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    Están ganando los idiotas

    En el mundo de las redes sociales, que son las que dominan la agenda de muchos medios, los therians les están ganando a los verdaderos animales, los tirabombas a los políticos de fuste, los frívolos a los intelectuales, los superficiales a los que hacen pensar, los cinco minutos de fama a los verdaderos artistas

    Director Periodístico de Búsqueda

    La anécdota es maravillosa. Ocurrió en mayo de 2025, hace menos de un año, aunque podría haber sido el mes pasado, esta semana, hoy mismo, o mañana, porque nada cambió desde entonces. Al contrario, el problema se ha ido incrementando día tras día. Nadie lee nada fue la frase disparadora. Así empieza esta historia.

    La protagonista fue la escritora argentina Leticia Martín, que sábado tras sábado publicaba una columna de opinión en el diario Perfil. Hacía tiempo que venía sintiendo que sus editores no le prestaban atención, que no la tenían en cuenta, y un sábado de mayo resolvió hacer una jugada maestra, de esas que si salen bien significan un jaque mate.

    Nadie lee nada, así tituló Martín su columna y la mandó a sus editores para que fuera publicada. Pero esta vez no relataba historias ajenas, ella era la protagonista. Ella y sus jefes. Porque lo que contaba era que hacía mucho tiempo que venía soportando la absoluta desidia de los responsables del diario.

    “Ya hace más de un año que escribo esta columna semanal para Perfil; un trabajo que implica compromiso, un deadline, tener palabra y encontrar una forma. Que también creí implicaba cierta trayectoria. Pero hace seis meses que no recibo el pago por mis servicios. Ni el pago ni un aumento, como si los servicios o el costo de vida no hubieran aumentado”, empezaba. Ese era el primer párrafo de su columna. Después profundizaba en esas cuestiones que dejaban muy mal parados a los periodistas a cargo de la publicación.

    Y, efectivamente, nadie la leyó. Pero solo hasta que se publicó en la edición papel y en la digital tal cual ella la había enviado, sin cambiarle ni una coma. Después sí que se leyó, tanto que se viralizó en las redes sociales. Entonces los responsables decidieron quitarla de la web, ahora sí enterados de que eran ellos los malos de la película. Como consecuencia, mucha más gente la leyó. Primero fueron cientos, después miles y después decenas de miles. Martín se quedó sin su columna semanal, pero logró exponer públicamente la ignorancia de la que era objeto.

    Una jugada arriesgada y con un resultado satisfactorio para sus intereses, pero con un enunciado que terminó siendo impreciso. Porque no es que nadie lea nada. Es probable que las nuevas generaciones lean más que sus antecesoras, aunque de una forma muy distinta. Peor, para ser más preciso. Ahí está el problema, que arrastra a casi todos como un enorme tsunami. Ahora se lee con un exceso de inmediatez, con una ansiedad al extremo, con un máximo de dos o tres frases. Una mayoría considerable lee; el tema es que lo hace a través de su gran adicción a las redes sociales.

    Lo que está en verdadero peligro de extinción es la lectura profunda, el tomarse muy en serio la actividad de leer un libro o un ensayo o aunque sea un cuento corto o una poesía o una nota periodística. La atención está muy dispersa y la paciencia brilla por su ausencia. Las redes sociales explotan todo en mil pedazos muy pequeños, de muy pocos caracteres, y eso eso lo que termina siendo masivo.

    Leen sí, pero leen porquerías. O solo lo que les tiran a la cara los algoritmos, que se encargan de alimentar todos los prejuicios y dogmatismos. Leen a las “legiones de idiotas”, a las que ya se refería hace una década el escritor y filósofo italiano Umberto Eco al analizar las entonces incipientes redes. Un profeta era Eco. Sostenía que herramientas como Twitter y Facebook permiten que la opinión de los “necios” tenga la misma relevancia que “la de un premio Nobel”.

    “Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, comentó el autor de El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault en declaraciones al diario italiano La Stampa en junio de 2015.

    Tres meses antes, en una entrevista con el diario español ABC, Eco ya había manifestado que las redes sociales son un instrumento peligroso porque no permiten conocer quién está hablando. “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, argumentó en esa oportunidad.

    Respecto a la influencia de internet sobre el trabajo periodístico, opinó: “En el viejo periodismo, por muy asqueroso que fuese un periódico, había un control. Pero ahora todos los que habitan el planeta, incluyendo los locos y los idiotas, tienen derecho a la palabra pública”.

    “Hace un tiempo se podía saber la fuente de las noticias: agencia Reuters, Tas…, igual que en los periódicos se puede saber su opción política. Con internet no sabes quién está hablando. Incluso Wikipedia, que está bien controlada. Usted es periodista, yo soy profesor de universidad, y si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira”, se quejó en esa entrevista.

    Pues, una década más tarde, ahí sigue estando el centro del problema. Porque, en lugar de ganar la batalla los medios tradicionales, lo que está ocurriendo es que una parte importante de ellos ya se dieron por derrotados y lo que hacen es adaptar el 100% de su contenido a lo que mandan los algoritmos o a lo que surge de los clics y el ruido de las redes.

    Entonces, lo que ocurre es que el periodismo que ofrecen muchos de esos medios pierde calidad y se centra en cuestiones menores o sube el volumen de los insultos como forma de atraer a más lectores. Por supuesto que hay excepciones y que todavía hay muchos a los que les interesa la calidad, pero están perdiendo la guerra. Eso es un hecho.

    Para ejemplo basta con tomar los portales más populares de Uruguay un solo día, al azar. Se puede hacer un repaso general y después ir a las notas más leídas. Salvo que haya alguna bomba periodística, lo que encontrarán ahí serán insultos, asesinatos, accidentes o algún episodio escabroso, de esos que antes quedaban solo reservados para la prensa amarilla o “del corazón”.

    En el mundo de las redes sociales, que son las que dominan la agenda de muchos medios, los therians les están ganando a los verdaderos animales, los tirabombas a los políticos de fuste, los frívolos a los intelectuales, los superficiales a los que hacen pensar, los cinco minutos de fama a los verdaderos artistas.

    En definitiva, tenía razón Umberto Eco. Lamentablemente. Están ganando los idiotas. Y cuando ganan lo idiotas, algún día pueden llegar a gobernar los idiotas. Y, cuando gobiernan los idiotas, perdemos todos.

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