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Entraron como en una especie de competencia para ver quién tiene en su haber el escándalo más grande; “yo hice esto pero mucho peor es lo que hizo este otro”, dicen un día sí y el otro también; siguen avanzando hacia un estado de falta absoluta de criterio, de culpa, de madurez y hasta se acercan a perder la conciencia crítica
Algo está pasando con la política uruguaya. Es como si una parte importante del sistema político hubiera adquirido una especie de enfermedad agresiva que avanza día tras día. Como si se hubiera contagiado de lo que está ocurriendo en otros países de la región y del mundo, aunque de una forma más leve, porque todavía tiene anticuerpos potentes, pero que están sintiendo el impacto.
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Si hubiera que ponerle un nombre, podría ser el síndrome de Benjamin Button, en referencia al personaje de ficción creado por el escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald en 1922. El cuento en cuestión, publicado por primera vez en la revista Collier’s y posteriormente dentro del libro antología Tales of the Jazz Age, llevaba como título original El curioso caso de Benjamin Button.
Para escribir su relato, Fitzgerald se inspiró en un comentario de su colega Mark Twain referido a una extraña enfermedad que implica que una persona nazca con una edad biológica de unos 80 años y con el paso de los años vaya rejuveneciendo. Así es la afección que Fitzgerald describe en su personaje Benjamin Button, relacionada con lo que en la medicina se conoce con el nombre de progeria o síndrome de Hutchinson-Gilford.
Casi un siglo más tarde de publicado el relato, se realizó una adaptación para cine bajo el mismo título, dirigida por David Fincher y protagonizada por Brad Pitt y Cate Blanchett. La película fue candidata en 2009 a 13 premios Oscar, que incluyeron mejor película, director, actriz de reparto y actor. Todo un éxito de taquilla que llevó a que millones de personas se desayunaran de la existencia de esa enfermedad rara.
En realidad, la evolución de ese mal no es como se ve en el cuento de Fitzgerald o en la película, porque no hay retroceso en el envejecimiento. Pero en la ficción el bebé nace con todas las características de un adulto mayor y se muere décadas después, en un estado de recién nacido. En lugar de crecer, decrece. Y justamente así se viene comportando el sistema político uruguayo desde la restauración democrática a fines del siglo XX.
La historia local empezó aquel 1 de marzo de 1985, como un bebé llamado democracia que nacía con la madurez de un viejo. Porque en aquellos tiempos era imposible poder reconstruir el país desde la inocencia y la ignorancia de un recién nacido. Fue así que el sistema político mostró la sabiduría de una persona que ya ha vivido muchísimos años y optó por mirar hacia adelante, saliendo de una etapa en la que se había fracturado de forma grave la estructura institucional uruguaya.
Los debates en el Parlamento sobre las distintas leyes para lograr la transición, las decisiones del Poder Ejecutivo de entonces, lo que se hizo a nivel del Poder Judicial, de la educación pública, de la central sindical y en muchos otros ámbitos fue digno de una persona con años acumulados, por más que en los hechos recién estaba dando sus primeros pasos. Quizás la prueba más clara de esto fue aquel principio del fin de la dictadura, el 27 de noviembre de 1983, a través de un acto en el Obelisco que reunió a decenas de miles de uruguayos y a todos los partidos políticos y sindicatos bajo la misma bandera de libertad.
Después vino el crecimiento de ese niño viejo. Fue perdiendo de a poco las arrugas y se fue haciendo más fuerte gracias —entre otras cosas— al cambio de partidos políticos en el gobierno en la siguiente elección y también en la otra. Primero, los colorados, después los blancos, y después otra vez los colorados. Entonces llegaron algunas de las reformas postergadas, como la de los puertos, la de la educación, la de la seguridad social y finalmente la reforma constitucional, entrando de lleno a la adultez a través del país de la mitad más uno.
Fue en esa época que quedaron atrás los gobiernos débiles, con alianzas políticas coyunturales que no se consolidaban y presidentes sin mayorías parlamentarias, que terminaban sus gestiones con muy bajos índices de aprobación y con varios candidatos compitiendo para sucederlos. La reforma electoral implicó que las coaliciones se realizaran antes, con acuerdos firmados previamente y con una mayoría parlamentaria casi segura, incluso antes de que se votara al presidente y al vicepresidente.
Así llegó Jorge Batlle a la presidencia, el primero en ser elegido luego de una segunda vuelta electoral y con un compromiso de gobierno acordado por escrito con el líder de ese momento del Partido Nacional, el expresidente Luis Lacalle Herrera. Desde ese lugar enfrentó aquella administración la peor crisis económica por la que atravesó Uruguay en un siglo, desatada a mediados de 2002 luego de la debacle argentina de fines de 2001 y de una corrida bancaria que fundió varios bancos locales. Así también llegó por primera vez el Frente Amplio al poder, luego de que lograra sumar más de la mitad de los votos en la primera vuelta electoral de 2004. El sistema político ya estaba adulto y ahora se estaba adentrando en la vejez, que en realidad no era otra cosa que su propia niñez.
Acto seguido, el Frente Amplio fue derrotado, luego de 15 años de gobierno, en las elecciones de 2019 por el candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, en representación de la coalición republicana, una alianza entre cuatro partidos acordada antes de la segunda vuelta electoral.
Lacalle Pou asumió y a los pocos días tuvo que enfrentar la pandemia de Covid-19, que sacudió al mundo como si fuera un gigantesco terremoto. Ya en esos momentos se empezó a divisar que el sistema político, en especial la oposición, aunque también algunos integrantes del oficialismo, había ingresado en una vejez a lo Benjamin Button. Porque empezaron a razonar como si tuvieran apenas unos pocos años y a pelearse como si recién hubieran ingresado a la escuela. Además, se llenaron de caprichos y berrinches.
Ahora es peor todavía. Porque, además de las peleas infantiles y los enojos dignos de un bebé, sumaron a esa actitud el no hacerse cargo y echarles la culpa a los demás de todo lo malo que ocurre. Entraron como en una especie de competencia para ver quién tiene en su haber el escándalo más grande. “Yo hice esto pero mucho peor es lo que hizo este otro”, dicen un día sí y el otro también. Siguen avanzando hacia un estado de falta absoluta de criterio, de culpa, de madurez y hasta se acercan a perder la conciencia crítica.
Parece estar cerca el final. Esperemos que sirva para que luego puedan renacer pero ya sin el síndrome de Benjamin Button a cuestas. Hace falta.