cansada.

    La mujer soy yo.

    Las redes sociales nos han hecho este presente griego: el influencer de turno, que jamás estudió medicina ni nutrición, logra que los incautos pongamos nuestra salud en sus manos. Con él nos informamos sobre cuestiones fit, como si fuera el oráculo. Confeccionamos nuestro propio diagnóstico, decidimos tomar tal o cual complemento, incluimos o descartamos alimentos, todo sin mediación de profesional alguno. Pero el asunto puede ser más peligroso, porque no falta quien adopte tratamientos de dudosa credibilidad y nula eficacia probada para enfermedades graves. Si no me creen, vean el caso de Steve Jobs, que de eso se dio cuenta. Aunque ya era tarde.

    Que yo recuerde, el tema de la alimentación era una cuestión reservada al ámbito familiar más íntimo. ¿O alguien hablaba de las calorías o proteínas de las milanesas que cenó en su casa? Hoy la comida es tema recurrente de coachs e instagramers: el anatema al barrer de los carbohidratos, los supuestos beneficios del té rooibos o del café gesha, la conveniencia de incorporar jackfruit, fruta tropical con sabor a carne, la estrella de la cocina plant based.

    Si la cuestión alimentaria estaba reservada al círculo más íntimo, la nutrición era definitivamente atribuida al ámbito médico. Pero ya no, no es necesario pasar por la molestia de sacar hora con un profesional, ir al consultorio y plantearle el problema: basta con hacer clic y ahí está Zutano, nuestro coach. ¿Títulos que acrediten estudios relativos al tema? No, tampoco es necesario pasar por el esfuerzo de una carrera universitaria para dar consejos de lo que sea, basta con unos dientes alineados en una bella sonrisa, apariencia agradable, cierta simpatía. Y un canal de YouTube o una cuenta de Instagram, claro.

    Mi influencer fit recomienda empezar el día con un desayuno a base de jengibre, cúrcuma, kale, quinoa y açaí. ¿Qué diablos es eso? En el supermercado del lugar donde vivo nadie escuchó hablar del açaí. Desde la pantalla, mi consejero bate el producto con leche de almendras, de soja o de coco, lo decora con pitaia, le echa pimienta negra, cacao al 100%. Menciona marcas, aparecen los enlaces para hacer clic. Miro su perfil: nada de títulos o acreditaciones. Caramba, debí suponerlo. Empiezo a estar cansada de escuchar que debo alimentarme con edamame, pitaya, timbombó o mangostán, de los mil suplementos alimenticios que debo tomar, de no comer un helado ni una rebanada de pan con manteca sin sentir que iré directo al infierno. Pero, sobre todo, empiezo a estar harta de que me patologicen para venderme una cura al boleo.

    Solo estoy dando un ejemplo, el de la alimentación, tal vez porque es uno de los temas más recurrentes en las redes. Pero tampoco faltan consejos financieros donde Mengano te dice en qué tenés que invertir tus ahorros, asesoramientos médicos donde Fulano te recomienda cómo tratar el herpes o el cáncer. Zutano te dará ejercicios de fisioterapia para la fractura y Perengano te asesorará en cuestiones legales relativas a tu divorcio. Entrenamiento físico, turismo, cuidado de la piel, albañilería. De esa forma tan rápida y fácil me entero de que necesito tomar espirulina y usar skincare coreano (ambas recomendaciones con sus respectivos enlaces a Amazon), pagar impuestos a través de tal empresa (hipervínculo), visitar la Ruta del Círculo Dorado en Islandia con tal agencia (hipervínculo) y… dormir bien. A propósito, esa ha sido una verdadera suerte: enterarme de que debo dormir bien. Nunca lo hubiera sospechado. Y ahora sé con qué tipo de almohada hacerlo (hipervínculo).

    Aceptémoslo, nos asesoran miríadas de seudoexpertos, falsos gurús en la arena virtual. ¿Cómo llegamos a esto? Los que estudian el fenómeno coinciden en que la confianza que despiertan no está ligada a la calidad o a la veracidad de la información, mucho menos a sus acreditaciones profesionales, sino a la admiración que despiertan.

    Pero no desesperemos, existen estrategias para contrarrestar la desinformación. China acaba de dar un paso importante en el control del universo digital, de poner un freno a la proliferación de contenidos que no cuentan con respaldo técnico. Así, prohibió la publicación de contenidos que hablen sobre temas de salud, finanzas, legales u otras materias sensibles hecha por autores sin acreditación profesional. En esencia, se regulan contenidos que pueden poner en riesgo la salud, la seguridad o la propiedad. ¿Se atenta así contra la libertad de expresión? Sí, de alguna forma se limita la libertad de expresión del gurú de las finanzas, que tiene 16 años, o la del coach en salud, que tiene un título en informática. La propuesta de China, que hoy consideran otros países y bloques como México, Brasil y la Unión Europea, no persigue a la creatividad ni intenta silenciar voces, no se opone al entretenimiento digital: protege al consumidor y exige responsabilidad en temas de riesgo.

    Por supuesto que hay que separar la paja del trigo, diferenciar entre charlatanes y verdaderos creadores de contenido. Pero, establecida la diferencia, ya es hora de alertar a los consumidores contra aquellos que aconsejan a sus millones de seguidores sin saber hacer la O con un vaso. Y, sobre todo, habrá que dedicar un momento a pensar cómo llegamos a esta situación, a esta inexplicable adhesión a expertos que no lo son. Tal vez sea un espejo de los tiempos, quizá refleja el consumismo y el deseo de inmediatez, un anhelo de soluciones rápidas, nuestra perpetua búsqueda de atajos mentales que nos simplifiquen la vida aun a costa de la razón, de la salud o de la seguridad.

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