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    Lo que hace falta

    Se siente como una apatía generalizada, como una chatura que mete miedo; los debates se han transformado en predecibles, ya se conoce el final antes de que empiecen; los dirigentes que salen a diario en los medios de comunicación masivos no se destacan por ideas distintas o por opiniones disruptivas

    Director Periodístico de Búsqueda

    Hay algo que se perdió. Hace ya un tiempo que no se ve por ningún lado. No es que no esté más, porque de alguna forma siempre vuelve. Lo que no se sabe es qué contorno adoptará en la próxima oportunidad o cuál será su manera de revivir y de ir creciendo hasta arrollar con todo lo que encuentre por su camino; tampoco si ese proceso llevará un tiempo o será de golpe, como ya ha pasado en otras oportunidades. Aunque lo más probable es que sea lento, porque así ocurren todas las cosas en Uruguay.

    Lo que hace falta y no está apareciendo es un relato que logre entusiasmar. Uno a uno, todos ellos se han ido debilitando o cayendo, ya no enamoran como antes. Y entonces, lo que terminó ocurriendo es esta especie de desidia en la que estamos hoy, de letanía que hace que todo parezca en cámara lenta.

    Porque está bien que se haya hablado mucho durante las últimas semanas de la desaprobación que sufre el actual gobierno. Es un tema muy importante, un síntoma de cierto descontento que viene creciendo ante lo que muchos ven como inacción o acciones en un sentido contrario al deseado. Sin embargo, hay otras señales que no se están viendo con claridad, que son tapadas por el fuerte ruido del debate político y por la utilización partidaria de esos guarismos.

    Algunos analistas lo han planteado de forma muy clara. Uno de ellos fue Adolfo Garcé, quien desde esta misma tribuna de opinión en Búsqueda escribió una columna la semana pasada bajo el título Elogio de la ideología, en la que advertía sobre los riesgos de que todo el espectro político se corriera al centro y dejara de lado sus tradiciones ideológicas. Vale el planteo, es como para tenerlo en cuenta.

    Pero, sin entrar en esa cuestión tan de fondo, lo que también hace falta es un conjunto de líderes políticos que despierten entusiasmo entre los ciudadanos, que puedan construir relatos que ilusionen a unos cuantos y que los mantengan encendidos, sea para un lado o para el otro. La desmotivación parece bastante generalizada y eso es realmente preocupante.

    Porque la oposición tampoco tiene una buena evaluación en las últimas encuestas de opinión. La mayoría de los dirigentes blancos y colorados cuentan con un saldo negativo y también es negativa la visión de la mayoría de los uruguayos sobre el rol que está ocupando la coalición republicana desde el llano. Tampoco allí se encuentra un relato muy atractivo para la mayoría de los uruguayos.

    Por eso es que se siente como una apatía generalizada, como una chatura que mete miedo. Los debates se han transformado en predecibles, ya se conoce el final antes de que empiecen. Los dirigentes que salen a diario en los medios de comunicación masivos no se destacan por ideas distintas o por opiniones disruptivas. No está pasando nada que sorprenda, en casi ningún lado.

    El principal referente y líder indiscutido del bloque opositor es el expresidente Luis Lacalle Pou, pero eligió quedarse por fuera del debate público. Se llamó a silencio y se bajó de los escenarios. Todo el mundo sabe que está pero casi nadie lo ve. No es protagonista más que por la posibilidad de que en algún momento vuelva, pero todavía falta mucho para las próximas elecciones.

    Y la falta de un relato atractivo está ocurriendo ahora. El gobierno no lo tiene o al menos no lo ha logrado mostrar con la contundencia necesaria. No está funcionando o, al menos, lo está comunicando muy mal. Sus electores no terminan de distinguir cuál es el principal motor de esta administración, no hay ideas fuerza, y ese es un problema serio.

    Cuando en 2005 asumió por primera vez el Frente Amplio el poder, de la mano de Tabaré Vázquez, el relato estaba muy claro. Todo generaba expectativas, había un convencimiento de un cambio significativo de rumbo y una mayoría coyuntural que creía en él. Después el que ganó fue José Mujica, que logró capitalizar de la mejor manera su tiempo, mostrándose como un líder político muy distinto, que rompía los esquemas. El segundo gobierno de Vázquez llegó más por inercia y se fue desdibujando mientras avanzaba. Todos esos relatos que habían funcionado a la perfección en el pasado para el Frente Amplio comenzaron a resquebrajarse.

    Fue entonces que empezó a crecer la figura de Lacalle Pou. Ya había tenido un repunte acelerado en las elecciones de 2014, que después terminó de consolidar en 2019. Se cayó un relato, como también escribió en estas páginas Facundo Ponce de León, en detrimento de otro, que se imponía. Después de 15 años, los opositores volvieron al gobierno y se renovaron expectativas, buques insignia y los discursos a cargo del poder.

    Fue entonces que ocurrió como una especie de punto de quiebre. Todos empezaron a hablar de los relatos de unos y de otros, y es como si se hubiesen neutralizado. Como en las matemáticas, uno menos uno, cero. La competencia terminó siendo entre dos candidatos corridos al centro: el entonces oficialista Álvaro Delgado y el opositor Orsi. Pero ninguno de los dos propuso grandes cambios, nadie anunció nada ni parecido a un giro de 180 grados.

    Lo que ocurrió después es bien conocido. Ganó Orsi en la segunda vuelta electoral, con una ventaja superior a la prevista, e instaló un gobierno centrado en la “revolución de las cosas simples”, tal cual había prometido durante toda su campaña electoral. Desde el primer momento dejó en claro que lo suyo no iban a ser los grandes anuncios, que prefería recorrer el camino del medio, tratando de articular en lugar de sacudir y de confrontar.

    Pero algo pasó y sigue pasando. Da la sensación de que no hay algo en que creer. No se puede encontrar ninguna bandera que pueda ser abrazada por los votantes, no hay un discurso predominante ni algún buque insignia que al menos se parezca a un relato consolidado. No existe, es evidente.

    Podría estar la oposición ocupando ese espacio, pero no parece ser el caso. Al contrario, se ha transformado en demasiado agresiva y no está creando ese lugar en el que suelen crecer las esperanzas de los desencantados. Lo que está provocando en una parte importante del electorado, fundamental en la definición de las elecciones, es cansancio.

    Por eso, cuando se pone el futuro de la coalición republicana arriba de la mesa, el único que aparece como una certeza es Lacalle Pou. Ha mantenido su popularidad y su buena imagen pero, otra vez, hay un problema importante: no está. Y la gente necesita creer en algo y tenerlo cerca. Para eso están juntamente los relatos y las personas que los representan, que han confirmado su importancia durante todos los últimos años.

    Nada bueno aparece cuando se pierde la esperanza. Sobran los ejemplos y no están tan lejos.