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    ¿Es obligatorio vivir?

    La eutanasia es un tema peliagudo, tiene muchas dimensiones, e incluso quienes defendemos el derecho a disponer de la propia vida sabemos que hay alrededor cuestiones éticas, filosóficas, espirituales

    Columnista de Búsqueda

    La noticia cayó sobre mí con el efecto de un martillazo: la televisión escupió que hoy jueves, a las 6 de la tarde y mientras escribo, Noelia dejará de respirar en Barcelona. En este mismo momento alguien está a punto de suministrarle la dosis letal, la eutanasia que solicitó al gobierno y que fue aprobada en 2024, objeto de tantas prórrogas por los recursos legales que interpuso su padre. El propofol le inducirá un coma, y el bloqueante neuromuscular paralizará totalmente su organismo. Y ahora mismo la joven de 25 años morirá.

    La llaman “muerte digna”, aunque no sé si hay dignidad en algo tan definitivo e irrevocable como la muerte. Hubiera sido mejor acordarse de la dignidad mientras Noelia Castillo crecía, mientras transcurría su existencia. Pasó una parte de su vida en una familia disfuncional en la que la pobreza, las adicciones y los problemas mentales fueron la constante. La otra parte la pasó en centros de acogida de menores del Estado, donde fue violada dos veces, al menos, una de ellas por un grupo. Cuando se libró de la “protección” del Estado corrió a saltar de un quinto piso para terminar con su vida, con la mala suerte de que sobrevivió con secuelas terribles: una lesión medular grave e irreversible, una paraplejia que le provocaba fuertes dolores neuropáticos y que impedía la movilidad completa de sus extremidades. Un abismo de desesperación, de sinsentido, de angustia. Y más depresión. No, Noelia no tuvo la suerte de una vida mínimamente decorosa y, agotada por los tormentos físicos y psicológicos, solicitó la eutanasia, la llamada “muerte digna”. Tal vez sintió que era la única dignidad a su alcance.

    En torno a su decisión se armó un verdadero circo, un parque temático de emociones extremas desencadenadas por el tema. Un enfrentamiento visceral entre tirios y troyanos armados con consignas de partido de fútbol: a favor o en contra de la decisión de Noelia, de su derecho legal, del mandato de la Justicia. En el match de la eutanasia, como en tantos otros, los opinantes compiten por la posesión exclusiva de la ética, por ver quién tiene la moral más elevada. Hay quienes dicen que la vida humana es única y sagrada, hecha “a imagen y semejanza del Creador”, aunque dejan de lado a los que no tenemos o no creemos en un creador. Otros toman como eje de la discusión la autonomía de la persona en caso de dolor físico o psíquico que haga la vida insoportable. Sí, hablan de respetar, de aceptar las decisiones personales del que sufre, de asistir a la persona en ese final que ha elegido, aunque queda en entredicho el paradigma tradicional de la medicina que “cura”. Cada uno podrá tener su posición, defender su trinchera, pero lo único innegable es que en este caso, el de una persona joven y con la vida por delante, hubo una derrota moral del sistema de cuidados del Estado que debió ampararla.

    Sí, la eutanasia es un tema peliagudo, tiene muchas dimensiones, e incluso quienes defendemos el derecho a disponer de la propia vida sabemos que hay alrededor cuestiones éticas, filosóficas, espirituales. Es un derecho consagrado por ley, sin duda, pero también lo son la vida digna y la justicia, aunque Noelia tuvo poco de eso mientras vivió. “Por fin lo he conseguido. A ver si ya puedo descansar porque no puedo más con esta familia, con los dolores, con todo lo que me atormenta en la cabeza de lo que he vivido”, dijo en su última, lacerante entrevista en televisión.

    El texto de la disposición dice que quien se encuentra frente a un “padecimiento grave, crónico e imposibilitante o de enfermedad grave e incurable causante de un sufrimiento físico o psíquico intolerable” tiene derecho a solicitar la muerte digna, previo pasaje por una comisión evaluadora. Todas eran cuestiones que Noelia había superado hacía dos años. “Quiero irme ya y dejar de sufrir y punto. Ninguno de mi familia está a favor de la eutanasia. ¿Y yo, todo el dolor que he sufrido durante todos estos años?”, dijo. Pero no fue fácil para ella: el padre, asistido por Abogados Cristianos, la obligó a atravesar un campo minado de maniobras dilatorias.

    Algunos revocan su pedido de eutanasia, llegan al borde del abismo y retroceden, pero este no fue el caso, según acabo de enterarme. Leo: “Murió Noelia Castillo”. Tenía 25 años. Dolor, trauma, depresión. Una agresión brutal como sombra en su pasado. Qué fácil era pedirle a Noelia que superase sus problemas, que luchase en nombre de un Dios que quizá no era el suyo. Lo único innegablemente suyo fue el sufrimiento y, mal que le pese a tantos, el derecho a terminar con su vida. ¿Era necesario pasar por ese vía crucis administrativo y legal para poner fin a una existencia que le pesaba demasiado? ¿Es obligatorio vivir? “Murió Noelia Castillo”, dice el titular, y las preguntas quedan soplando en el viento.

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