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    El afiche que sobrevivió a los salvajes olímpicos de 1924

    La irreverencia y la alegría despreocupada de los años veinte quedaron impresas en ese afiche, hoy prueba irrefutable de que lo políticamente correcto no siempre existió; perteneció al compositor Ramón Collazo, figura destacada de la Troupe Ateniense

    Columnista de Búsqueda

    Hace más de un siglo la Troupe Ateniense presentó el espectáculo ¡¡Oh!! Les sauvages en Montevideo y luego en Buenos Aires. La selección uruguaya acababa de asombrar a los europeos con su fútbol innovador y había despertado un fervor popular que la Troupe capitalizó de inmediato. El espectáculo llenó teatros. Había mucho para contar y más aún para reír sobre la hazaña de un puñado de jugadores que se concentró en la casa de campo de una aristócrata venida a menos, conocida como el Château de Madame Pain, y se dejó deslumbrar por el ambiente parisino. Los pormenores del viaje y la estadía están relatados en el documental La primera estrella, dirigido por Guzmán García y estrenado recientemente.

    Las malas noches parecían no hacerles mella. Los uruguayos acumularon una victoria detrás de otra. Las películas en blanco y negro muestran un disfrute y una picardía ante el juego que hoy parecen una rareza. Eran hombres ilusionados en un tiempo de ilusión, los años locos, cuando los escritores se jactaban de escribir sin puntos ni comas, de romper las reglas conocidas, y los futbolistas también. La prensa deportiva de la época afirmó que el equipo uruguayo era el creador de una “táctica original sin precedentes en la historia del football europeo” y, después del triunfo, llegó a describir a los jugadores como seres “destinados a vencer”.

    Ni mi padre ni mi madre, hoy fallecidos, habían nacido entonces. Mi abuelo catalán aún no había llegado a Montevideo, a ese mismo puerto del que partieron los futbolistas mientras unas pocas manos amigas ondeaban pañuelos. El regreso fue diferente: los recibió una multitud exultante y, desde entonces, el fútbol ha logrado la proeza de entreverarse con el patriotismo. Lo cierto es que el equipo de 1924 regresó cargado de gloria y se convirtió en la primera estación de un viaje de identidad nacional capaz de resistir décadas de derrotas.

    La Troupe Ateniense ya había realizado otros espectáculos en los que unía tango, murga y fútbol. Así, rápidamente decidió homenajear a los campeones a su manera, con ironía y cierta desfachatez. El taller de tipografía y litografía de Julio Olivera y José María Fernández imprimió para la ocasión un afiche de algo más de un metro de largo por ochenta centímetros de ancho con el fin de promocionar el espectáculo ¡¡Oh!! Les sauvages, y al menos uno de esos ejemplares ha llegado hasta hoy.

    El afiche es una maravilla de su tiempo y se conserva prácticamente intacto. El diseño gráfico estuvo a cargo de Elías Ciurich y Julio Etchebarne, estudiantes de arquitectura en 1924, que luego serían destacados profesionales y creadores, entre otras obras, del edificio San José, una pieza vanguardista ubicada en la calle del mismo nombre. El edificio aún sigue en pie en el Centro de Montevideo, aunque, como tantos otros, pasa desapercibido bajo la capa grisácea instalada en esa parte de la ciudad.

    Oh les sauvages
    ¡¡Oh!! Les sauvages, afiche de la Troupe Ateniense, 1924.

    ¡¡Oh!! Les sauvages, afiche de la Troupe Ateniense, 1924.

    La irreverencia y la alegría despreocupada de los años veinte quedaron impresas en ese afiche, hoy prueba irrefutable de que lo políticamente correcto no siempre existió. Derrama, además, sin el menor atisbo de autocensura, un humor masculino y racista. La figura central es la de un “salvaje”, el jugador de fútbol cuyos músculos torneados contrastan con la ausencia de algunos dientes. Sobre un fondo amarillo y ocre, un salvaje de piel marrón (algo travestido) y de melena encrespada se presenta como una especie de síntesis de lo afro y lo indígena. Su piel y su pelo remiten a la negritud de los esclavos; su atuendo —taparrabos, colgantes en el cuello y en las orejas, pulseras y adornos en los tobillos— a una imagen estereotipada de lo indígena.

    Detrás del salvaje, tres bailarinas francesas, delicadas y en puntas de pie, explicitan el poderío sexual de ese personaje que representa al equipo. De hecho, la película La primera estrella dedica varios minutos al comportamiento sexual de los jugadores, las escapadas a los prostíbulos y la sífilis que marcaría el destino de uno de ellos, como si en la gesta hubieran operado fuerzas antagónicas, ajenas a lo deportivo, que también era necesario vencer. En la idolatría de ciertos futbolistas, las mujeres han ocupado históricamente dos grandes roles: las que sostienen la gloria ajena a fuerza de sacrificio, encarnadas en la madre o la esposa fiel; y las que se interponen en el camino del héroe, la prostituta.

    Del espectáculo en sí no fue posible conseguir documentación más allá de que se trató de un homenaje satírico y humorístico. La obra se representó con éxito en el teatro San Martín de Buenos Aires y, según algunas crónicas, el título Les sauvages ironizaba sobre el menosprecio de los franceses hacia aquellos latinos brutos, un poco indios y un poco negros, que les habían quitado la copa y seducido a sus mujeres. Algo parecido, después de todo, ya se contaba en la Ilíada.

    El afiche perteneció al compositor Ramón Collazo, figura destacada de la Troupe y autor de la música de Adiós mi barrio; Araca París (que Gardel grabó) y Mama yo quiero un novio. Cuando Collazo falleció en 1981, una sobrina lo conservó enrollado dentro de un cilindro de cartón. Más tarde pasó a manos de un sobrino nieto y durante años permaneció extendido sobre una mesa de comedor, protegido por cartón, madera y nylon.

    Su valor de mercado resulta difícil de establecer. En 2017 un afiche impreso en el mismo taller para el Mundial de 1930, firmado por el artista Guillermo Laborde, se vendió en subasta por más de cuatro mil dólares. Lo curioso, en todo caso, no es tanto su precio como el hecho de que un papel de una décima de milímetro de espesor haya sobrevivido largamente a los poderosos cuerpos de los salvajes.

    Contra todo pronóstico, los uruguayos ganaron en 1924 y el afiche resistió la humedad rioplatense, las mudanzas y el hambre de los pececitos de plata, esos voraces insectos bibliófagos. Los futbolistas murieron, algunos teatros cerraron, los aplausos se volvieron ecos lejanos. Sin embargo, ese frágil rectángulo de papel sigue aquí. Quizás porque la historia no siempre conserva lo más fuerte ni lo más glorioso, sino aquello que por azar consigue permanecer lo suficiente hasta convertirse en testimonio.