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    El silencio, un lujo que hace ruido

    El concepto mismo de silencio se desgastó, quedó devastado, arrasado, y hoy estamos al borde de tener que pedirlo con receta médica: “Disculpe, me prescribieron silencio por un colapso de mi sistema nervioso. ¿Podría dejar de gritar?”

    Columnista de Búsqueda

    Vivimos en modo altavoz: la calle grita, la obra taladra, el vecino escucha música, el celular notifica, el camión retrocede con su pito de alarma, el bar arma sus mesas a 10 centímetros de tu almohada. Se ha popularizado la cultura de “todo es animación”, y, si tu espíritu no acompaña, sos un viejo de mierda, un depresivo, un tipo con mala onda, sos un rancio. La música se transformó en una constante en tiendas y supermercados, en oficinas públicas; hay parlantes hasta en la calle, eventos que convierten la rambla o las plazas en ruidosas discotecas. Sitios que se volvieron inhabitables para los pobres vecinos que intentan habitarlos. El hecho de querer aislarse del escándalo se confunde con timidez, con vacío, con desprecio o con incomodidad social, con mala voluntad o malhumor. Se llega a politizar, a militar el ruido, intentan convencernos de que el sonido estruendoso es lo quiere el pueblo y, en ese intento, despojan al pueblo de su derecho humano a vivir en paz.

    ¿Cuándo nos dimos cuenta de que la contaminación acústica había llegado y que estaba cambiando nuestras vidas, deteriorando el entorno? En mi caso, la idea irrumpió cuando un hotel cercano empezó a hacer fiestas de verano en la azotea. Revisé las disposiciones legales, medí los decibeles, comprobé el exceso y, con esos datos, llamé a la oficina correspondiente. La inspección no tardó, hubo una sanción y, si mal no recuerdo, la multa fue el equivalente al precio de dos o tres entradas para la fiesta. El fin de semana siguiente la hicieron otra vez; supongo que volvieron a pagar la multa, y así hasta que terminó el verano.

    El concepto mismo de silencio se desgastó, quedó devastado, arrasado, y hoy estamos al borde de tener que pedirlo con receta médica: “Disculpe, me prescribieron silencio por un colapso de mi sistema nervioso. ¿Podría dejar de gritar?”.

    ¿Vieron que cada vez hay menos bares donde sentarse a leer, a pensar, a ver pasar el tiempo sin el chenguechengue de fondo? Ya no es solo un bien escaso, es un milagro.

    Pero ¿qué es el silencio? ¿Y por qué importa? Sería importante aclarar que no hablamos de la ausencia total de sonido, sino de la ausencia de ruido invasivo. Es ese momento que necesitamos para pensar, para sentir, para amar, el lapso que precisa el cuerpo para reaccionar. ¿Cuántos jóvenes pueden estudiar, retener, incorporar conocimiento en medio de música constante, con la televisión al mango? No, el ruido no es democrático, y los que más lo sufren son los que no pueden escapar: el que vive sobre una avenida o al lado de una obra, el que trabaja de noche o en un local escandaloso.

    Lo que rara vez pensamos es que se trata de un derecho cultural y de salud, no de una excentricidad. Sin embargo, el derecho a vivir en silencio se avasalla constantemente y en todo lugar, y no hay una conciencia clara y difundida del atropello que sufrimos.

    Se atenta contra el silencio, por ejemplo, con el diseño urbano de las calles que privilegia la velocidad, con la laxitud de las normas que permiten motores ruidosos u obras sin horarios, con locales comerciales que abren sus puertas sin criterios acústicos.

    La Organización Mundial de la Salud (OMS) sugiere no sobrepasar los 55 decibeles (dB) durante el día y los 45 de noche en zonas residenciales, y esos serían los umbrales razonables para no dañar la salud. Es importante saberlo (y medirlo, bajando una app en cualquier celular) porque, por encima de esos valores, aumenta el estrés, se producen trastornos del sueño y se incrementa el riesgo cardiovascular. Traducción de esos valores a lo cotidiano: 55 dB es una conversación normal a un metro de distancia; 70 dB es el equivalente a tránsito intenso; 85 dB es tráfico pesado o una moto acelerando cerca de nuestro oído.

    ¿Qué se sabe del ruido en Uruguay? Poco. Montevideo está entre las capitales latinoamericanas donde el ruido del tránsito y de los locales nocturnos supera, con total tranquilidad, el límite de los 55 dB diurnos y los 45 dB nocturnos recomendados.

    El Estado, hasta donde sé, no ha publicado un mapa oficial y estandarizado del ruido en todo el territorio nacional. En Montevideo, tanto la intendencia como la Facultad de Ingeniería sí han realizado mapeos acústicos y estudios urbanos. Se sabe que en la avenida 18 de Julio “prima el ruido del tránsito con valores de 73 a 77 decibeles con los autos en marcha”.

    Más allá de los estudios, hay señales claras del deterioro, de la contaminación, de que los niveles están por encima de lo saludable en zonas de tránsito de vehículos, de obras y ocio nocturno. O sea: sabemos que hay un problema, intuimos o sabemos dónde está, pero hasta el momento hemos preferido no mirarlo muy de cerca. Como sucede con tantas cosas. Así, hay normas que existen, pero se fiscalizan poco, o las sanciones impuestas a los infractores son más baratas que insonorizar o suspender el espectáculo.

    Cuándo entenderemos que el silencio es tan fundamental como el agua potable, la educación, las carreteras o la salud. Es una necesidad de la mente porque sin él no hay foco, no hay descanso ni memoria que pueda archivar lo aprendido. Y, sin embargo, lo estamos tratando como si fuera un lujo, algo que compran los millonarios en sus retiros de fin de semana con el gurú de turno, algo que logran con auriculares especiales que valen lo mismo que un alquiler.

    La calle grita, la obra taladra, el vecino escucha música, el celular notifica, el camión retrocede con su pito de alarma, el bar arma sus mesas a 10 centímetros de tu almohada.

    ¡Basta!

    El silencio, como tantas cosas, era de todos y terminó siendo el privilegio de pocos. No pido un país de monjes trapenses, apenas que el silencio deje de ser un bien de lujo. Que sea un derecho al alcance de cualquiera, no una excentricidad para ricos.

    Entendámonos de una vez: el lujo de comprar silencio debería hacernos ruido.