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    Erosión democrática en tiempos de IA

    Conviene identificar los riesgos antes de que se materialicen: la IA puede deteriorar las condiciones del debate público, debilitar los mecanismos de representación y alterar decisivamente la distribución del poder

    Columnista de Búsqueda

    La semana pasada asistí al congreso de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip). El evento, en el que participaron cerca de dos mil personas, fue un testimonio alentador del dinamismo de nuestra disciplina en la región. Hubo un motivo adicional de alegría: dos colegas uruguayos recibieron dos premios muy importantes de Alacip. Fabricio Carneiro, profesor en el Departamento de Ciencia Política de Facultad de Ciencias Sociales, Udelar, obtuvo el Premio Guillermo O’Donnell 2026 a la mejor tesis doctoral (2024-2025). Fabricio elaboró su tesis titulada “Del estatismo al neocorporativismo: sindicatos, empresarios y gobierno en Uruguay (1943–2023)” en la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires. A su vez, Francisco Panizza recibió el Premio Gláucio Soares 2026 a la Trayectoria Académica. Francisco se formó en Derecho en la Universidad de la República y fue profesor del viejo Instituto de Ciencia Política de esa facultad entre 1987 y 1990. Luego de hacer su doctorado en Essex, y durante cerca de tres décadas, dictó clases de política latinoamericana en London School of Economics and Political Science. La distancia no impidió que siguiera manteniendo, hasta hoy, un estrecho vínculo con nuestra comunidad.

    Luego de agradecer la distinción recibida, Panizza pronunció una conferencia en la que abordó el vínculo entre la enorme transformación generada por la IA en el capitalismo mundial (en sus palabras, el “tecnocapitalismo”) y los desafíos de la democracia en la región (los problemas de las “democracias en disputa”). La elección del tema me sorprendió. En lo personal, algo había venido leyendo acerca de IA y democracia, en textos académicos como los de Ernesto Calvo acerca del impacto de las redes sociales, o en los de Emanuel Adler sobre los riesgos de la inteligencia artificial (IA) generativa. También tenía noticias acerca de la preocupación que el tema despierta en actores políticos, especialmente en Europa. En Uruguay, dicho sea de paso, el diputado Rodrigo Goñi, presidente de la Cámara de Representantes, le viene concediendo a este asunto un destaque especial en su agenda. Pero la conferencia de Panizza me obligó a prestar más atención. Si será grande lo que está en juego qué León XIV dedicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, a la IA y su gobernanza, texto que también vale la pena leer.

    La literatura sobre esta temática viene creciendo exponencialmente. Estoy lejos de poder proponer un argumento tan sólido como el tema merece. Pero, mientras sigo leyendo, quiero compartir una conclusión tentativa y sintética. La IA no amenaza a la democracia porque piense mejor que los seres humanos. La amenaza consiste en que puede alterar silenciosamente las instituciones, los intermediarios y las prácticas que hacen posible la democracia. De hecho, ya lo está haciendo.

    En primer lugar, la IA altera las condiciones del debate público. La democracia no empieza cuando los ciudadanos votan. Empieza mucho antes, cuando deliberan. Esto es, cuando intercambian argumentos, confrontan evidencias y forman su opinión sobre asuntos de interés común. La IA puede alterar profundamente ese proceso. Primero, porque tiende a fragmentar el espacio público. Cada ciudadano recibe información, argumentos y hasta imágenes diseñadas especialmente para él, debilitando la existencia de una conversación compartida. Segundo, porque abarata de manera extraordinaria la producción de desinformación. No se trata solamente de que circulen más noticias falsas, sino de que resulte cada vez más difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso. Finalmente, porque los algoritmos privilegian los contenidos que despiertan emociones intensas, favoreciendo la polarización afectiva y reduciendo los incentivos para escuchar al adversario. Ninguno de estos efectos constituye una consecuencia inevitable de la IA. Dependerán de las decisiones que adopten los gobiernos, las empresas tecnológicas y las propias sociedades. Pero los riesgos existen y conviene tomarlos en serio. Si la IA deteriora las condiciones del debate público —el espacio compartido, la confianza en la información y la disposición a deliberar—, terminará debilitando el principal cimiento de cualquier democracia.

    La IA también puede alterar las condiciones de la representación política. Los partidos existen para agregar intereses, elaborar programas y ofrecer a los ciudadanos proyectos relativamente estables de sociedad. Sin embargo, la IA tiende a reforzar una lógica diferente. La posibilidad de dirigir mensajes distintos a cada votante, adaptados a sus preferencias, emociones y temores, favorece campañas cada vez más personalizadas y menos programáticas. Cuando cada elector recibe un discurso diferente, el programa pierde relevancia y el liderazgo gana centralidad. La consecuencia puede ser el debilitamiento de los partidos y el fortalecimiento de formas de representación más personalistas y, eventualmente, populistas.

    La IA también plantea desafíos para el ejercicio del poder. Nunca antes un puñado de empresas privadas había concentrado semejante capacidad para acumular datos e influir sobre el flujo global de información. Esa concentración de poder tecnológico modifica el equilibrio tradicional entre el Estado y el mercado. En muchos terrenos, los gobiernos dependen cada vez más de plataformas privadas para comunicar, regular o incluso prestar servicios públicos. El problema no es únicamente económico. Es, sobre todo, político. Cuando actores privados adquieren capacidades comparables —o superiores— a las de muchos Estados, la soberanía democrática comienza a erosionarse.

    Ninguno de estos procesos constituye una consecuencia inevitable de la (IA). La historia demuestra que las tecnologías no tienen efectos predeterminados. Todo dependerá de las instituciones, de las regulaciones y de las decisiones políticas que adopten las democracias. Pero conviene identificar los riesgos antes de que se materialicen. La IA puede deteriorar las condiciones del debate público, debilitar los mecanismos de representación y alterar decisivamente la distribución del poder. Si esos tres procesos avanzan simultáneamente, el resultado puede ser una democracia cada vez menos deliberativa, menos representativa y menos capaz de gobernar los cambios tecnológicos. El mayor riesgo de la (IA) no es que las máquinas sustituyan a los seres humanos. Es que, casi sin advertirlo, terminen debilitando las instituciones que hacen posible la democracia.