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Uno de los secretos del éxito de nuestra democracia ha sido la existencia de controversias serias entre los que hacen política y los que hablamos de la política; a lo largo de nuestra historia, es posible registrar aciertos y errores, en cualquiera de los dos subconjuntos
La reflexión sobre el papel de las élites y la influencia real de sus creencias tiene una larga tradición en la teoría política y las ciencias sociales. Pero esto del círculo rojo siempre me generó mucha curiosidad. ¿De dónde viene el concepto? ¿Estamos tan perdidos quienes, según parece, lo integramos? ¿Tiene sentido que se lo critique tanto? ¿No será necesaria, conveniente para la vida democrática, la tensión entre el círculo rojo y los políticos que buscan nuevas formas de comunicarse con la ciudadanía?
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Vayamos al origen. En 2001, dos periodistas mexicanos de renombre iniciaron un programa de televisión que tuvo un enorme impacto. Se llamaba Círculo rojo. El programa fue cancelado cerca de un año después en medio de un gran escándalo. La interpretación más aceptada sobre el abrupto fin del ciclo es que el grupo Televisa no estaba dispuesto a que se abordaran en el canal asuntos especialmente sensibles para la élite del país. El programa pasó, pero la expresión, que venía de muy lejos (refería a grupos herméticos de cepas distintas), quedó. A partir de ahí, poco a poco, el concepto comenzó a ser utilizado para designar a una élite diversa e influyente, pero encapsulada en sí misma.
Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, acaso los especialistas en opinión pública que han criticado más sistemáticamente el círculo rojo, lo definieron en los términos siguientes: “En varios países latinoamericanos se menciona al círculo rojo para referirse a una élite que se cree iluminada (…). Sus integrantes no han descubierto la ignorancia, se atacan, se devoran, se alaban, se citan mutuamente y se reproducen en una realidad artificial. En general lo integran los ex presidentes, ministros, gobernadores, intendentes, obispos, rectores, escritores, artistas, periodistas, líderes sindicales, empresarios, personas de todos los sectores e ideologías”.1
Mauricio Macri, que tuvo durante muchos años a Jaime Durán Barba como asesor, empezó a criticar al círculo rojo argentino en su campaña electoral de 2015. A partir de allí, la expresión pasó a ser habitual para hacer referencia a élites que comparten creencias que las alejan de la mayoría de la población. De acuerdo a esta definición, quienes integran el círculo rojo (la élite más informada) se cocinan en su propia salsa. Viven en una realidad paralela. Como suele pasar, el concepto cruzó el Río de la Plata. También aparecieron en Uruguay políticos formateados en la lógica de Durán Barba que sostienen que, mal que le pese al círculo rojo, es necesaria una “nueva política”.
Por supuesto, no descarto para nada que los que critican al círculo rojo tengan razón. Es posible que quienes estamos más informados, a pesar de nuestro esfuerzo, no estemos comprendiendo lo que pasa en las entrañas de nuestras sociedades. Es posible que vivamos una realidad artificial. Es posible que nos estemos cocinando en nuestra propia salsa. Es posible que nos aferremos a conceptos antiguos. Es posible que estemos muy equivocados. Es posible que sea esto lo que nos lleva (me lleva) a no sentir mayor entusiasmo hacia algunas formas de hacer política que vienen apareciendo en Uruguay, de la mano de los Durán Barba.
Pero uno de los secretos del éxito de nuestra democracia ha sido la existencia de controversias serias entre los que hacen política y los que hablamos de la política. A lo largo de nuestra historia, es posible registrar aciertos y errores, en cualquiera de los dos subconjuntos. Uno de los pleitos más interesantes del siglo XIX, como tantas veces explicó Juan E. Pivel Devoto, fue el que enfrentó a caudillos y doctores. Los doctores eran una parte clave del círculo rojo de la época. No les faltaban recursos para la influencia: dictaban cátedra en la universidad, escribían en los diarios, incursionaban en la política y tenían conexiones familiares estrechas con el poder económico de la época.
Los doctores, tal como dicen ahora Durán Barba y compañía, no entendían los códigos políticos de su tiempo. En particular, no comprendían ese vínculo, casi mágico, entre el caudillo y sus secuentes. Les calza a la perfección el mote de élite iluminada apartada de la realidad con el que etiquetan al círculo rojo. Sin embargo, les debemos parte de la evolución cognitiva de la política uruguaya. Sin perjuicio de errores y excesos, acertaron cuando criticaron la violación sistemática de la Constitución, la inestabilidad política, el fraude electoral y el fanatismo de las divisas. A la hora de explicar la exitosa instauración de la democracia uruguaya hay que incorporar el legado de los doctores. No se los puede dejar fuera de la explicación.
Al cabo de un largo proceso, la democracia uruguaya logró arraigar. Los caudillos se modernizaron. Los doctores también mutaron. Ambas vertientes persistieron. La tradición doctoral siguió latiendo en el mundo universitario y en la prensa. La revista Marcha se convirtió en su vehículo más visible. La tradición doctoral adoptó la etiqueta de “conciencia crítica”. Como en el siglo XIX, los cuestionamientos fueron demasiado lejos. Se habló del “fin de los partidos tradicionales”, de la “trampa de la ley de lemas”, de partidos sin ideas. Sin embargo, otra vez, no le faltaban buenas razones. La política uruguaya, que tantos méritos había acumulado a comienzos de siglo, pronto empezó a dejar en evidencia sus problemas para manejar la economía, producir gobernabilidad conciliando competencia y cooperación, y adaptarse al mundo de la segunda posguerra.
No tiene sentido elogiar los errores de los doctores del siglo XIX o los de la “generación crítica”. Pero tan equivocado como ensalzar los despistes es no entender que la crítica de quienes no hacemos política puede ser un buen fermento del proceso democrático. Quienes integramos el círculo rojo, los que participamos en la conversación pública sobre la política, pero no hacemos política, tenemos nuestra cuota parte de responsabilidad. Tenemos la obligación de graduar la crítica para que sea efectiva y constructiva. Pero el otro subconjunto, el de los profesionales de la política, en lugar de refugiarse en la comodidad de etiquetarnos (v.g. “intelectuales que están en la tribuna comentando el partido”) podrían preguntarse si, al menos en parte, de tanto en tanto, no podríamos tener razón.
La política democrática tiene que saber cambiar para adaptarse a tiempos nuevos. “Reformarse es vivir”, dijo un político y pensador muy sabio hace más de cien años. Que cambie la forma sin que cambie el contenido. Bienvenida la nueva política, a condición de que sea mejor que la vieja.
1. Durán Barba, Jaime y Santiago Nieto. La política en el siglo XXI. Debate, 2017.