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    El paraíso de Salle

    Muchos uruguayos se sienten ajenos a lo que está pasando y ven a la política como un barco de lujo que se aleja cada vez más de la costa, mientras ellos tienen que seguir en tierra firme, aguantando las penurias; están enojados

    Director Periodístico de Búsqueda

    No cualquiera llega a ser presidente de la República. Es una tontería pensar lo contrario. Son muchísimos los obstáculos que tiene que sortear un político antes de lograrlo. Además, una vez que llegó, su vida pública cambia. Necesariamente, se tiene que someter a otras reglas de juego, acordes al cargo que representa. Así, al menos, sucede en Uruguay, y eso puede considerarse una ventaja comparativa frente a otros países de la región.

    Más de una vez escribí en este espacio sobre ese “hilo invisible” que envuelve a todos los que ocuparon u ocupan los principales cargos jerárquicos del país. Pueden discutir sobre muchos temas entre ellos, realizarse críticas y mostrarse en veredas opuestas, pero cuando la situación se complica demasiado y lo que se pone en riesgo son las instituciones, ahí todos se unen a través de ese hilo para conservarlas.

    Es lo que ellos llaman “alta política” y que en Uruguay sigue teniendo vigencia. Para poner solo los dos ejemplos más recientes, ocurrió en medio del escándalo que se generó en torno al caso Astesiano durante el anterior gobierno y hoy vuelve a activarse en referencia a la cuestionada compra de una camioneta de alta gama por parte del presidente Yamandú Orsi.

    En la primera oportunidad, hasta hubo una intervención directa del expresidente José Mujica, que era uno de los líderes más importantes del Frente Amplio, para preservar la institucionalidad y no seguir debilitando la figura del presidente de la República. Cuando varios dirigentes de izquierda clamaban públicamente por un juicio político al entonces mandatario Luis Lacalle Pou y exponían detalles de los mensajes privados que había intercambiado con su excustodio preso, Alejandro Astesiano, Mujica recomendó a los suyos no seguir avanzando. Es más, hubo alguna conversación entre ambos.

    Ahora, es Orsi el que quedó expuesto y son los del otro lado los que reaccionaron con mucho cuidado y cautela. Ninguno de los expresidentes salió públicamente a alimentar la hoguera. Muy por el contrario, optaron por el silencio y hasta alguno de ellos asumió un papel activo en tratar de tranquilizar los ánimos. “Estamos con el presidente y con la institucionalidad a muerte”, fue el argumento que me dio uno de ellos.

    Es una buena forma de describir con hechos la realidad política local: Uruguay mantiene un cierto apego a su institucionalidad y cuida mucho a sus más altos representantes. Salvo que sea protagonista de un delito muy grave, es muy difícil que se vaya por la cabeza de un presidente. Ahora y siempre. Ejemplos hay muchísimos, en casi todas las últimas décadas.

    Pero, en estos tiempos, hay al menos dos diferencias con respecto a lo que ocurría en el pasado, que se están haciendo cada vez más evidentes. Son como grietas que se abrieron en ese sólido bloque de granito formado por las instituciones más importantes. No quiere decir que antes no existieran algunas de ellas, pero ahora se profundizaron y se hicieron mucho más peligrosas.

    La primera es la cantidad de políticos que no respetan esas reglas de juego y exponen al máximo a todos los adversarios, incluido al presidente. A esos no les importa cuidar ni la institucionalidad ni la imagen exterior ni nada. Lo que quieren es destruir, tengan o no los elementos suficientes para hacerlo. Son, además, los que generan más ruido y, entonces, tienen un rol protagónico en las redes sociales y también en varios medios de comunicación. Suelen marcar el ritmo del debate público, por más que no sean los más representativos.

    La segunda es el quiebre que se está generando entre los políticos y una parte importante de la ciudadanía, que empieza a fastidiarse y a mostrarse desencantada y desmotivada. Muchos uruguayos se sienten ajenos a lo que está pasando y ven a la política como un barco de lujo que se aleja cada vez más de la costa, mientras ellos tienen que seguir en tierra firme, aguantando las penurias. Están enojados. Con los que se pasan todo el día peleando, con los que cuentan con demasiados privilegios, con los principales jerarcas del gobierno, con los líderes de la oposición, con el Estado, con el Parlamento, con todo lo que tenga que ver con la política. No quieren saber de nada, desaprueban al gobierno, pero también a la oposición.

    Según las últimas encuestas, casi la mitad de los uruguayos está disconforme con el desempeño de la administración de Orsi, pero también con lo que está haciendo la Coalición Republicana. Todo un síntoma, muy preocupante, además. Pero… ¿y entonces? ¿Qué puede surgir una vez que baje esa espuma de rabia hacia los políticos? ¿Qué pasará con todas esas personas que se sienten molestas con las dos mitades en las que parece estar dividido Uruguay? ¿Y con los más jóvenes, esos que están recién acercándose a la política en estos tiempos de tanto enojo?

    Este es el momento justo en el que irrumpen en escena los outsiders, los que se muestran como un antipoder, los que cuestionan la forma tradicional de hacer política. En otros países, lo hacen en muy poco tiempo y ganan elecciones. Pero aquí, en la penillanura levemente ondulada, es todo más lento, demora un poco más, o llega dosificado, de a impulsos pequeños.

    Igual, eso no quiere decir que no exista. ¿O qué otra cosa son Gustavo Salle y su partido, Identidad Ciudadana? ¿Acaso no fue una sorpresa para todos que lograra obtener dos diputados en las últimas elecciones y más de 60.000 votos?

    Pues, a los preocupados con ese escenario, malas noticias. Si esto sigue así, van a crecer los guerreros contra la cleptocorporatocracia, con Salle a la cabeza. Si antes Salle pescaba en una pecera cada vez más grande, ahora es el mar el que se abre en su horizonte. Esto no quiere decir que vaya a ganar, por supuesto. Pero sí que al menos él tiene posibilidades de llegar al Senado, y quizá también algún otro integrante de su colectividad política. Porque lo que Salle grita con megáfono en contra del sistema político, que a muchos les parece una locura total y absoluta, es música para los oídos de muchos desencantados.

    Clepto es ladrón. Corporato hace referencia a la estructura jurídico-económica, las corporaciones. Cracia es poder. Poder de las corporaciones ladronas, poder de los delincuentes multimillonarios; que no la cuentan, la pesan, que son los que bancan a los títeres, a los funcionales”, definió Salle a su enemiga, la cleptocorporatocracia, entrevistado por Facundo Ponce de León previo a las elecciones de 2019. Y agregó: “¿Quiénes son los funcionales? Las garrapatas, los políticos”. Desde ese momento, no ha parado de crecer electoralmente.

    Y parece que, para una porción importante de la población, esas garrapatas son cada vez más visibles. Por eso, lo que está ocurriendo ahora es un paraíso para Salle. Así que a prepararse porque, de seguir así, habrá Identidad Soberana para rato, y cada vez con mayor incidencia.