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El problema no es que un humorista o un influencer den las noticias, el problema es olvidar que informar exige, hoy como ayer, las mismas responsabilidades: verificar, dudar y hacerse cargo de las consecuencias de lo que se dice frente a un micrófono
En la vecina orilla, la conductora de un programa de streaming de los llamados “de actualidad” anunció al aire la muerte del padre de Lionel Messi. La noticia no estaba confirmada, Florencia Peña no la verificó antes de difundirla y hasta pareció imprimirle cierta liviandad, un tono pueril muy en sintonía con el espíritu de ese tipo de producciones. Los que sí son periodistas saben que con la muerte de un famoso no se corren los cien metros llanos.
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Enseguida ardió la pradera, como suele ocurrir en Argentina. Dicen que Messi se enfureció, la familia emitió un comunicado en términos durísimos y las marcas que auspiciaban el programa comenzaron a caerse en un efecto dominó que terminó con despidos de conductores y productores. Luego vimos y escuchamos a Peña llorando en distintos medios y señalando con dedo acusador a los productores, en un último e inútil intento por salvar el pellejo propio a costa del ajeno.
Y ahí está el dato que me llamó la atención: la conductora alegó, como atenuante o hasta como descargo, que no había podido verificar la noticia porque trabajaba sin teléfono, sin computadora y sin conexión a internet.
Stop.
¿Cómo dijo? ¿La conductora de un programa que sale al aire frente a miles de personas no tiene la posibilidad de verificar lo que va a decir? ¿Qué clase de profesionalismo es ese? ¿Cómo circula entonces la información? ¿En manos de quiénes están las personas que consumen esos contenidos?
Nada en El show del verano parece vincularse con un concepto de calidad de la información. Bastan unos pocos minutos de programa para advertir que el objeto central es la frivolidad, la chabacanería, la celebración constante y repetida de lo trivial. Queda a la vista el verdadero motor del streaming actual: la búsqueda del clic rápido y la viralidad inmediata que premia el sistema. El tono general del espacio es, precisamente, el que usó la actriz: “No quiero darle una mala noticia, pero acaba de morir el papá de Messi… Duro, ¿no? En el medio del Mundial. Se va a tener que ir”.
Pero, aunque Florencia Peña no es una periodista profesional, aunque no es una comunicadora de formación, tampoco es una instagramer improvisada que irrumpió ayer en el mundo audiovisual. Es una celebridad que participa desde hace años en programas de actualidad e hizo, sencillamente, lo que cualquiera sabe que no debe hacer: dio una noticia que no tenía que dar en un tono que no debía usar. Con la mala suerte de que no se trataba de un padre cualquiera: era el de Messi.
Estos programas funcionan bajo la lógica de una espontaneidad permanente y no hay tiempo para la pausa, no hay espacio para la reflexión, ni filtros, ni espera. Los conductores reaccionan sobre la marcha, repiten lo que les susurran los productores, improvisan y pasan al siguiente tema. La velocidad sustituye al criterio. Así, la falta de mediación profesional es alarmante. Faltan personas que ejerzan el oficio de decir “esperamos un minuto antes de lanzar esto al aire”.
Es el paradigma de cierta fast food informativa que los receptores legitiman con visualizaciones millonarias. Se confunde la frescura del formato con la irresponsabilidad o la impunidad.
Más allá del escándalo, de las marcas que huyen en efecto dominó y de las teorías conspirativas que inundaron las redes —algunos vieron una operación política para desestabilizar a la selección—, el episodio deja una pregunta mucho más interesante: ¿qué significa hoy ser periodista?
Hubo un tiempo en que la respuesta parecía sencilla: era el que investigaba, verificaba, jerarquizaba y luego informaba. Su capital más valioso era la credibilidad. El error siempre existió, por supuesto, pero la verificación era un mandato ético. Hoy las fronteras se han vuelto porosas, y un actor, un humorista o un influencer pueden conducir un espacio de actualidad y convertirse en intermediarios privilegiados entre los hechos y el público. No hay nada intrínsecamente malo en que así sea, porque la comunicación no es un coto cerrado. El problema aparece cuando se pretende ejercer la función social del periodismo sin asumir sus responsabilidades.
Y cada vez que alguien se sienta frente a una cámara y anuncia “Acaba de morir el papá de Messi”, está haciendo periodismo. Lo hace aunque no tenga título, aunque jamás haya pisado una redacción y aunque prefiera definirse como un simple animador. Está construyendo realidad, moldeando la forma de pensar de millones de personas.
Marshall McLuhan afirmaba que el medio es el mensaje, y quizá en la era del streaming haya que completar esa idea. El problema ya no es únicamente el soporte desde el que se comunica, sino la lógica que ese soporte impone. Inmediatez, espontaneidad y sensación de cercanía crean una ilusión de autenticidad. Alguien nos habla desde un sofá, entre risas y con apariencia de improvisación, y tendemos a creer que nos está diciendo la verdad.
El medio y el mensajero se confunden, el formato termina moldeando la manera de informar y, a veces, devora las reglas más elementales de la comunicación. La velocidad se impone a la verificación y la cercanía a la precisión.
El problema no es que un humorista o un influencer den las noticias, el problema es olvidar que informar exige, hoy como ayer, las mismas responsabilidades: verificar, dudar y hacerse cargo de las consecuencias de lo que se dice frente a un micrófono.
El verdadero drama sería creer que poner la cara y hacer periodismo es exactamente la misma cosa. Y cuando el espectáculo se traga el rigor, cuando el mensaje deja de ser información, pasa a ser, simplemente, ruido.