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    El triunfo de Bukele

    El problema es que los que empezaron a cruzar la frontera son los ciudadanos y es difícil que regresen; ya están fastidiados y dispuestos a tolerar algunos desbordes que antes eran impensables

    Director Periodístico de Búsqueda

    Esta historia ya tiene más de 30 años. Parece no terminar nunca. Al contrario, se pone cada vez peor, más insoportable, y los encargados de escribirla ni siquiera lo están viendo. Pasan las décadas, los gobiernos, las elecciones, los partidos políticos, los presidentes y los ministros, y la pelota de nieve sigue avanzando por la pendiente, cada vez más cerca de estallar sobre la cara de todos los ciudadanos, que esperan en el llano. En realidad, una parte ya reventó y salpicó a diestra y siniestra. No se salvó nadie.

    La protagonista se llama seguridad o, mejor dicho, inseguridad pública. Se trata de la gran pesadilla de todos los gobiernos, al menos desde hace 30 años, aunque se ha ido intensificando en los últimos quinquenios. La paradoja es que cada uno que llega al poder lo hace anunciando que puede comenzar a solucionar el problema y todos atraviesan el mandato convencidos de que lo están haciendo.

    Para no irse tan atrás, se puede tomar como fecha arbitraria de inicio de esta saga el comienzo del siglo XXI, allá por el año 2000. Lo bueno de arrancar en ese año es que, desde entonces hasta ahora, gobernaron Uruguay los tres principales partidos políticos: primero, durante cinco años, el Partido Colorado, en coalición con los blancos; después, durante 15 años, el Frente Amplio; luego, durante cinco años, el Partido Nacional, encabezando la Coalición Republicana; y ahora, otra vez, el Frente Amplio.

    El primer ministro del Interior del siglo fue el colorado Guillermo Stirling. Ya venía en ese cargo desde hacía unos años y su gestión tenía buena aceptación. Por eso el presidente Jorge Batlle resolvió mantenerlo. Las cifras de los delitos empeoraban año tras año y las calles se tornaban cada vez más violentas, pero la mayoría de la opinión pública lo consideraba uno de los mejores ministros de la administración de Batlle. Tanto que terminó siendo el candidato del Partido Colorado para las elecciones de 2004. Votó muy mal, la peor votación de esa colectividad política en su historia, pero ese es un capítulo aparte y no solo responsabilidad de Stirling.

    Luego, durante el primer gobierno frenteamplista, encabezado por Tabaré Vázquez, el encargado en asumir como ministro del Interior fue José Díaz, un veterano dirigente socialista. Una de sus primeras medidas fue la liberación de algunos presos para descongestionar las cárceles. Mucho ruido, debate y temor. La inseguridad seguía creciendo, aunque todavía no era la principal preocupación de la gente. Una “sensación térmica”, decía la siguiente ministra, Daisy Tourné, porque aseguraba que las cifras de delitos no justificaban esa percepción de miedo que ya había empezado a sentir la población.

    En 2010, cuando asumió la presidencia José Mujica, se inició la era de Eduardo Bonomi, que duró cerca de 10 años. Fueron 10 años en los que los delitos siguieron creciendo y la inseguridad se terminó transformando en la principal preocupación de los uruguayos. Sin embargo, muchos estaban conformes con su gestión y algunos hasta lo definieron como el mejor ministro del Interior desde el retorno democrático en 1984. Mejor, peor o más o menos, el tsunami lo pasó por arriba, tanto que aparecieron campañas exitosas de sus opositores con el eslogan “Vivir sin miedo” y algunos politólogos aseguran que fue justamente la inseguridad reinante lo que terminó de provocar la derrota del Frente Amplio en las elecciones de 2019.

    A los ministros del Interior blancos no les fue mucho mejor. El primero fue Jorge Larrañaga, que logró una baja de los delitos, aunque con la complicidad de la pandemia de coronavirus y la menor circulación de las personas. Luego de su fallecimiento, asumió Luis Alberto Heber y finalizó el período Nicolás Martinelli. Las cifras que terminaron mostrando registraban una leve mejora en algunos delitos, pero la percepción ciudadana era muy distinta. Ellos, al igual que los anteriores, decían que habían hecho las cosas muy bien, aunque, para la mayoría de las personas, las calles, sobre todo en las principales ciudades, seguían siendo lugares peligrosos y hostiles.

    Ahora es Carlos Negro el ministro del Interior del gobierno frenteamplista encabezado por Yamandú Orsi. Cambió de signo político el Poder Ejecutivo y también hubo algunas modificaciones a la baja en la cifra de ciertos delitos. Pero lo que no cambió, para nada, es el humor de la gente con respecto a la inseguridad. Una mayoría importante siente, según muestran todas las encuestas, que es demasiado poco lo que se está haciendo.

    Justo por estas horas el gobierno se dispone a presentar su Plan Nacional de Seguridad, luego de discutirlo durante más de un año, incluso con representantes de la oposición. Habrá que ver qué viene, pero a priori es difícil ser optimista con respecto a que los cambios sean significativos. Nadie ha cruzado la frontera, ni Negro ni todos sus antecesores en décadas. Optan por ir despacio, por no hacer demasiadas olas ni ponerse mucho más duros. Al menos hasta ahora.

    El problema es que los que empezaron a cruzar la frontera son los ciudadanos y es difícil que regresen. Ya están fastidiados y dispuestos a tolerar algunos desbordes que antes eran impensables. En un desayuno del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) celebrado la semana pasada, el director de Equipos, Ignacio Zuasnabar, difundió unos datos relacionados indirectamente con la inseguridad reinante en Uruguay, que sacuden hasta al más distraído. El líder extranjero más popular en Uruguay es el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, con 45% de simpatía, seguido por su par brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, con el 33%. Es más, entre los votantes frenteamplistas, 41% se sienten atraídos por Bukele.

    ¿Qué hizo Bukele, en pocas palabras, para tener ese nivel de aceptación? Llevar al límite el respeto a los derechos humanos y a otros valores democráticos para combatir con mano dura a la delincuencia. Y le funcionó. Tanto que un porcentaje altísimo de sus compatriotas también lo respaldan y logró reducir drásticamente los índices de violencia en su país.

    Orsi lo vio. Entrevistado por Desayunos Búsqueda a fines de noviembre del año pasado dijo que lo de Bukele era un “ejemplo a analizar”. Fue tal el revuelo que generó que tuvo que salir a matizar sus palabras. Pero tenía razón. Algo esta pasando al respecto en Uruguay. Aquí también parece estar ganando y creciendo Bukele. No está tan lejos. Al contrario, cada vez se acerca más. Ya es un triunfador en lo simbólico. Habría que hacer algo realmente disruptivo —y ya— para que no lo sea también en lo práctico.

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