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Siguen mugiendo las vacas. Con insistencia y constancia, mediante un sonido monótono y a veces un tanto estridente, nos recuerdan cada día que están ahí. Pasan unas elecciones, nos preparamos para las siguientes, algunos postulantes quedan en carrera y otros por el camino, se achica la lista, se preparan las estrategias, pero nada de eso logra silenciarlas o correrlas.
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A las pruebas me remito. Hace tres semanas, en este mismo espacio, escribí una columna que hacía referencia a las vacas sagradas que están instaladas desde hace décadas en Uruguay. Me detuve principalmente en lo vinculado con el Estado y su estructura, que comprende miles de funcionarios y cientos de organismos, algunos necesarios y muchos prescindibles, o al menos evitables. Enumeré la reforma estatal que nunca llega, gobierne quien gobierne; la cantidad de oficinas públicas nuevas que se crean superponiéndose a las viejas y agregando más empleados en la planilla pública, y el número de intendencias, juntas departamentales, senadores, diputados, todos representantes de un país que no logra pasar los tres millones y medio de habitantes. También a la burocracia de los mandos medios especializada en trancar cualquier avance. “Mugen las vacas”, le puse de título en referencia a esa especie de animales sagrados locales que nadie se anima ni a tocar.
Pues los días siguientes recibí muchos comentarios y anécdotas de personas que conviven diariamente con esas vacas y que se sienten asfixiados por ellas. Jerarcas y exjerarcas de primera línea, de gobiernos de distintos partidos políticos, que estaban como desesperados por exorcizar lo difícil que les resultó o les está resultando lidiar con esos vacunos que en Uruguay ya adquirieron la categoría de mitológicos.
Pero hubo uno que más que aporte fue una gran revelación, hecho por alguien que hace poco tiempo pasó de la actividad privada a formar parte de la estructura del Estado y ve el problema desde adentro. “Tenés que hacer un segundo capítulo de las vacas”, me sugirió, muy entusiasmado con la idea. “Tenés que hablar de los terneros”, me dijo.
¿Qué son los terneros? Todo un descubrimiento. Resulta que a lo largo de los últimos años, en los que las vacas sagradas jamás se movieron de la mitad del camino entorpeciendo el intento de cualquier intrépido gobernante que pretendiera sobrepasarlas, aparecieron en respuesta unos cuantos terneros. Esto es: animales más pequeños hechos a imagen y semejanza pero no procreados por esas vacas, sino clonados por los que tratan de evitarlas. Como no se puede con las vacas, en lugar de buscar vencerlas, inventaron unos terneros clonados para evadirlas.
Basta recorrer mínimamente la estructura actual del Estado para encontrar a varios de esos terneros. Uno de los más importantes, y que tiene unos cuantos años ya pero que sigue camuflado en su pequeño cuerpo, es el Plan Ceibal. Es emblemático porque cumple con todos los requisitos que debe tener un ternero de estos a los que me estoy refiriendo: mantiene un vínculo directo con distintos ministerios, entes autónomos y servicios descentralizados, aunque no depende de ellos y funciona dentro de la estructura estatal pero no se rige directamente por sus reglas. En otros palabras, puede avanzar en el mismo terreno, aunque sin tener que trasladar el cuerpo enorme y vetusto con el que cargan las vacas sagradas.
El Plan Ceibal surgió en 2006 a impulso del entonces presidente Tabaré Vázquez, con la idea de entregar una computadora a cada niño en edad escolar. La primera intención fue hacerlo a través de la Administración Nacional de Educación Publica, pero, ante el primer anuncio del proyecto, ya quedó claro que sería muy difícil. Algunas autoridades educativas, docentes y especialmente los sindicatos se pusieron de punta. Llenaron de peros a la idea, dejaron entrever que no sería nada sencillo instrumentarla con la estructura existente.
Por eso Vázquez optó por crear un ternero. Habilitó por decreto una persona pública, pero regida por el derecho privado, que tuviera capacidad de acción inmediata, y la puso a trabajar en forma paralela, como si fuera un atajo a la burocracia. Los resultados están a la vista. Después de eso, pasaron tres gobiernos que lo siguen manteniendo, aunque con cambios y ley mediante, y es uno de los proyectos más exitosos de los últimos tiempos.
Algo parecido ocurre con la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII). Ese también es un ternero que surge a través de una especie de clonación de la histórica y muy difícil de mover vaca sagrada que es la enseñanza terciaria, especialmente la pública. En lugar de recurrir a la burocracia enquistada en las entrañas de ese animal mitológico, en 2006 el sistema político se puso de acuerdo en crear por ley la ANII como forma de fomentar de una manera mucho más ágil la investigación científica y apoyar el avance tecnológico en Uruguay.
Desde ese momento, la ANII se ha transformado en una protagonista en su rubro y es una de las principales responsables del crecimiento de la ciencia y los científicos en Uruguay. Pero durante su nacimiento se escucharon los mugidos de resistencia ante esta nueva “trampa” que estaba protagonizando el Parlamento para intentar pasar por el costado del camino, en lugar de enfrentar el atolladero vacuno.
Años más tarde, en octubre de 2022, llegó la Agencia del Cine y el Audiovisual del Uruguay para sustituir al Instituto Nacional del Cine y el Audiovisual creado una década antes. Ambos, surgidos de distintas leyes, fueron pensados con el mismo objetivo pero tienen una diferencia fundamental: el primero se instaló como un agregado en la estructura del Estado por ser un instituto y el segundo fue concebido como una persona pública no estatal con mayor libertad para poder actuar en distintos rubros. En otras palabras, otro ternero clonado de la vaca sagrada sin su autorización y bajo su protesta.
Hay muchos ejemplos más en las distintas áreas que abarca el Estado. También hay historias de intentos que quedaron por el camino, en los que el antiguo animal se anticipó a la jugada y pudo aplastar con su corpulencia a los que pretendían ignorarlo.
El problema principal que se arrastra hasta hoy es el silencio de esos terneros. Están ahí, con buenos resultados a la vista, y muestran un camino posible, que al principio cuesta mucho adoptar y que después fluye de la manera correcta. Pero no logran mugir con fuerza. Son sobrepasados por las otras vacas, quedan como una anécdota que apenas se escucha.
Lo ideal sería que fueran ellos los que se impusieran. Dejar atrás ese viejo Estado que funciona como una tranca para los emprendedores e innovadores e instalar nuevos métodos que los incentiven de la mejor manera, sin más burocracia. La disyuntiva es simple: hacer o permanecer. Sería un lindo tema para la campaña hacia las elecciones nacionales que recién comienza, pero parece ser que el voto de las vacas sagradas vale por 10. Eso sí, sería bueno que por lo menos el próximo gobierno, sea del partido que sea, aumente la colación. Es muy necesaria.