Edgar Morin, que falleció la semana pasada después de vivir más de un siglo (104 años), nos lega el deber ético-humanista, así como político, social y académico, de pensar por nosotros mismos sin umbrales y fronteras.
La libertad implica estar dotado de la capacidad de elegir, a sabiendas de identificar las posibilidades y oportunidades atendiendo a los contextos y circunstancias
Edgar Morin, que falleció la semana pasada después de vivir más de un siglo (104 años), nos lega el deber ético-humanista, así como político, social y académico, de pensar por nosotros mismos sin umbrales y fronteras.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa fundación que lleva su nombre nos recuerda la prédica de Morin en cuanto a superar los obstáculos debidos a la compartimentación y a la disyunción de los conocimientos en el abordaje de los problemas entendidos como importantes. Se pone el acento en la conjunción, asociación e integración de conocimientos dispersos y aparentemente no conectados a través de métodos y técnicas que permitan aprehender las complejidades de los fenómenos y procesos (https://fondationedgarmorin.org/la-fondation/#).
Morin fue un adalid y un militante humanista en cultivar una cultura del pensamiento, en su profundidad, hondura y pluralidad, que nos lleva a comprender los temas asumiendo la complejidad intrínseca de la realidad y atreviéndonos a interpelar lo políticamente correcto, predecible y conformista. Su obra configura un antídoto poderoso y convocante frente a los convencionalismos y rigideces de pensar de manera fragmentada o en la zona de confort o de enclaustramiento en la hiperespecialización, o bien de delegar la capacidad de pensar en las máquinas, “ahorrándonos” la exigencia ética y el trabajo de pensar por uno mismo. Morin nos hacer ver las brechas y las disfuncionalidades entre saber muy bien aislar y compartimentar los conocimientos, y saber muy mal conectar, contextualizar y globalizar los conocimientos.
Precisamente la fundación Edgar Morin publicó en el 2025 el libro Pensé complexe ou prise de tête (en español, traducción propia, “Pensamiento complejo o dolor de cabeza”), que incluye i) la conferencia brindada por Edgar Morin, titulada “La complejidad”, en la Universidad de Nantes (Francia) en 1995, y ii) la vigencia y relevancia del pensamiento complejo vistas desde las miradas complementarias de un filósofo, un empresario, un ingeniero organizacional y un especialista en inteligencia artificial. Como señala el destacado periodista francés Emmanuel Lemieux, en la introducción al libro, las contribuciones que se realizan desde diferentes quehaceres profesionales y laborales dan cuenta de la vitalidad del pensamiento complejo para abordar diversos tipos de desafíos. Veamos algunas de las aristas salientes del planteamiento de Morin.
La conferencia de Morin en la Universidad de Nantes reivindica el pensamiento complejo como una manera de entender la realidad en sus múltiples dimensiones, evitando su reducción a una dimensión entendida como la más importante o eliminando otras de toda consideración. No es atinado pensar manteniendo constante la incidencia de factores fuera del radio de nuestra experticia.
En primer lugar, el pensamiento complejo se sustenta en una visión sistémica, esto es, que el conocimiento de un fenómeno no resulta de solo visualizarlo desde los enfoques de la disciplina, o lo que Morin denomina una hiperespecialización que puede derivar en un nuevo tipo de ignorancia, sino de hurgar en los atributos propios o emergentes de cada fenómeno. Como es habitual en Morin, recurre a la biología para explicar la visión de sistema. Un ser humano tiene propiedades que no tienen sus órganos ni tampoco las células hijas —células resultantes de la división de una sola célula progenitora— que los constituyen.
En segundo lugar, el pensamiento complejo no implica renegar del conocimiento especializado o fragmentado, sino de generar círculos virtuosos en las relaciones entre el todo y las partes. Morin menciona un texto del pensador y matemático Blaise Pascal, quien argumenta que es imposible conocer las partes si no se conoce el todo, así como de conocer el todo si no se conocen particularmente las partes. Se trata de avanzar en lograr un conocimiento más acabado bajo la premisa de que todo conocimiento es siempre incompleto.
En tercer lugar, el pensamiento complejo implicar asumir que somos parte de la especie humana, y a la vez cada ser humano es diferente atendiendo a la singularidad de sus características y la particularidad de los contextos y circunstancias de vida que lo permean. La unidad de la especie humana se expresa en la diversidad de cada persona, así como que cada uno de nosotros compartimos una conformación común. Las implicancias, entre otras, de entretejer unidad y diversidad permiten argumentar, tal cual señala Morin, sobre fortalecer la comunicación entre culturas, lenguas y saberes distintos bajo el precepto de que las personas somos todas parecidas, pero a la vez diferentes —unidad en la diversidad y diversidad en la unidad.
En cuarto lugar, el pensamiento complejo cuestiona la noción de una causalidad lineal, esto es, que el fenómeno X determina el comportamiento de Y sin que Y pueda influir sobre Y. Alternativamente al pensamiento lineal, Morin plantea la idea de un bucle causal que resalta las interdependencias y las conexiones entre las diferentes variables de un sistema, que pueden ser a la vez causa y efecto. El desarrollo de pensamiento complejo implica tomar debidamente en cuenta la libertad y la autonomía de los seres humanos de responder frente a condiciones o restricciones exteriores a los mismos, y de revertir los efectos supuestamente deterministas de las causas sobre los efectos —lo que Morin denomina como retroacción.
En efecto, la libertad implica estar dotado de la capacidad de elegir a sabiendas de identificar las posibilidades y oportunidades atendiendo a los contextos y circunstancias. El pensamiento complejo se diferencia claramente de todo tipo de determinismo —críticamente del material— sobre el comportamiento humano bajo el entendido de que los seres humanos somos, a la vez, como señala Morin, productos y productores como un todo entrelazado dinámico.
Morin alude a la noción de homeostasis, esto es, las capacidades de los seres vivos de lograr mantener el equilibrio interno y de regenerarse. En tal sentido, uno de los referentes mundiales en neurociencias, Antonio Damasio (2023), argumenta que el universo de los afectos —la experiencia de los sentimientos— que fluyen de las pulsiones, las motivaciones, los ajustes homeostáticos y las emociones es una fuente y un instrumento del desarrollo de la inteligencia, la creatividad y la autonomía.
En quinto lugar, el pensamiento complejo se desarrolla bajo el principio dialógico, esto es, la toma de conciencia de las contradicciones y antagonismos que están en el ser humano. No se trataría de categorizar a las personas en ejes binarios —por ejemplo, racional/irracional, o emotivo/analítico—, sino de entender que en cada uno de nosotros cohabitan diversidad de sensibilidades, expectativas y aspiraciones de vida que bien pueden antagonizar y complementarse. Morin asevera, por ejemplo, que el hecho de vivir y disfrutar la vida se congenia con cuestiones que nos impulsan a continuar existiendo más allá de nosotros mismos —causas vinculadas, por ejemplo, a la sociedad, la humanidad y la religión—. El pensamiento complejo ayuda a entender a las personas en sus propios dilemas y evitar caer en categorizarlas de una manera definitoria y depurada. El pensamiento complejo no rehúsa de considerar aquello que a priori podría parecer inexplicable.
En sexto lugar, el pensamiento complejo se sustenta en el principio hologramático, que implica que la sociedad, las culturas, las lenguas y los saberes, entre otras cuestiones fundamentales —definido como todo—, están presentes en cada persona, que es a la vez una entidad indivisible —definida como la parte—. Como asevera Morin, cada una de las personas es un fragmento del conjunto social, cultural y biológico de la sociedad. La persona en su singularidad y complejidad constituye una expresión de la sociedad misma. Cada uno de los humanos lleva a la sociedad a cuesta sin margen para delegar o abstenerse de incidir.
Ya hace más de 30 años que Morin nos advertía sobre las bondades del pensamiento complejo, entendido como un problema, o más bien diríamos como un desafío radical, ya que supone dejar la “comodidad” de pensar como de costumbre, a través de los fragmentos disciplinares, y, en cambio, atreverse a navegar por la transdisciplinariedad. Una mirada más allá de las disciplinas se congenia con visualizar al pensamiento disciplinar como el cimiento de todo diálogo profundo, matizado y evidenciable en torno a conectar con sentido los conocimientos; así también, con jerarquizar a la especialización de saberes como necesaria, y complementaria de visiones más globales. Pero ni el pensamiento disciplinar aislado ni la especialización cerrada en sí misma, son suficientes para comprender y actuar sobre la realidad sin renegar de su complejidad intrínseca y de sus impactos.