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    Un país donde cada vez cuesta más cruzarse con un niño

    Uruguay se está quedando sin niños en las veredas, sin niños en los almacenes, sin niños acompañando a sus padres en el trabajo

    Hay algo que los uruguayos estamos dejando de notar porque sucede despacio, y porque lo que desaparece no desaparece del todo, sino que se desplaza. Los niños siguen estando, pero en otros lugares. En el parque con cerco, lindo y seguro, diseñado para que estén contenidos y protegidos. En la cancha de baby fútbol un sábado de mañana. En la escuela, cuando van. Hay espacios que la ciudad les reserva, casi como antes se reservaban espacios para las mascotas, con la misma buena intención y el mismo efecto involuntario de delimitar, de separar.

    Lo que ya no está es otra cosa. Ya no está el niño esperando el ómnibus en la esquina para ir a la escuela. No está el que compraba en el almacén con las monedas que le dio la madre. No está la nena sentada en la vereda de enfrente mirando pasar el mundo. No están los niños acompañando a sus padres en el reparto, separando mercadería en la tienda mientras alguien les revisa los deberes encima de una caja. Esas presencias eran tan naturales que nadie las nombraba. Ahora son ausencias tan naturales que tampoco nadie las nombra.

    En 2015 nacieron 48.926 uruguayos. En 2025 nacieron 28.903. Son unos 20.000 niños menos por año, en un país que ya era pequeño, y una curva que sigue bajando y que convierte a cada niño que nace hoy en una rareza.

    Podríamos detenernos ahí y ya alcanzaría para entender que Uruguay está en un momento bisagra. Es que la curva de nacimientos es apenas la primera capa.

    De esos niños que nacen y crecen, alrededor del 21% viven en condiciones de pobreza según la medición oficial, y las mediciones más exigentes acercan esa cifra al 29%. En los mayores de 65 años, la pobreza es del 1,8%. Uruguay construyó a lo largo de décadas un sistema de protección social que cuida bien a sus adultos mayores, y eso es un logro genuino. La contracara de ese logro es que la pobreza se mudó al otro extremo de la vida, al único grupo que no puede reclamar por sí mismo.

    Y esos niños, cuando llegan a la escuela, enfrentan un sistema que los recibe, pero que no siempre logra retenerlos ni hacerlos crecer. En primaria, la asistencia recuperó en 2025 los valores previos a la pandemia. Pero en secundaria uno de cada cinco estudiantes todavía no va regularmente a clase, y hay un 4% que durante el año pasado asistió a menos de la mitad de las jornadas escolares. Niños que estuvieron más tiempo afuera de la escuela que adentro. En tercer año de educación media, el 66% de los estudiantes se ubica en los niveles más bajos de matemática, y entre el 70% y el 80% de las diferencias de desempeño entre escuelas se explica por el contexto socioeconómico del alumnado. Es decir que en Uruguay todavía es el barrio donde nace, más que cualquier otra cosa, lo que anticipa hasta dónde puede llegar un niño.

    ¿Qué tiene que ver todo esto con la inteligencia artificial, con la tecnología, con la innovación en educación?

    Todo. Porque la inteligencia artificial y las tecnologías que están llegando a las aulas llegan justo en el momento en que Uruguay tiene la menor cantidad de niños de su historia reciente, en que esos niños enfrentan niveles de pobreza que duplican los del resto de la población, y en que el sistema educativo que debería compensar esas desigualdades no está logrando hacerlo con suficiente fuerza. En ese contexto, cada niño que el sistema pierde es una fracción de un país que ya no puede darse el lujo de perder fracciones.

    La tecnología bien usada no resuelve la pobreza estructural. No llena las heladeras ni paga el alquiler. Pero puede hacer algo que al sistema educativo uruguayo históricamente le costó: encontrar a cada estudiante donde está, ofrecerle algo que le sea útil en sus propios términos y acompañar su proceso sin que el punto de partida lo condene de antemano. Puede darle a una maestra de una escuela de contexto crítico recursos que hasta hace poco solo estaban en algunos colegios privados de Montevideo. Puede ayudar a un director a entender qué está pasando en su institución antes de que el problema se vuelva irreversible. Puede ayudar a recuperar algo que el sistema perdió después de la pandemia: el vínculo entre los estudiantes y la escuela, la sensación de que ese lugar vale la pena.

    Pero nada de eso sucede solo. Sucede cuando las comunidades educativas deciden que su trabajo no es únicamente enseñar lo que siempre se enseñó de la manera que siempre se enseñó. Sucede cuando los equipos docentes y de dirección entienden que investigar, experimentar y mejorar de manera sistemática es el trabajo de fondo de cualquier escuela que quiera mejorar, tenga los recursos que tenga.

    Las investigaciones sobre el sistema educativo uruguayo muestran algo que a veces se pierde en el ruido de los datos agregados. Hay escuelas que, aun en contextos difíciles, logran resultados mejores de los esperados, y lo que las diferencia tiene menos que ver con el equipamiento o el presupuesto que con el liderazgo, la estabilidad del equipo y la cultura de hacerse preguntas y de buscar respuestas juntos. Sostener esa cultura en el tiempo y a la escala que Uruguay necesita pide algo más que buenas intenciones y docentes comprometidos. Pide talento nuevo, roles que hoy casi no existen en el sistema y una disposición real a invertir en ellos.

    La experiencia educativa de este tiempo puede acompañar al estudiante donde está, trascender los muros de la escuela, medirse y mejorar de manera continua. Pero solo si hay quienes la diseñen y la sostengan. Personas que entiendan cómo alguien aprende en entornos altamente mediados por tecnologías digitales, que sepan leer lo que muestran los datos de una trayectoria, que puedan acompañar sin sustituir. La tarea educativa de este tiempo dejó de ser la de un docente solo frente a 30 estudiantes. Es una tarea de equipo, construir esos equipos es parte del trabajo, y no alcanza con que suceda en algunas escuelas.

    Uruguay se está quedando sin niños en las veredas, sin niños en los almacenes, sin niños acompañando a sus padres en el trabajo. Los que quedan, los 28.903 que nacieron este año y los que nacerán el próximo, no necesitan un parque con rejas. Necesitan una sociedad que los tome en serio, que use todo lo que tiene disponible para que ninguno quede del lado de afuera, y que entienda que el futuro de un país que se achica depende de lo que le pase a cada uno de ellos.

    Van a crecer de todos modos. Lo que no sabemos todavía es qué van a encontrar cuando salgan a la vereda.