En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El 24 de octubre se cumplen 10 años de la muerte de Jorge Batlle. Aquella semana escribí en El Observador un “tributo” que, por respeto a su estilo, quise que fuera “políticamente incorrecto”.1 Sostuve que no había sido un político de manual, que había conducido a su partido a una transformación ideológica profunda (del “dirigismo” al liberalismo, del énfasis en el bienestar a la obsesión con el crecimiento económico) y que, al hacerlo, había modificado profundamente la estructura del sistema de partidos y facilitado el ascenso electoral del Frente Amplio. Sigo pensando lo mismo.
Registrate gratis y seguí leyendo
Accedé a artículos gratuitos y newsletters de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Empiezo por una aclaración que no debería ser necesaria. No hay por qué compartir las ideas de Batlle. Es perfectamente legítimo hacerlo. Es igualmente legítimo discrepar con ellas. Su fe en el mercado, su desconfianza hacia el Estado empresario, su vocación aperturista generaron (y siguen despertando) adhesiones intensas y rechazos igualmente intensos. Ese debate, sobre fines, es la sustancia misma de la política y de la vida en democracia. Pero no es lo que me interesa hoy. Lo que quiero volver a rescatar es el ejemplo. El cómo. Lo resumo en dos palabras: coraje y autenticidad.
Jorge Batlle creía que la tarea del político era convencer. No simplemente sintonizar con lo que la ciudadanía quería escuchar. Convencer. Hacer política, para él, era tener una idea clara de país, ponerla sobre la mesa, defenderla con argumentos, con uñas y dientes, y asumir sin vacilar el costo de hacerlo. Pagó ese precio muchas veces. Persiguió la presidencia durante más de tres décadas antes de alcanzarla. Perdió mucho más de lo que ganó. Pudo haber tomado algún atajo ajustando su discurso a lo que mostraban las encuestas. Nunca lo hizo. Dicho sea de paso, no solo perdió muchos votos muchas veces. Además, perdió dinero. No hacía política para ganar plata.
Ya en el gobierno, siguió fiel a ese estilo. Desde la presidencia, mostrando otra vez su capacidad para pensar afuera de la caja, creó la Comisión para la Paz y planteó en voz alta la legalización de las drogas en foros internacionales cuando casi nadie en el sistema político se animaba siquiera a mencionar el tema. En 2002, en el peor momento de la crisis, con su popularidad por el piso, eligió el camino más difícil: evitar el default, honrar los compromisos, enfrentarse al Fondo Monetario Internacional y pedir sacrificios. Y cuando se equivocó, como en el desgraciado episodio de la nota con Bloomberg en plena crisis de 2002, fue a Buenos Aires a pedir disculpas en persona, con lágrimas en los ojos. Para asumir errores también hace falta coraje.
Diez años después, nuestra política se parece cada vez menos a la que él practicaba. He escrito muchas veces sobre esto y no quiero repetirme demasiado. Pero el aniversario es una buena excusa para insistir. A la política uruguaya le falta ambición. Se ha vuelto excesivamente prudente. Los partidos miden todo. Encargan encuestas para saber qué decir, focus groups para saber cómo decirlo, y asesores para saber cuándo y qué callar. Las propuestas se ajustan a la opinión pública en lugar de intentar conducirla. Los temas difíciles (la seguridad social, la educación, la inserción internacional, el tamaño y la calidad del Estado) se esquivan o se postergan para después de la próxima elección, que siempre está demasiado cerca. Cuando una reforma necesaria no tiene apoyo, la respuesta habitual es esperar a que lo tenga. Batlle hacía exactamente lo contrario: salía a discutir, a provocar, a construir apoyos. De un tiempo a esta parte, en cambio, es más importante no perder votos que mover el statu quo.
Esta política del cálculo tiene su lógica, claro. La competencia es dura y los márgenes son estrechos Pero la obsesión con la calculadora tiene un precio muy alto. En primer lugar, si nadie se anima a proponer algo que hoy no tiene mayoría, nunca habrá mayorías para cambiar nada. En segundo término, la competencia electoral pierde sentido: si todos dicen más o menos lo mismo, porque todos leen las mismas encuestas, el ciudadano no elige entre proyectos sino entre envases. Finalmente, quizás el más grave de todos, es que se erosiona la confianza. La ciudadanía se da cuenta cuando solo le soplan al oído lo que quiere escuchar. Y desconfía.
Jorge Batlle entendía la política de otra manera. Para él, la opinión pública no era un dato que había que acatar, sino un interlocutor al que había que persuadir. Era, a su modo, un pedagogo. Impaciente, a veces imprudente, casi siempre brillante. Hablaba de más, sin dudas. Pero prefería equivocarse por hablar que acertar por callar. Los politólogos tenemos un nombre para esa dinámica: deliberación. La democracia no es solamente un mecanismo para sumar preferencias. Es también un proceso en el que las preferencias se forman, se discuten y cambian. Una democracia en la que nadie intenta persuadir a nadie termina repitiéndose a sí misma. Los políticos que salen a convencer, aunque fracasen en el corto plazo, mejoran la calidad del debate público. Los que se limitan a seguir la corriente, a la corta o a la larga, lo empobrecen.
No se trata de canonizarlo. Tampoco de sugerir que fue el único. Por supuesto, no lo fue. Líderes con el coraje de defender sus convicciones al precio de perder votos los hubo en todos los partidos y en todas las tradiciones a lo largo de nuestra historia política. Se trata de reconocer que, en una época de tantos dirigentes que temen salirse del libreto, su ejemplo sigue siendo imprescindible. Hace 10 años terminé aquella columna diciendo que se había ido un estadista y que quedaba su ejemplo: liderar es señalar un rumbo y asumir el riesgo de defenderlo, aunque las encuestas digan otra cosa y aunque el manual de los expertos en estrategia política aconseje lo contrario. Ojalá la nueva generación de dirigentes de todos los partidos se anime a recoger ese legado.