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Lo que sí parece ser removedor y preocupante radica en que la penetración y el impacto de la inteligencia artificial es mayor que otras tecnologías pasadas, en la medida en que las tentaciones y las oportunidades de delegar y hasta de abandonar capacidades humanas es elevada
Un reciente informe del prestigioso think tank suizo Center for Curriculum Redesign (CCR), titulado “Technologies Smarter, Humans ‘Dumber’? How Technology Improves and Diminishes Human Cognition and What This Means for Education” (“Tecnologías más inteligentes, ¿humanos más tontos? Cómo la tecnología mejora y disminuye la cognición humana y qué significa para la educación” —traducción propia—), elaborado por el investigador senior doctor Dirk van Damme y con contribuciones del presidente del CCR, Dr. Charles Fadel, confirma la convicción de que lo que hace la diferencia en la concepción y los usos de las tecnologías es la calidad de la política educativa, así como de sus apoyaturas institucionales, curriculares, pedagógicas y docentes. No hay nada que pueda suplir o compensar suficientemente las debilidades derivadas de sistemas educativos que no están mentalizados ni concebidos ni gestionados ni financiados de cara a facilitarle a cada estudiante oportunidades efectivas y personalizadas de aprender cualquieras sean sus contextos y circunstancias de vida, motivaciones y capacidades.
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Crecientemente, se tiende a argumentar y evidenciar que las inteligencias humana y artificial son socios que se complementan en la movilización de recursos y capacidades cognitivas para la producción y la diseminación de contenidos bajo diversos formatos. No es cuestión ni de sustitución ni de delegación ni de eliminación de capacidades, sino de reconocimiento y apuntalamiento de qué hacen mejor respectivamente las inteligencias humana y artificial, en el entendido de que la humana es el socio mayoritario de la relación.
Alternativamente a presuponer que la inteligencia artificial (IA) lleva de manera indefectible al deterioro o anquilosamiento inclusive cognitivo de las capacidades humanas, entiendo que el desafío yace en idear, experimentar, evidenciar y eventualmente escalar las maneras más efectivas en que la complementariedad entre ambas inteligencias puede constituir una palanca de mejoramiento de las oportunidades, los procesos y los resultados educativos.
El informe elaborado por el CCR arroja luz conceptual y evidencia sólida sobre cómo encarar una distribución cognitiva virtuosa entre las inteligencias humana y artificial. Veamos algunas de los hallazgos del estudio discutidos en el apartado de conclusiones.
En primer lugar, el informe arguye que no es la innovación tecnológica por sí misma la que hace a los humanos más inteligentes o tontos, sino que es, en cambio, la redistribución cognitiva entre los humanos, los instrumentos, las instituciones y las infraestructuras. Cabe a los sistemas educativos la máxima responsabilidad en asegurar, a través de su modus operandi, una distribución de roles cognitivos que apuntale el potencial de excelencia de cada persona. El desafío parecería residir en identificar cuáles capacidades humanas pueden ser compartidas con la IA, con foco en la IA generativa, sin que haya una delegación total, así como también potenciar las capacidades asociadas a lo que comúnmente se denominan competencias de alto nivel —por ejemplo, pensamiento autónomo, crítico y creativo, resolución de problemas y comunicación asertiva—.
Cabe realizar una precisión. La noción de capacidades refiere al desarrollo de las aptitudes que les permiten a las personas encarar la realización de una tarea o actividad específica, y en tal sentido es que el informe se refiere a capacidades cognitivas. Dichas capacidades forman parte de una noción más amplia, que es la de competencias, la cual implica que la persona moviliza valores, actitudes, emociones, conocimientos y capacidades para encarar de forma competente diversidad de desafíos individuales y sociales. En todo caso, queda planteado si la discusión en torno a roles cognitivos entre las capacidades de las inteligencias humana y artificial puede solo acotarse a la realización y al desempeño de tareas concretas sin considerar los valores, las actitudes y las emociones.
Por otra parte, la disponibilidad de herramientas tales como laptops, calculadoras y sistemas digitales contribuye a que las personas no memoricen y almacenen tanta información, sino más bien desarrollen sus capacidades de localizarla. El estudio menciona, por ejemplo, las capacidades relacionadas a saber navegar en la búsqueda de información y a la resolución de problemas mediados por el uso de las herramientas. No es que el desarrollo de la memoria no sea relevante, sino que es más bien potenciada por tecnologías de apoyo. Si los sistemas educativos siguen aferrados en promover intensamente la memorización de contenidos como un fin en sí mismo, se limitan las oportunidades de formar a las generaciones futuras en saber usar la memoria para acceder a más contenidos. Podría ser más útil saber dónde localizar la información que solo su contenido.
Como asevera el informe, nos enfrentamos al enorme desafío político, de política educativa y técnico de diseñar múltiples ambientes de aprendizaje que cultiven 1) la atención profunda; 2) el razonamiento crítico; y 3) el control megacognitivo —esto es, ser consciente y regular nuestras capacidades de aprendizaje— sobre cuándo y cómo descargar la realización de tareas en las máquinas de aprendizaje —por ejemplo, tomar notas en una reunión o usar el GPS—.
En segundo lugar, se argumenta que, a lo largo de la historia, las tecnologías han expandido las capacidades cognitivas humanas por la vía de externalizar las restricciones y, a la vez, ampliando el alcance, la precisión y la coordinación. En efecto, los diversos tipos de tecnologías —entre otras, materiales como el fuego, mecánicas como el reloj y digitales como la calculadora—, y más recientemente las generativas —por ejemplo, la producción de diversos tipos de contenidos que sirven de soporte del razonamiento, la creatividad y la exploración—, permiten a las personas y a las sociedades pensar a escalas, velocidades y niveles de complejidad que de otra forma hubiera sido imposible. No es que solo la IA amplía las capacidades cognitivas y asume funciones que otrora estaban en manos de los humanos, sino que históricamente diversas tecnologías han cumplido el doble rol de aumentar y delegar dichas capacidades. La que singulariza la IA generativa yace en que amplía significativamente el rango de opciones y oportunidades para analizar los costos y beneficios de aumentar o delegar las capacidades cognitivas.
En tercer lugar, el informe propone lograr un balance justo entre lo que denomina disminución y mejora cognitiva con base en cuatro palancas. La primera de ellas supone conferirle un contenido limitado a la delegación cognitiva claramente diferenciada del abandono cognitivo. Esto implica la delegación de actividades rutinarias y de alta carga como son el cálculo y la recuperación de datos y, asimismo, preservar el control humano sobre las capacidades de interpretar, emitir juicios y establecer metas. No es por tanto delegable en la IA la capacidad, o más bien las competencias, de entender, matizar, digerir y tomar posición sobre los temas.
La segunda palanca implica proteger las capacidades humanas no delegables como son las competencias fundacionales relacionadas a la regulación de la atención, la formación de la memoria, la orientación espacial y temporal, pensar con el cuerpo y emitir juicios intuitivos. Me pregunto en qué medida y de qué formas el entramado entre el currículo —foco en los paraqués y los qués de la educación— y la pedagogía —foco en los cómos— facilita el desarrollo de ambientes de aprendizaje orientados a formar en visiones que conecten el cuerpo con la mente, el cerebro y el espíritu, y la comprensión profunda con acciones prácticas donde se movilizan el conocimiento tácito y la intuición, que son propios de la inteligencia humana.
La tercera palanca radica en promover el desarrollo de capacidades asociadas más al entendimiento conceptual y estructural —modelos, sistemas y razonamiento causal— y a lo que se define como metacompetencias epistémicas —evaluar fuentes, detectar errores, supervisar sistemas automatizados y conocer cuándo no confiar en productos o resultados—. Ciertamente, estas competencias permiten que los estudiantes puedan hacer un uso ético, consciente y productivo de las tecnologías y sus implicancias.
La cuarta palanca supone desarrollar la capacidad de reflexión y de adaptación sobre los usos de las tecnologías y, en particular, monitorear cómo las tecnologías afectan la cognición, recalibrar prácticas y mejorar/ampliar las capacidades. Queda la interrogante planteada sobre cómo en efecto los sistemas educativos promueven concepciones y prácticas de enseñanza, aprendizaje y evaluación orientadas a que los estudiantes tomen su tiempo para pensar —decantar— y conformar sus propias opiniones y juicios.
En síntesis, el seminal informe producido por el CCR pone la carga de la prueba en los sistemas educativos y, en particular, en cómo se preparan, ejecutan y rinden cuentas para que las tecnologías potencien las capacidades cognitivas humanas a la largo y ancho de la formación y la vida de las personas, alineado con imaginarios de desarrollo social. El desafío que enfrentan los sistemas educativos no es nuevo, ya que históricamente las tecnologías han impactado en el desarrollo cognitivo humano. Lo que sí parece ser removedor y preocupante radica en que la penetración y el impacto de la IA es mayor que otras tecnologías pasadas, en la medida en que las tentaciones y las oportunidades de delegar y hasta de abandonar capacidades humanas es elevada. Asimismo, un uso no inteligente de la IA puede resultar peligroso si no se acompaña de un mejoramiento sensible de la educación para potenciar precisamente las capacidades humanas de cara a direccionar las tecnologías con un claro sentido ético-humanista.