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    El jardín indómito de Carlos Vaz Ferreira

    La filosofía vive dentro y fuera de la antigua casona del barrio Atahualpa: una isla verde donde las plantas pujan por la luz

    Columnista de Búsqueda

    Días pasados, una especie de grevillea australiana, un árbol de varios metros, cayó en el Museo Quinta de Carlos Vaz Ferreira en el barrio Atahualpa. No fue el viento, no fue la sierra eléctrica. El árbol se desplomó como si muriera de un síncope. Dicen que el filósofo dejaba los árboles caídos atravesados en el sendero y simplemente abría otro.

    El jardín de la Quinta pide adjetivos. Agreste, salvaje. “La sensación es de un jardín dejado. Ni abandonado ni descuidado. Simplemente confiado a la sabiduría de la naturaleza”, escribió el arquitecto y paisajista Luis Carrau. El lugar ha sido y sigue siendo motivo de anécdotas y elucubraciones que incluyen desde fantasmas hasta víboras. Su hija Matilde Vaz Ferreira recreó parte de esas habladurías en Recuerdos de mi padre: “Entre los muchos cuentos que se escucharon (…), la mayor parte extraídos de los comentarios de guardas y conductores de los tranvías 20 y 43 que hacían estación frente a ella (a la Quinta) y que iban desde la suposición de que si no entraban ladrones al estar abierto el portón noche y día, era porque habría feroces perros, o víboras, o tigres, o quizás fantasmas… la siguiente divertía mucho a mi padre: Un amigo suyo, al dar las señas a otro que deseaba visitarlo, le dijo con convicción: ‘Usted suba de Millán por la calle Caiguá y a la quinta más vieja, más fea y más sucia que Ud. vea, entre sin llamar, que allí es lo de Vaz Ferreira’. Cosa que era cierta en relación con ramas y hojas de años, tiradas por el suelo, pero no con impurezas artificiales, pues un trozo de papel, una lata vacía, restos de una cometa enganchada, le quitaban la tranquilidad hasta ser retirados, muchas veces por sus propias manos, aunque hubieran de ser extraídos de entre las espinas”.

    La Quinta dejó su huella en la familia, así lo testimonian los recuerdos de sus hijos. Todo el conjunto, jardín y casona, ha sido una constante fuente de descubrimientos; de armarios y cajones salieron los manuscritos de María Eugenia Vaz Ferreira o las anotaciones más ínfimas del filósofo. La casa va entregando sus papeles, mientras el jardín aporta sorpresas de estación: camelias, nidos y plantas trepadoras. Así lo cuentan Cristina Echevarría Vaz Ferreira, la nieta, y su esposo Jorge Schinca, ambos voceros de la fundación que lleva el nombre del filósofo. La charla transcurre en una mañana de este octubre equivocado, con frío invernal, rodeados de los muebles y libros de Vaz Ferreira. Todo es igual o casi, pero el jardín definitivamente no. Lo delata la altura de los árboles, como esos niños cuyas piernas crecen tanto que los pantalones les quedan cortos. Afuera, dos palmeras sucumbieron al picudo rojo, ¡y pensar que hay relatos de los hijos de Vaz Ferreira espantando langostas con cartones y revistas! Cambian las plagas, los daños se parecen.

    Distinto y a la vez el mismo, el lugar materializa el pensamiento del filósofo sobre la libertad, la naturaleza y la educación. La Quinta es un espacio de resistencia a los embates del mercado inmobiliario y solo pudo salvarse por la conciencia familiar. Elvira Raimondi, esposa de Vaz Ferreira, inculcó a los hijos la idea de que la casa y el jardín debían conservarse y convertirse en un museo. Lo hizo con tal convicción que el mandato pasó de una generación a otra.

    Este jardín agreste y sin césped se podría considerar revolucionario en los inicios del siglo XX, cuando la mirada estaba puesta en los modelos europeos o asiáticos. Habría que esperar a 1992 para que el paisajista y botánico Gilles Clément propusiera el concepto del jardín en movimiento: “Trabajar al máximo en favor de la naturaleza y lo mínimo en contra”. No obstante, el de Vaz Ferreira sigue siendo la rareza de un filósofo, una isla verde donde las plantas pujan por la luz. Bien lo ilustra un ombú estilizado de tanto estirarse entre los más grandes.

    En ese entorno se criaron los ocho hijos sin ir a la escuela. La madre, maestra destacada, se encargó de educarlos. En algo menos de 4.000 metros cuadrados sobraban los motivos para jugar y aprender en el bosque inventado. Además, Vaz Ferreira había mandado construir varias pajareras, algo que no termina de encajar con la libertad que le permitía a las plantas. Eran amplias, grandes jaulas, al fin y al cabo, que albergaron aves autóctonas y exóticas. A todo ese material didáctico recurrió Elvira para motivar a sus hijos. “En realidad, a esas aves les debemos la quinta y una infancia sana y feliz —escribió Matilde— pues caminando mi padre, a fines del siglo pasado, por el barrio de Atahualpa, vio el terreno que hoy ocupa, cubierto con un pasto tan verde que pensó: ‘¡Qué lindo lugar para soltar mis pollos!’. Y allí se instaló más tarde y fue ‘soltando’ no solo sus pollos sino también sus hijos”.

    Vaz Ferreira con algunos de sus hijos en el jardín.

    Vaz Ferreira con algunos de sus hijos en el jardín.

    A Sara Vaz Ferreira, otra de las hijas y madre de Cristina, le daba vergüenza confesar que habían sido niños “pedinudi (pies descalzos) y arborícolas”. La quinta fue la experiencia en miniatura de un proyecto educativo que, visto desde el presente, todavía puede darnos ideas para mejorar la educación: los parques escolares. Antes de construir la casa, en los precarios inicios de la enseñanza pública nacional, el filósofo imaginó las escuelas urbanas confluyendo en un parque natural que incluiría bibliotecas, museos, gimnasios y aulas. Proyectó la enseñanza primaria al aire libre y el techo solo para los días de mal tiempo. ¿Cómo hubiera sido la escuela uruguaya de habernos atrevido a experimentar? La ucronía es siempre una tentación.

    Vaz Ferreira creyó en la posibilidad de mejorar la humanidad. Ese rasgo utópico se coló en su jardín y lo diferenció de otros de la época, señala William Rey en el artículo “Discursos del jardín”.

    Si la vegetación evolucionó en estos más de 100 años, lo mismo ocurrió con el entorno. La casa de puertas abiertas hoy se protege con concertina. Hay candados, rejas, cámaras y alarmas. Cuesta imaginar cómo habría analizado Vaz Ferreira estas formas de protegernos del presente. “Para mí, la mayor violación al patrimonio fue ponerle cerradura a la puerta”, dice Cristina. Era necesario.

    Quien haya pasado en estos días por el parque Roosevelt habrá visto escenas que contrastan con el jardín de Vaz Ferreira: decenas de árboles tumbados, ahora sí por la motosierra, son el precio del ensanche de la avenida de las Américas. Ante la insistencia de hacer más y más grandes los caminos de asfalto, ante el mandato económico de crecer y crecer, el jardín indómito de Vaz Ferreira, donde los árboles viven a su antojo y las ramas caídas definen los próximos senderos, es de una exquisita pureza.