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A la democracia uruguaya no la hicieron brillar los camaleones, sino los políticos con valores, principios y convicciones; la democracia uruguaya no es la mejor del continente por casualidad; lo es porque existen partidos, y esos partidos han sido capaces de cultivar sus tradiciones ideológicas, sin perjuicio de ir tomando nota de los cambios en el entorno
Todo el tiempo se publican informes y libros sobre los problemas de las democracias contemporáneas. Me gustaría detenerme en un aspecto específico del asunto. La afirmación que ahora paso a defender es que, si queremos que las democracias vuelvan a prosperar, precisamos resignificar el papel de las ideologías. Mi argumento es el siguiente. No hay democracias sin partidos fuertes; los partidos se desploman si no tienen buenos cimientos; y la ideología es la columna vertebral de los partidos.
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La ideología ha tenido mala fama durante demasiado tiempo. Una y otra vez, ha enfrentado el asedio de sus críticos. Veamos. En el extenso proceso contra la ideología, el marxismo jugó un papel muy importante. La ideología fue interpretada como la tela de araña de creencias que permite a una clase social construir el consenso que asegura su dominación. Aunque la referencia clásica a este enfoque es Antonio Gramsci, la intuición básica (no hay opresión sin creencias que la legitimen) viene de muy lejos.
La ciencia política de los años setenta del siglo pasado también puso a la ideología en el banquillo de los acusados. En este caso no le faltaron razones. Como explicaron autores como Giovanni Sartori o Arturo Valenzuela, muchas democracias se derrumbaron porque entre izquierda y derecha se abrió el abismo de la polarización y el “centro político” se vació. No es tan difícil entender esta reacción intelectual: a fin de cuentas, no había pasado tanto tiempo desde que la ideología, llevada al extremo y vestida de nazismo, fascismo o estalinismo, había dejado tierra arrasada.
La ideología ha enfrentado otro desafío, que en los tiempos que corren se ha vuelto muy potente. Viene con el laptop abajo del brazo y con una planilla Excel llena de números y de fórmulas. Es el desafío de la ciencia. Su lema es: “Olvidemos la ideología, hagamos lo que ha demostrado que funciona”. Aunque, como todo, tiene un largo recorrido en la historia de las ideas, este enfoque se puso muy de moda a fines del siglo pasado en distintos países de Europa. En particular, los líderes de la “tercera vía” (como Tony Blair o Gerhard Schröder) jugaron un papel muy importante en la difusión de este enfoque, teorizado por Anthony Giddens.
“Olvidemos la ideología, hagamos lo que funciona” circuló mucho en el formato de “elaboremos políticas sobre la base de la evidencia”. En Uruguay, esta formulación es cada vez más frecuente. No será quien firma estas líneas, que hace más de tres décadas viene insistiendo en mejorar el puente entre expertos y política, quien critique el uso de investigación en decisiones y políticas públicas. Pero, y este pero es importante, apelar a la evidencia no implica negar la ideología. La ideología establece fines. La ciencia y la técnica ofrecen medios. La ideología va primero. Siempre va primero, entre otras razones, porque, mal que nos pese a los cientistas sociales, la “evidencia” suele no ser tan clara ni tan definitiva como nos gustaría.
La consigna “olvidemos la ideología, hagamos lo que funciona” tiene otra vertiente muy interesante en términos analíticos y muy potente en Uruguay: el pragmatismo. El pragmatismo fue una escuela filosófica de gran influencia en las primeras décadas del siglo XX, especialmente en EE.UU. Según esta escuela, no es posible conocer a priori, es decir, antes de la experiencia, qué es lo que funciona y qué es lo que no. Para conocer hay que hacer. La acción, a su vez, está limitada por las circunstancias. Esta forma de pensar está en el polo opuesto de cualquier enfoque que asigne a la teoría (cualquiera sea ella) primacía sobre la práctica. La teoría, en el mejor de los casos, surgirá de la práctica.
El pragmatismo es una de las hebras ideológicas que pueden reconocerse fácilmente en la trama ideacional de los partidos políticos uruguayos. En la primera mitad del siglo XX, era muy visible en el viejo herrerismo. En la segunda mitad, fue una de las señas de identidad más notable del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). Desde luego, entre el herrerismo y el MLN-T hay enormes diferencias en muchos planos (repasarlas es ofender al lector). Pero comparten el gen del pragmatismo. En ambos casos, el objetivo central (llegar al poder) permanece fijo. Pero la forma concreta de aproximarse al poder va cambiando en función de las circunstancias, porque no está atada a ningún “dogma” teórico: oponerse al colegiado, luego apoyar el colegiado (el zigzag herrerista); oponerse a la acción electoral, dedicarse a juntar votos (el viraje tupamaro).
Desde luego, tiene sentido que las organizaciones políticas se adaptan a las circunstancias. Por ejemplo, no es prudente para ningún partido no tener en cuenta el clima de opinión pública. Pero uno de los peores enemigos de los partidos es convertirse en esclavos de las circunstancias y del humor de la opinión pública. A la democracia uruguaya no la hicieron brillar los camaleones, sino los políticos con valores, principios y convicciones. La democracia uruguaya no es la mejor del continente por casualidad; lo es porque existen partidos, y esos partidos han sido capaces de cultivar sus tradiciones ideológicas, sin perjuicio de ir tomando nota de los cambios en el entorno.
La polarización, el primer riesgo que señaló la ciencia política moderna, ha dejado paso al peligro opuesto: el extremo centrismo, si me perdonan el oxímoron. Si los partidos, en aras de la búsqueda de los tan manidos electores indecisos autoidentificados como centristas, desdibujan (siguen desdibujando) sus tradiciones ideológicas, dejaremos de ser un buen ejemplo de democracia exitosa. Los partidos sin ideología, tarde o temprano, se desploman. Cuando se desploman los partidos, la democracia también. En verdad, no es imprescindible desdibujarse y parecerse a los electores de centro para conquistar su apoyo. Es mucho mejor, y hasta podría ser más efectivo, el camino de persuadirlos.