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Si hay más recursos para las políticas sociales y los cambios estructurales que se reclaman, habrá menos malestar; pero, si no hay cambios significativos, será el Movimiento de Participación Popular, columna vertebral del gobierno, el que cargará con el costo político
Durante 2025 quedó muy claro. Una parte significativa del electorado y de las bases sociales frenteamplistas no ocultaron su descontento. Cabía preguntarse, a fines del año pasado, si durante 2026 el gobierno se acercaría o no un poco más al Frente Amplio para atender este malestar. Ahora que escuchamos los discursos del Primero de Mayo, y que se conoció el documento final del Diálogo Social, esta pregunta tiene más actualidad todavía. ¿Se vendrá un giro a la izquierda?
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El Diálogo Social no fue cosmética política ni una cortina de humo. El Diálogo Social fue la respuesta que logró formular el Frente Amplio entre 2023 y 2024 para navegar entre la propuesta de reforma de la seguridad social aprobada por el gobierno liderado por Luis Lacalle Pou y la reforma constitucional propuesta por el PIT-CNT y otras organizaciones sociales. En otros términos: fue una pieza clave de la estrategia frenteamplista y una promesa electoral de primer orden, que apeló a lo que Javier Rodríguez Weber denomina el “alma republicana” del Frente Amplio, es decir, a su vocación por promover la participación en el diseño de políticas públicas. El gobierno cumplió con seriedad esa promesa electoral y convocó a una amplia gama de actores para elaborar propuestas de reforma de la seguridad social y de la arquitectura del sistema de bienestar. Le asignó la responsabilidad de liderar este proceso a Rodrigo Arim, director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, un especialista en welfare, pero también un verdadero experto en articular puntos de vista distintos gracias a su larga trayectoria en el cogobierno universitario. El trámite fue extenso y denso. El documento final está lejos de ser literatura de ocasión para entretener a las bases: contiene un conjunto de propuestas programáticas que guardan una alta correspondencia con la tradición frenteamplista y cuentan, en general, con respaldo técnico. Por origen, proceso y resultado, el Diálogo Social está lejos de ser trivial y políticamente inocuo. Es un hito.
El 1 de mayo tampoco es una fecha más. Nunca lo fue para la izquierda uruguaya. Escuchar el punto de vista del movimiento sindical tampoco es, apenas, un ritual. No lo fue nunca. Y, al menos desde la “autocrítica” que siguió a la derrota del Frente Amplio en 2019, no perder la conexión con el movimiento sindical es un elemento central en la estrategia de la “fuerza política”. Esto no es meramente declarativo. Tuvo, hace cinco años, consecuencias muy importantes. El Frente Amplio tomó la decisión de promover el referéndum contra artículos de la Ley de Urgente Consideración para ser consistente con la definición estratégica de no apartarse de sus bases sociales, siguiendo al PIT-CNT. Esa definición sigue estando presente ahora que volvió a ser gobierno. El Frente Amplio tiene decidido no ignorar al movimiento sindical. Los dirigentes frenteamplistas no van al acto del Primero de Mayo solo a estar presentes y a tomar mate. Van a escuchar lo que se dice. Y los discursos del Primero de Mayo fueron muy serios. No es difícil advertir los matices entre el enfoque fuertemente antimperialista de Javier Díaz, el tono hipercrítico de Nathalie Barbé, y el balance de los méritos y cuentas pendientes del gobierno (y del movimiento sindical) de Joselo López. Pero, más allá de matices, el movimiento sindical reclamó, como es habitual, más Estado y más políticas sociales. Y para financiar todo esto, más impuestos “a los más ricos”. Nada de esto es trivial y políticamente inocuo. Es otro hito.
Dicho en otros términos. Asistimos a un reclamo estridente de “giro a la izquierda” que llega desde lo más profundo de las bases sociales y políticas del gobierno. Esta demanda adquiere mayor intensidad en algunas fracciones del Frente Amplio (comunistas y socialistas) y en organizaciones sociales como el movimiento sindical. Pero, si voy por la pista correcta, interpretarlo solamente como el punto de vista de “las bases”, o de los sectores más radicales, es perderse una parte de la película. Hace 20 años pasó algo similar. Una parte muy significativa de los apoyos frenteamplistas interpretaron que el gobierno de Tabaré Vázquez era demasiado “centrista”. En ese momento, Tabaré Vázquez optó por no tomar nota y mantenerse firme en el rumbo “astorista” adoptado. El que leyó bien la coyuntura fue José Mujica. Fue así, sintonizando con ese malestar, que logró derrotar a Danilo Astori, primero en el congreso de 2008, y luego en la primaria de 2009.
Se viene acumulando una demanda similar. El Diálogo Social y los discursos del Primero de Mayo son claros testimonios del clima de una célula de tormenta dentro del bloque frenteamplista. Caben dos preguntas. La primera de ellas es qué hará el gobierno. Es lógico que intente atenderla de algún modo. Pero las decisiones del equipo económico serán cruciales. Tanto las propuestas del Diálogo Social como las del movimiento sindical exigen aumentos en el presupuesto. La próxima Rendición de Cuentas, desde este punto de vista, será otro hito decisivo. La segunda pregunta es qué fracción o líder del Frente Amplio se las ingeniará mejor para captar el malestar. Desde luego, si hay más recursos para las políticas sociales y los cambios estructurales que se reclaman, habrá menos malestar. Pero, si no hay cambios significativos, será el Movimiento de Participación Popular (MPP), columna vertebral del gobierno, el que cargará con el costo político.
Hace muchos años, Gerardo Caetano, José Rilla y Romeo Pérez Antón nos enseñaron que los partidos uruguayos duran, porque cambian. Perduran, cambiando. Lo que cambia más a menudo y fácilmente es la distribución de votos en la interna de cada partido. Los partidos quedan, pero el peso específico de sus distintas fracciones cambia. El MPP es mayoría dentro del Frente Amplio hace muchos años. Pero no está escrito en ningún lado que vaya a seguir siéndolo, especialmente si el malestar se sigue acumulando y no toman nota a tiempo de las demandas existentes.