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Más que una elección consciente y premeditada, la antipolítica que reseña Haberkorn en su artículo parece un problema de diseño antes que un patinazo o un simple deterioro
En un artículo publicado la semana pasada en el diario El Observador, el periodista Leonardo Haberkorn señalaba que “la antipolítica ya llegó al Parlamento y seguirá creciendo mientras se le siga mintiendo a la gente. Y las encuestas seguirán exhibiendo la frustración de un electorado al que se le oculta información central y se le dice que las enormes y duras tareas pendientes que el Uruguay tiene por delante son algo fácil y sencillo que se arreglará sacando a los feos y malos del gobierno y colocando en su lugar a los lindos y buenos”. El dato que propiciaba la nota de Haberkorn era la baja aprobación ciudadana del presidente Yamandú Orsi.
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En su texto, el periodista recordaba que cuando se elimina el contexto y se moraliza la política, esto es, cuando se califica al rival político de ser un inmoral y que por eso sus acciones políticas son directamente inmorales, se termina imponiendo la idea de que los cambios políticos y sociales se producen solo por mera voluntad. Y que, si me votás a mí, que soy un ejemplo de virtud, inclusión y diversidad, los panes y los peces se van a multiplicar fácilmente. El corolario es evidente: cuando te toca gobernar las cosas no son así de fáciles y todos los factores que eliminaste en tu crítica cuando eras oposición (factores históricos, mundiales, regionales, etcétera) regresan de forma inevitable. Y entonces la oposición de hoy hace lo mismo que hizo la oposición de ayer. El ciclo se renueva de manera tan implacable como nefasta para el ciudadano. Ese mecanismo es casi un ritual en la política uruguaya reciente.
Y ya que estamos hablando de contexto, eso mismo ocurre en casi todas las democracias de mercado conocidas, incluso en aquellas que se supone son superconsolidadas. Elegir políticos como quien elige detergentes (es decir, aquellos que prometen más maravillas, por irrealizables que estas parezcan y sean) tiene un costo acumulativo. Y entonces llega ese momento fatídico en que la mayoría de tu Parlamento no es ni siquiera consciente de sus propias limitaciones. Un poco como ocurría en aquella maravillosa comedia Idiocracy, en donde al cabo de unos cientos de años solo los tontos se habían reproducido y en comparación un tipo absolutamente promedio parecía un genio. Bueno, ese es más o menos nuestro momento político.
Según escribe Haberkorn en su nota, hacer política de esta forma descontextualizada, a lo bruto y creyendo que hacer el bien o el mal es solo asunto de buena o mala voluntad, es más bien una cuestión de elección. Se elige esta forma de hacer política, frente a otras posibles, porque resulta rendidora en el corto plazo. Si logro imponer en la opinión pública la idea de que quienes gobiernan lo hacen mal por mera voluntad, es probable que me vaya bien en la próxima elección. Harina de otro costal es que, cuando logré imponer esa idea, la misma idea se me pueda aplicar a mí cuando gobierne y las cosas no sean tan sencillas.
Las razones para este bajón en la calidad de nuestras elites políticas son varias y la politología viene estudiando y explicando algunas de ellas. Para esta columna me interesa destacar una en particular, y es el proceso de selección negativa de las elites políticas. El español Víctor Lapuente señala que el primer gran filtro de la política moderna se establece, antes incluso que el que genera la propia militancia política, a través de un proceso de autoselección. Así, un profesional brillante, que cuente con una carrera consolidada fuera de la política, suele carecer de incentivos para dar el salto a la política. Una de las excepciones en el gobierno actual es, claramente, el ministro de Economía, Gabriel Oddone, quien ya contaba con un elevado capital intelectual fuera de la política y que en su accionar presente vive en carne propia el elevado coste de oportunidad de su decisión de saltar a la arena pública. La contracara es lo más habitual: para quien tenga pocas posibilidades de ser competitivo en el mercado laboral privado, la política puede ser una vía de ascenso social rápido. Los costos de ser político son desdeñables para alguien cuyas demás opciones son estructuralmente peores.
Un segundo aspecto es reseñado por el economista César Molinas, también español. Molinas apunta que lo que garantiza el ascenso dentro de los partidos políticos no es el pensamiento crítico, la honestidad intelectual o la integridad moral, sino más bien la aceptación acrítica de lo que llegue desde arriba y la habilidad para construir redes clientelares en la interna partidaria. Los liderazgos, que por su propio origen mediocre se perciben frágiles, suelen elegir gente que consideran por debajo de ellos mismos, como forma de evitar desafíos a su poder y hasta la competencia por el puesto. El resultado es una degradación de toda la estructura piramidal partidaria.
Un tercer elemento, resultado de estas dos lógicas descritas, es la aparición del político profesional, el llamado apparatchik. El término proviene del ruso apparat (“aparato”) y originalmente se usaba para describir a los burócratas de tiempo completo del Partido Comunista en la Unión Soviética. Hoy se usa para describir a los funcionarios leales y obedientes que prosperan dentro del aparato partidario. Suele ser gente que por lo general comenzó militando en los partidos políticos en su juventud y que muchas veces no ha tenido demasiada experiencia fuera de ese universo. O que ha desarrollado oficios que son más precarios o peor pagados que la política. Al no tener una red profesional exterior o poseer una escasa experiencia en ese ámbito, la supervivencia política se convierte en una cuestión existencial, de supervivencia económica. Esa dependencia suele traducirse en crispación y en una visión de corto plazo. Para la prosperidad propia, se necesita el éxito del partido. Ser oposición se traduce como una pérdida de oportunidades laborales bastante clara. Así, la preocupación por resolver problemas complejos como los que se derivan de la gestión de lo público pasa a un segundo plano y triunfa la agitación ideológica de fast food. Lo esencial es preservar el cargo. En la medida en que esa gente va desplazando a los técnicos de las instancias de decisión del Estado, no solo se pierde neutralidad técnica, sino también eficacia a la hora de intentar resolver los problemas que plantea la cosa pública.
Entonces, más que una elección consciente y premeditada, la antipolítica que reseña Haberkorn en su artículo parece un problema de diseño antes que un patinazo o un simple deterioro. Es el resultado de una forma específica de funcionar de los partidos y del sistema político en su conjunto, del modelo democrático de mercado que nos hemos dado. ¿Es inevitable que sea así? No. Pero, en la medida en que los partidos operen antes que nada como máquinas para ganar elecciones y preservar cargos, los debates ideológicos de fondo, aquellos que toman en cuenta el contexto, la historia y la realidad en general, seguirán ausentes. Y así, la antipolítica seguirá campando a sus anchas.