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El MPP ya estuvo a cargo de la Presidencia, con Mujica a la cabeza, y fue mayoría durante las tres administraciones del Frente Amplio; ¿cuál es la diferencia? Que antes estaban Tabaré Vázquez y Danilo Astori como contrapeso
Ya pasó casi un año. El próximo miércoles 13 será el primer aniversario del fallecimiento de José Mujica, uno de los principales líderes históricos del Frente Amplio. Y no murió en cualquier momento. Murió después de que el Movimiento de Participación Popular (MPP), la fuerza política que ayudó a crear, lograra su mayor votación en sus cerca de 40 años de trayectoria y alcanzara, a través de Yamandú Orsi, por segunda vez la presidencia de la República.
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El MPP ya era el sector más votado del Frente Amplio desde 2004, cuando la coalición de izquierda ganó por primera vez el gobierno nacional. Luego se sucedieron cuatro elecciones, en las que nunca perdió el liderazgo. Pero lo de octubre de 2024 fue arrasador. Obtuvo 410.806 votos en su lista al Senado, el 40,8% de todos los que logró el Frente Amplio (un total de 1.005.887). Más que todo el Partido Colorado, por ejemplo. Hay que irse hasta mediados del siglo XX y a la histórica lista 15 del batllismo para encontrar un fenómeno electoral similar.
¿Qué pasó? ¿Hay acaso medio millón de uruguayos, casi uno de cada cuatro de los que votan, que son del MPP? ¿Se corrió el espectro ideológico local hacia a la izquierda? ¿Sigue siendo el MPP un movimiento que representa a la izquierda más tradicional y radical, como algunos creen? Parece bastante evidente que no, que son otras las explicaciones. El MPP asumió, a lo largo de las últimas décadas, el lugar de otros movimientos que se hicieron masivos en el pasado por su amplitud de puertas de entrada. De eso no cabe duda.
¿Pero por qué y cómo ocurrió? Todos los politólogos y analistas coinciden en atribuir a Mujica esa explosión electoral del MPP. Tanto que logró ser presidente y, 15 años después, ayudó a que uno de los suyos también lo fuera. Cambió la historia, marcó un antes y un después. Para algunos, lo hizo para mal y, para otros, para bien, depende del lugar ideológico del que se lo mire. Eso sí, nadie discute que significó un punto de quiebre.
Desde ese lugar, lo que le preocupaba a Mujica, en especial durante sus últimos años de vida, era lo que definía como “infantilismo de izquierda”. Combatía a aquellos que, según su visión, se habían quedado en los años sesenta y seguían repitiendo viejas consignas. Lo más importante para él era evolucionar, saber adaptarse a los distintos tiempos y ser pragmático, sin perder el ADN. Él cambió y mucho a lo largo de su vida y eso fue lo que le permitió llegar hasta donde llegó.
“Yo no gané por ser tupamaro, gané a pesar de ser tupamaro”, repetía una y otra vez, y es probable que tuviera razón. La mayoría de sus votantes no estaban depositando su confianza en un exguerrillero, sino en una persona que evaluaban como auténtica y con mucho sentido común. Fue eso lo que lo terminó catapultando a ese final de tanto apoyo en las urnas.
Ya en la última etapa, cuando en la fase final de su enfermedad participaba en la preparación del futuro gobierno encabezado por Orsi, había dos cuestiones que molestaban a Mujica en referencia a ese “infantilismo de izquierda”. Una la desarrolló públicamente durante una entrevista radial con Sarandí, unas semanas antes de su fallecimiento. Dijo que la central sindical PIT-CNT había hecho menos reclamos al gobierno de la Coalición Republicana que a los del Frente Amplio. Se quejó porque, a su entender, los dirigentes gremiales eran mucho menos contemplativos con las administraciones de izquierda que con las demás y opinó que eso generaba mucho daño interno.
El otro asunto nunca lo manejó en público, pero sí lo transmitió en privado a algunos de los principales dirigentes del MPP, que se disponían a asumir las principales responsabilidades en el Poder Ejecutivo. Les solicitó que dejaran de ver a los empresarios como enemigos y trabajaran más cerca de algunos de ellos, porque eran necesarios para poder construir poder de la mejor manera.
En definitiva, lo que estaba reclamando era que se asumieran como parte de una colectividad política distinta, con otras responsabilidades, que no podía seguir viviendo solo de viejas utopías y del deber ser. Aquello que había dicho sobre los sapos y culebras que había que comerse de vez en cuando para lograr ganar, pero aplicado al gobierno.
Claro, eso no es para cualquiera. Tampoco lo es el MPP, al que muchos dirigentes tradicionales de izquierda ven con cierto recelo. Es más, algunos de los más abrazados a las banderas fundacionales del Frente Amplio siguen hasta hoy dudando sobre qué tan estrecho es el vínculo de los principales referentes del MPP con la coalición de izquierda. En otras palabras, no los sienten como frenteamplistas de ley.
Justamente, en ese recelo puede estar la explicación, en parte, de lo que está ocurriendo en estos días. Es allí donde se podría entender el descontento creciente con el gobierno que muestran algunos de los sectores más de izquierda. No se están viendo representados por la actual administración en muchos aspectos. Sienten que volvieron a alcanzar el poder, pero que son otros los que lo están ejerciendo.
El problema es que casi la mitad de los votos del Frente Amplio en las últimas elecciones fueron para el MPP. Y a esos desencantados con el gobierno no les gusta mucho el MPP, porque sienten que, con aquello de alejarse del “infantilismo de izquierda”, lo que están haciendo en realidad es correrse demasiado hacia el centro y terminar de consolidarse como un partido tradicional más. Por eso, tanto ruido.
Por eso y por otro factor no menor. En los hechos, el MPP ya estuvo a cargo de la Presidencia, con Mujica a la cabeza, y fue mayoría durante las tres administraciones del Frente Amplio. ¿Cuál es la diferencia? Que antes estaban Tabaré Vázquez y Danilo Astori como contrapeso. Había un mayor equilibrio. Todos se sentían representados de cierta manera. Las fuerzas estaban más divididas y también las acciones y las responsabilidades.
Hoy todo eso quedó más desdibujado. No están tan claras las fronteras ni quiénes son los nuevos líderes. Tampoco a quién representa el MPP ni qué espectro ideológico abarca sin Mujica. Hay dudas, además, sobre cómo será su futuro. Es un tiempo de cambios y de reacomodos, lo que genera incertidumbre.
En definitiva, esa es la gran disyuntiva. Hace mucho tiempo que el Frente Amplio pasó a ser un partido tradicional más, con sus luces y sus sombras, aunque algunos no lo quieran asumir. Ya no es aquel rebelde y contestatario adolescente, sin responsabilidades. Más lejos todavía quedó su infancia y aquel mundo de fantasías. Revivir ese pasado descontaminado sigue siendo una posibilidad, pero, para seguir en el gobierno, se necesita madurez. También se puede volver al llano, lo cual no parece muy alejado en las actuales circunstancias. Es una cuestión de elecciones.