—Hola, quisiera avisar que hay una persona durmiendo en la calle.
Un intercambio con un chatbot torpe, para avisar que hay personas que duermen en la calle, despierta esta reflexión sobre el lenguaje y la escritura: no se trata solo de hablar con las máquinas, sino de hablar como ellas; ¿cuál sería hoy el mérito de una voz propia?
—Hola, quisiera avisar que hay una persona durmiendo en la calle.
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La conversación no avanzará hasta que se acepten las reglas del chatbot. Las páginas siguientes lo someterán a nuevas molestias comunicativas. Tendrá que decir cuántas personas ve, el sexo, la edad, dónde están, si consumen “sustancias”, cuánto tiempo han permanecido a la intemperie y en qué momentos del día. La pregunta lo obligará a elegir entre cuatro rangos etarios: de 18 a 30 años, de 31 a 50, de 51 a 65 o mayor de 65. Aunque le resulte imposible saber la edad de la persona envuelta en mantas, el chatbot se mantendrá firme y lo obligará, si es que usted quiere seguir adelante, a definirse. Tendrá que mentir: la máquina no admite un “no sé”.
Queda la vía del teléfono, hoy tan desestimulada por las instituciones. “Usted está en el puesto número 14 para ser atendido”. Cuando lo atiendan, es posible que la persona se ciña a la misma lógica del chatbot. Por ejemplo, le pedirá la ubicación exacta donde duerme la persona y no aceptará la respuesta “en el parque tal”. El formulario exige una dirección o la intersección de dos calles, pero —eppur si muove— hay personas que viven en medio de un parque.
En el otro extremo de un chatbot torpe, están los que conversan sobre arte o filosofía, editan libros, escriben poemas... El diálogo en ocasiones supera en interés y profundidad a uno similar entre ciertos humanos. El 5 de mayo de este año, el reconocido biólogo evolucionista Richard Dawkins publicó un artículo en la revista UnHerd titulado “Cuando Dawkins conoció a Claude, ¿podría esta IA ser consciente?”. Después de pasar 72 horas conversando con Claude, el chatbot de Anthropic, Dawkins deslizó la idea de haber reconocido una conciencia al otro lado. De inmediato, varios científicos le respondieron que se había dejado engañar por una “ilusión conversacional”. Otros lo acusaron de caer en la trampa de la “máquina de los halagos”.
La inteligencia artificial (IA) “analiza vastas cantidades de texto para identificar patrones estadísticos en el uso de las palabras, pero no ‘comprende’ el contenido. No tiene creencias o emociones personales que defender, pero sí reproduce los sesgos sociales incrustados en sus datos”, explican Sandra Caula y Pablo Rodríguez Valenzuela de la Universidad Politécnica de Madrid en la revista Ethic. Es decir, las respuestas se basan en la previsibilidad del funcionamiento del lenguaje, responden a un modelo matemático. La vaciedad semántica podrá comprobarse si logramos llevarla hacia algo no previsible por el modelo. Un ardid semejante requiere de nosotros los humanos habilidad para preguntar, análisis crítico y dominio del lenguaje.
Después de leer varios artículos de lingüistas sobre la IA, comprendo que el problema tiene un reverso. No se trata solo de hablar con las máquinas, sino de hablar como ellas. Es decir, adoptar su manera de escribir como si fuera un destino, aceptar su idea de corrección que implica en general oraciones cortas, menos subordinadas y más simplicidad sintáctica. Al parecer eso está ocurriendo hoy en las publicaciones científicas. Escribir artículos académicos es engorroso y el mercado pide una abundante producción. Muchos lingüistas ya observan una escritura más plana en revistas de divulgación y artículos periodísticos.
Aceptamos gustosos los mandatos del lenguaje de la IA, incluso si cuestionamos a la Real Academia Española por su afán normativo. No preguntamos demasiado de dónde surge este modelo de corrección o cuáles son los idiomas que lo inspiran. La lingüista estadounidense Emily Bender dice que hemos aprendido a crear máquinas capaces de escribir textos sin pensar y nos recuerda que no somos loros (y los chatbots no son humanos). Según Bender, ha sido una mala idea la denominación de “inteligencia artificial”. ¿No se han escrito ríos de tinta sobre las variadas formas de inteligencia? ¿A qué inteligencia refiere? Ella preferiría el nombre propuesto por un italiano: “Systematic Approaches to Learning Algorithms and Machine Inferences”, SALAMI, por su sigla en inglés. “Entonces la gente se estaría preguntando: ¿Es inteligente este SALAMI? ¿Puede este SALAMI escribir una novela? ¿Merece este SALAMI tener derechos humanos?”, escribe la periodista Elizabeth Weil en la revista New York, luego de entrevistar a Bender.
A esta altura, es lógico que el lector se pregunte, ante cualquier texto, quién escribe y si hay un autor humano detrás de las emociones expresadas. Le aseguro que estos párrafos me pertenecen. He leído otros artículos, sí, y tomé ideas para luego modificarlas a partir de mi experiencia. Dediqué tantas horas a estas pocas líneas que da vergüenza decirlo. Todo ha sido por encontrar una voz propia, a pesar de las palabras que se niegan a venir a mi mente o de las que se repiten con insistencia. Siento, sufro, la pérdida de frescura al escribir; las frases no fluyen, pero resisto. “Esto jamás lo escribiría una máquina”, me digo con el elogio fácil de la “máquina de los halagos”. En el fondo, no estoy segura. El sentido de escribir se vuelve cada vez más escurridizo. ¿Cuál sería hoy el mérito de una voz propia? De verdad, estoy confundida.