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Una vez un papa fue a Melo; era otro Uruguay; pasaron casi 40 años y cambiaron las sensibilidades, los modos; ahora vuelve otro papa al país; una columna de humor sobre la mejor campaña de expectativa que se podía idear
Fueron dos visitas tan pegadas que la gente las recuerda como una sola. Hacía poco que Uruguay salía de la dictadura y el clima era efervescente. Gobernaba Julio María Sanguinetti y, con algunos reparos, instalaron una cruz gigante en el barrio de Tres Cruces, en donde Juan Pablo II hablaría. Un año después el papa regresaría a Uruguay, aunque con un itinerario mucho más exigente que incluía a la ciudad de Melo. Dicen que un periodista desde La voz de Melo provocó una enorme campaña de expectativa en torno a la llegada del papa a la ciudad. Creían que irían 50.000 brasileños ansiosos de ver al representante de Cristo en la Tierra. Pero no pasó. Por eso, el escritor fronterizo Aldyr García Schlee llegó a Melo ni bien el papa se fue de la ciudad. Quería sentir el pulso del pueblo, la resaca después del final. Con ese material escribió el libro El día en que el papa fue a Melo. Y cuenta: “Fue todo tan rápido y sorpresivo como un milagro, pero un milagro al revés. El papa vino y se fue; ¡y listo! Cuando recién el lechoncito guacho comenzaba a chorrear grasa en los braseros, cuando los primeros chorizos caseros empezaban a dorarse y estallar, el hombre ya se había ido y todo el mundo se fue”. A veces las expectativas pueden ser grandes, desmedidas. Más aún si la gente no tiene un mango y se la rebusca como puede. “El día que el papa fue a Melo mucha gente esperaba que se concretase el bíblico acontecimiento de la muiltiplicación de los siempre escasos panes y peces de la mesa familiar”, escribe Aldyr en uno de sus cuentos. Pero la verdad es que la gente de acá acompañó. Llegaron de la campaña, de los alrededores, y hasta camiones destartalados con personas de otros departamentos. Entonces, todos los que hacían el peso diario aprovecharon: había venta de chorizos, hamburguesas, panchos, botellas de caña brasileña de contrabando, carne asada, milanesas al pan, pascualinas, caramelos, pasteles, pastafrolas, tortas fritas, vino y refrescos (obvio que de contrabando). Dicen que un hombre vendió su moto, compró una vaca, la carneó, hizo chorizos y se clavó con todo. Dicen que dos amigos se asociaron y compraron 3.000 panchos. Vendieron 700. Las escuelas, los clubes de baby fútbol, los jubilados, las familias más pobres, todos querían hacer una moneda. Era mucha la oferta y los ómnibus brasileños no entraron ni por Aceguá ni por Río Branco. Dicen que había 8.000 personas. Esperaban 50.000. Dicen que era mayo pero hacía un frío loco, la gente estaba decepcionada, las manos en los bolsillos, nadie entendía nada. “Fue una pena, porque Melo era una fiesta, antes de la llegada del papa”. Después, no. Se tuvieron que meter un montón de souvenirs y comida en el culo.
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Después de Juan Pablo II asumió Francisco, “el papa peroncho”, un argentino canchero, hincha de San Lorenzo, que rápido comprendió que la Argentina era un quilombo y que una visita al Río de la Plata complicaba más de lo que convenía. A casi 40 años, un nuevo papa, León XIV, vuelve a este país. Se trata de un peruanoestadounidense, una especie de “ceviche barbecue”, que, parece, mantiene un pensamiento similar al de Francisco, aunque más sosegado. Será la oportunidad de la Iglesia de medir la religiosidad en uno de los países menos religiosos de Sudamérica, en donde menos del 10% de la población se asume católica practicante.
Ahora la Iglesia local tiene como máxima autoridad al cardenal Daniel Sturla, que, cuando asumió, se presentó públicamente relatando este diálogo:
—Bo, ustedes tienen el mejor producto y no lo saben colocar —me dijo un amigo que es gerente de marketing.
—¿Cómo? —pregunté.
—Ustedes tienen la felicidad para los hombres, pero no la saben colocar.
Antes de Sturla quien presidía la Iglesia local era el monseñor Nicolás Cotugno, que pertenecía a lo que podríamos entender como la “vieja escuela” de la Iglesia, similar a un técnico de fútbol conservador que aguanta el resultado con línea de cinco, o a un policía chapado a la antigua con criterios peculiares. Ese hombre, que causaba la incomodidad del tío que se emborracha en las fiestas y se pone espeso, una vez declaró a este semanario que la homosexualidad era “una enfermedad contagiosa” y que todos los homosexuales deberían ser “puestos en cuarentena”.
En estos tiempos en los que parte de este mundo se mueve como una gran empresa, incluso las instituciones religiosas sienten la necesidad de un CEO, un líder que lleve las riendas como si fuera una gran compañía, no tan distinta a Roemmers o Suzuki. También cambiaron las sensibilidades, las formas, y Sturla puede decir cosas bien distintas o no tan distintas a su antecesor Cotugno, pero lo hará con un tono simpático, agradable y comprensivo. Se trata de una persona que está en cada detalle, incluso para enviar saludos a sus contactos de WhatsApp el día de su santo. Ahora que hablamos de emprendedurismo, eficiencia, startup, fintech, ahora que hay memes, decimos “bigdata” y nos imbuimos de inteligencia artificial, el papamóvil es un vehículo que no emite gases nocivos. Cuando la Iglesia católica precisaba modernizar sus estructuras y, sobre todo, la visión de los uruguayos sobre la institución, en momentos de fuerte competencia de las iglesias evangélicas, Daniel Sturla comenzó a trabajar en profundidad en cómo se ve la Iglesia católica desde fuera. Por eso, queremos saludar la campaña de expectativa producida por León XIV y su equipo, junto con sus actores Pulmón y su antítesis, el gran Tumor. Con idas y vueltas, confirmaciones, reconfirmaciones, la palabra de los médicos papales, los periodistas especializados y las fuentes del Vaticano, se trata de un trabajo publicitario de lujo que debería obtener la Campana de Oro y ser premiada en el Desachate 2026, esa gran fiesta en donde los publicistas intentan acostarse con los colegas de la competencia y, si no lo logran, optan por drogarse en los baños. Esperamos que sepan hacerle llegar el Geniol con el que premian el talento. Y ojo con los memes, las cámaras, los videos que se viralizan. Varios cuentan que cuando el papa llegó a Melo dio un discurso en un español difícil de comprender, y que sus primeras palabras fueron “tengo la dicha de estar con vosotros”. Parece que todo Melo entendió “tengo ladillas de estar con vosotros”. Hasta hoy.