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La inteligencia es cada vez más artificial y menos real; manda la comodidad en lugar de los desafíos; se está transformando todo en muy simple y en bajada, casi sin necesidad de esforzarse para nada
La maestra manda deberes para el fin de semana. Es la víspera del 19 de junio y la tarea consiste en averiguar información básica sobre José Artigas. Ya en su casa, los niños se disponen a cumplir con lo solicitado. Escriben una combinación de palabras en Google que incluya Artigas y después solo pulsan enter. Se abre la enciclopedia virtual. Entonces, llegan el escroleo y después la sucesión de clics. La información fluye, como el agua cuando se abre una canilla. No hay que hacer mucho más que eso. Está todo ahí, al otro lado de la pantalla.
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Parece revolucionario, pero ya quedó viejo. Hoy no es necesario ni eso. Basta con dejar que algún programa de inteligencia artificial (IA) lo haga directamente. Un par de instrucciones precisas referidas al objeto de estudio y ya queda todo pronto. ¿Se necesita un resumen de las principales obras de Artigas? La IA se encarga. ¿Es necesario incluir una biografía breve? Queda preparada en segundos, con imágenes y hasta con un video si es necesario. No solo no hay necesidad de abrir un libro. Ya ni siquiera se precisa pensar de qué forma presentar lo recopilado de manera digital.
Es todo demasiado fácil. Lo que antes implicaba un buen rato entre gruesas enciclopedias de tapa dura que incluían largos textos o entre libros de historia ahora se resuelve en segundos. Ya no hay necesidad ni de resúmenes ni de leer previamente como para poder seleccionar ni mucho menos procesar la información. Para eso ya está la tecnología.
Todo es muy cómodo. El tiempo se transformó en un suspiro. Eso de andar hurgando en las profundidades del conocimiento quedó en el pasado. No es necesario zambullirse demasiado porque está todo en la superficie. Que se encarguen los programadores de buscar donde no llega la luz. En definitiva, para eso están. No hay biblioteca más grande que la que ellos representan.
Entonces, lo que se termina generando es una zona de confort adictiva y paralizante. Porque, de tan fácil, inmoviliza. Se reduce el esfuerzo hasta ser casi inexistente. Y qué mejor que no tener que hacer casi nada, qué más tentador que tener más tiempo para el ocio o para las redes sociales o para llenarse de dopamina a través de una pantalla.
Otra vez: demasiado. ¿Por qué? Porque de esa forma se está muriendo el pensamiento crítico, y con él también la exploración y la creación de nuevo conocimiento. Porque la absoluta falta de elaboración personal está matando a lo diferente, a lo propio, al espíritu crítico y hasta a la poesía que surge de las conclusiones más simples a las que puede llegar una persona con el mero hecho de pensar solo con su mente.
Y lo más grave de todo es que estamos empujando a las nuevas generaciones, a los más pequeños, a eso sin siquiera haber tomado real conciencia del problema. No quiere decir que algunos no lo asuman y estén tomando medidas para corregirlo, pero la ola es demasiado grande y nos está pasando por arriba. Haber repartido una computadora por niño es una de las medidas de gobierno más significativas y positivas de todo este siglo. Sin duda es un punto de quiebre, un puente al futuro, pero no deja de ser instrumental. Ahora llegó el momento de dar los pasos hacia la utilización de esa tecnología para formar de la mejor manera.
No es solo con la inteligencia artificial que va a ocurrir eso. Se necesita fomentar la otra, la natural, para poder utilizar correctamente la artificial. De lo contrario, todo termina siendo igual, ya está todo guionado y cada vez va a ser más aburrido. Porque también se está acabando la sorpresa, esa salida del libreto preestablecido que es la que tira la primera ficha de dominó para que se genere el efecto en cadena y se termine produciendo el cambio.
No parece ser necesario pensar demasiado porque se cree que la tecnología lo puede hacer antes y mejor. Eso trasciende a los niños, aunque evidentemente son los más afectados. Porque el desembarco tan masivo de esta nueva concepción de inteligencia también está afectando a los adultos y en especial a algunos de los que tienen que tomar las decisiones más importantes. En los hechos, cada vez lo hacen más basados en algoritmos, encuestas, probabilidades y matemática, y menos en la intuición y el conocimiento propio. El primero es el camino más rápido y hoy manda la ansiedad en todos los ámbitos.
La política no es la excepción ni mucho menos. Inició un camino en el que también empieza a perder la capacidad de sorpresa y esa situación empeora día tras día, a demasiada velocidad. Cada vez es más difícil encontrar a alguien capaz de salirse un poco del guion, que esté dispuesto a ir contra corriente, a separarse aunque sea un milímetro de lo preestablecido. Los debates sobre los distintos temas se están haciendo más predecibles y aburridos y, en la inmensa mayoría de los casos, no conducen a nada. No pueden hacerlo porque lo que se produce no son intercambios, sino que cada cual grita su punto de vista sin siquiera escuchar al otro.
Es muy sencillo comprobarlo. Basta con elegir cualquiera de los asuntos que ocupan la agenda pública, sea de la temática que sea. Seguridad, educación, economía, cualquiera de ellos sirve. Tampoco importa el día. Porque con solo conocerlo ya es muy fácil predecir qué posición va a adoptar cada una de las partes. Al menos, la mayoría de los políticos que representan a ellas.
Se podrá decir que no son todos iguales, que hay excepciones, que algunos han optado por otro camino y buscan construir en lugar de destruir. También se dirá que hay otros que sí escuchan, que tienen en cuenta a sus adversarios ideológicos y que están dispuestos a analizar y promover medidas realmente sorpresivas. Es verdad. El problema es que cada vez son menos y empiezan a pasar un tanto desapercibidos. Porque en esos asuntos también se están imponiendo el camino más fácil y el piloto automático en lugar del pensamiento crítico.
En definitiva, es representativo de lo que está pasando en una parte importante de la sociedad. La inteligencia es cada vez más artificial y menos real. Manda la comodidad en lugar de los desafíos. Se está transformando todo en muy simple y en bajada, casi sin necesidad de esforzarse para nada.
Eso es muy bueno, se podría decir, y es verdad que podría serlo. La tecnología bien aplicada es muy beneficiosa y constructora del progreso. Pero este no es el caso. Perdón por el pesimismo y hasta por la tristeza. Porque, de seguir profundizando en ese mundo en el que se puede vivir sin pensar, nada positivo vendrá. Y, de tan anestesiados que estamos por las maravillas de los avances tecnológicos, ni siquiera lo asumimos y seguimos empujando a las nuevas generaciones a un lugar en el que será muy poco, o nada, lo que podrán crear y controlar. Y ellos no estarán preparados para darse cuenta.