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La perotonitis tiene preferencia por determinados sectores del Estado, como educación, relaciones laborales, seguridad y todo lo vinculado a reformas profundas de la inmensa estructura institucional pública, que se arrastra pesada y torpe como un elefante sobre la arena
Para saber qué tan inteligente es una persona que ocupa un lugar de liderazgo, es importante mirar de quién se rodea. Los que realmente tienen claro cómo ejercer esa función son los que están dispuestos a tener en su equipo más cercano a personas igual o más inteligentes que ellos. No falla. Hagan la prueba y verán cómo esa regla se cumple casi siempre, en especial en los cargos de mayor jerarquía, tanto en el ámbito público como en el privado.
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¿Por qué? Porque a mayor inteligencia, mejores serán los aportes que tendrán para hacer los asesores y más relevantes las críticas. Y las personas que están en un cargo de mucho poder suelen no recibir demasiados cuestionamientos directos. Solo los más seguros y formados son los que se les animan y justamente esos son los que les hacen falta. Alcahuetes pueden tener por decenas, pero sirven para muy poco.
Por eso, los peros son muy importantes para quienes mandan. Es necesario que los reciban a diario y, en especial, de personas de su confianza. Sí, pero… O no, pero… Esos peros suelen hacer la diferencia. Matizan las decisiones, las visten de sentido común y sirven para sopesar las distintas realidades y los costos y beneficios de cada paso.
Bienvenidos sean, entonces, los peros. El problema es cuando se transforman en dominantes, cuando avanzan como si se tratara de un virus incontrolable y terminan por controlar primero los espacios de decisión y luego toda la estructura social por debajo. Porque los peros ante cada paso y cada propuesta, por más insignificante que sea, generan un efecto devastador, de inmovilismo. Puede ser, pero mejor no, porque se puede complicar. Sí, sí, pero tampoco, porque es demasiado sencillo y no tendrá los efectos esperados. Está muy bien, pero habría que discutirlo un poco más. Es por ahí, pero mejor analizar otros escenarios diferentes. Es ahí donde se encuentra la enfermedad de la perotonitis, una patología que comparten muchos uruguayos.
La perotonitis dificulta la resolución de cualquier tema, por más urgente que sea. Genera un exceso de diagnósticos, de informes muy elaborados y de contrainformes para contradecir esos informes, de asesores que recomiendan un plan meticuloso a aplicarse con un cronograma preestablecido y de otros que discrepan con el plan, con el programa o con lo previamente establecido.
La perotonitis es el camino más fácil hacia la indefinición, es la forma de alargar las discusiones hasta que se hagan insoportables, es el mecanismo que mejor funciona cuando la mayoría de los involucrados prefieren que todo siga como está. No hay nada más pesado en la espalda de una hacedor que la perotonitis crónica. Logra aplacar hasta al más entusiasta.
La perotonitis genera una chatura que atrapa como si fuera un imán. Es muy contagiosa, en especial en algunas áreas. Tiene preferencia por determinados sectores del Estado, como educación, relaciones laborales, seguridad y todo lo vinculado a reformas profundas de la inmensa estructura institucional pública, que se arrastra pesada y torpe como un elefante sobre la arena.
Hay algunas excepciones, por supuesto. Refiriéndose solo a lo público, todos los gobiernos las tienen. Siempre cuentan con una o dos áreas en las que logran avanzar por fuera de la perotonitis. De todas formas, no dejan de ser pequeñas islas en un mar de discusiones eternas e idas y vueltas sin ningún resultado concreto.
Porque justamente en la política es donde la enfermedad está más extendida desde hace tiempo y se hizo mucho más evidente en los últimos años. Parecen mandar los fanáticos, los que a todo dicen que no o los que avanzan sin consultar ni escuchar a nadie. Entramos en una especie de guerra silenciosa en la que el objetivo es destruir y dejar cualquier principio de avance para otro momento. Ya no se trata del aporte constructivo para mejorar cada una de las propuestas que se presentan. Ahora es no porque no y, además, con el objetivo de aniquilar.
Otra vez lo del principio: el pero, cuando se utiliza en su justa medida, es muy útil porque apuesta a la excelencia. Pero (y que valga la redundancia) la enfermedad de perotonitis genera el efecto contrario, contagia todo de mediocridad. Lo que provoca en el cuerpo de los que la padecen es un odio desmedido, que los alista en una política belicista, de no aceptar ni un suspiro que pueda llegar de lo que ellos definen como enemigo, aunque solo se trate de un adversario.
Siempre no. No, incluso antes de escucharlo. No porque viene de él, no importa lo que diga. No porque lo importante deja de ser el instrumento y pasa a ser quién lo maneja. El enemigo puede proponer la mejor reforma o instalar el mecanismo más eficaz para resolver un problema, pero (otra vez el pero enfermo), si es manejado por él, no va a servir o va a ser utilizado para hacer el mal.
Está pasando, por ejemplo, con la creación del Ministerio de Justicia, que formaba parte del programa de gobierno de los principales partidos políticos. Ahora se propuso y la oposición se niega a votarlo. Algunos ya se habían manifestado en contra antes, como el senador colorado Pedro Bordaberry, pero son los menos. Es no porque lo promueve el gobierno del Frente Amplio y porque detrás está el prosecretario de la Presidencia, Jorge Díaz.
Antes ya había pasado al revés, en más de una oportunidad. Para poner solo un ejemplo, la ley que habilitaba a Ancap a asociarse con privados fue derogada por un referéndum promovido por el Frente Amplio durante el gobierno de Jorge Batlle, por más que en su redacción habían participado al menos dos senadores frenteamplistas. Era no porque Batlle era el presidente, aunque el instrumento fuera bueno. Tanto es así que después gobernó el Frente durante 15 años y terminó aplicando muchas de las medidas incluidas en esa ley, luego derogada.
Hay muchos ejemplos más que demuestran que una parte importante del sistema político está enferma de perotonitis. Esos son solo dos casos, uno más cercano y otro un poco más lejano, pero basta con ver que viene ocurriendo durante los últimos quinquenios cuando un gobierno hace algún anuncio público relevante. La perotonitis salta a la vista de forma casi inmediata.
También sirve para confirmar la expansión del virus un repaso de cómo se abordan algunos casos recientes de mala gestión o de evidentes irregularidades en el manejo de los fondos públicos. La reacción a estos asuntos suele derivar en una competencia insólita entre oficialismo y oposición de turno sobre quién tiene más denuncias de corrupción o quién administró peor los recursos.
Da como para preocuparse. Porque, además de ser contagiosa, la perotonitis avanza y tiene muy mal pronóstico.