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    Malvinas, Trump y el arte de no confundir ruido con música

    En tiempos de política exterior errática, filtraciones anónimas y alianzas que se renegocian al ritmo de los tuits presidenciales, la tentación de confundir gestos con victorias es enorme; el gobierno argentino cayó en esa trampa

    Columnista de Búsqueda

    La filtración cayó como un regalo del cielo para el gobierno de Javier Milei: un correo interno del Pentágono, revelado el 24 de abril por la agencia Reuters y atribuido a Elbridge Colby, principal asesor de política del Departamento de Defensa, señalaba que Washington evaluaba revisar su respaldo a las “posesiones imperiales europeas”, mencionando explícitamente a las islas Malvinas y al peñón de Gibraltar. Para una administración que construyó buena parte de su capital político exterior sobre el alineamiento incondicional con Donald Trump, la noticia llegaba como un broche de oro: la prueba final de que la apuesta había valido la pena.

    El gobierno argentino ya tenía logros concretos para justificar ese relacionamiento, el más estrecho entre una administración argentina y Washington en décadas. El respaldo político y financiero de la administración Trump —con Scott Bessent como figura central desde el Tesoro— fue clave para que el gobierno de Milei pudiera estabilizar su economía en un momento de extrema turbulencia que le permitió al gobierno llegar en mejores condiciones a las elecciones legislativas de 2025, donde el oficialismo logró consolidar su posición.

    Pero nada podría igualar a que Trump terminara poniendo a Estados Unidos del lado argentino en la disputa soberana sobre Malvinas. Sería, en los propios términos libertarios, el más extraordinario logro de toda la historia diplomática argentina. El problema es que ese quiebre no existe. Y las chances de que eso suceda son, en el mejor de los casos, remotas.

    El gobierno argentino al unísono

    La reacción oficial fue inmediata y coordinada. Horas antes de que la filtración se conociera públicamente, Milei ya había dado señales de optimismo mesurado en una entrevista donde afirmó que su gobierno estaba “haciendo todo lo humanamente posible para que las Malvinas vuelvan a manos de Argentina” y que “no hay foro” en que no haga “el reclamo”.

    Una vez conocida la filtración, el canciller Pablo Quirno respondió con una extensa publicación en X donde reafirmó los derechos soberanos argentinos, y el propio Milei lo respaldó con un escueto pero contundente: “Las Malvinas fueron, son y siempre serán argentinas”. El ecosistema mediático y de redes sociales afín al gobierno se lanzó a celebrar lo que interpretó como el inicio de un quiebre histórico entre Washington y Londres.

    Una amenaza de venganza, no una política de Estado

    Para entender qué hay detrás de la filtración, hay que leer el contexto en el que aparece. Estados Unidos y Europa atraviesan su peor momento de tensión desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Trump viene presionando a sus aliados de la OTAN desde el primer día de su segundo mandato: les exige mayor gasto en defensa, alineamiento político y participación efectiva en sus decisiones militares. El punto de quiebre más reciente fue la guerra contra Irán. Cuando Washington esperaba respaldo logístico y acceso a bases, Europa optó, en el mejor de los casos, por la cautela y, en el peor, por el rechazo directo.

    En particular el premier británico Keir Starmer irritó a Trump por su falta de apoyo. Y el español Pedro Sánchez, con su pomposo y teatralizado “no a la guerra”, lo enfureció. La lectura de la administración republicana fue simple: falta de compromiso en un conflicto que alteró el equilibrio de Medio Oriente y puso en crisis la disciplina interna de la alianza. En ese marco, el correo del Pentágono suena mucho menos a una revisión estratégica y mucho más a una amenaza de venganza. Gran Bretaña y España aparecen señaladas no por razones geopolíticas vinculadas al Atlántico Sur, sino por su posicionamiento frente a Irán. El componente ideológico agrava la fricción: Starmer es laborista, Sánchez es socialista, y ambos representan exactamente el tipo de política que Trump desprecia.

    La propia administración estadounidense se encargó de confirmar esa lectura. El secretario de Estado Marco Rubio minimizó el asunto con llamativa contundencia: “Fue tan solo un correo electrónico. La gente se está exaltando demasiado por un correo electrónico. Era simplemente un correo electrónico con algunas ideas”. Poco después, un vocero del Departamento de Estado precisó que la posición de Washington sobre las islas “sigue siendo de neutralidad”. Difícilmente pueda haber señal más clara de que lo que el ecosistema libertario festejaba como una victoria diplomática era, en los propios términos de Washington, apenas una tormenta en un vaso de agua. Pero una amenaza no es una política. Y un correo filtrado no es un documento de Estado.

    El episodio de las Malvinas no es el primero en el que una amenaza de Trump contra un aliado europeo provoca pánico diplomático antes de evaporarse. El caso de Groenlandia es el ejemplo más reciente y elocuente. A principios de 2026, Trump reclamó con creciente agresividad la soberanía sobre el territorio autónomo danés, citando su valor estratégico en el Ártico y sus enormes recursos naturales. En una escalada extraordinaria, anunció que impondría aranceles del 10% a partir del 1º de febrero a bienes provenientes de Dinamarca, Alemania, Francia, Reino Unido y otros socios europeos, con amenaza de elevarlos al 25% si no se alcanzaba un acuerdo antes del 1º de junio. Europa respondió con una dureza inusual: fondos de pensiones daneses y suecos comenzaron a vender bonos del Tesoro estadounidense, y la Unión Europea amenazó con activar un paquete de aranceles de represalia por más de 93.000 millones de euros.

    La crisis se resolvió de forma tan abrupta como había comenzado: Trump anunció “el marco de un futuro acuerdo sobre Groenlandia” tras reunirse con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en Davos, y canceló los aranceles prometidos. La primera ministra de Dinamarca fue tajante: el acuerdo marco no involucró la soberanía de Groenlandia. En Wall Street bautizaron el movimiento con un acrónimo que ya se repite cada vez que Trump amenaza y retrocede: TACO, por “Trump Always Chickens Out”. El patrón es siempre el mismo: amenaza máxima, pánico internacional, negociación acelerada, retroceso parcial presentado como victoria. La filtración del Pentágono sobre Malvinas huele parecida.

    Doscientos años sin fisuras

    No existe en los archivos de defensa ni en las doctrinas de seguridad nacional de Estados Unidos o del Reino Unido un solo documento oficial que muestre siquiera una grieta en el vínculo entre ambas potencias. La llamada “relación especial” angloestadounidense es el eje estratégico más duradero de la política exterior occidental: dos siglos de arquitectura consolidada en inteligencia, defensa, tecnología y valores compartidos.

    Sus pilares actuales son tan sólidos como concretos. La alianza Aukus (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) comprometió a Washington y Londres en la transferencia de tecnología de submarinos nucleares por un valor estimado en más de 245.000 millones de dólares a lo largo de décadas. La red de inteligencia Five Eyes constituye el sistema de vigilancia e intercambio de información más sofisticado del mundo. Nada de esto se desmantela por un correo anónimo que genera ruido en el ciclo de noticias de 48 horas.

    Londres lo sabe. La respuesta del portavoz de Starmer fue rápida y sin concesiones: “La posición del Reino Unido es clara y no va a cambiar. Es una postura histórica e invariable, y así permanecerá”. La canciller Yvette Cooper fue más directa aún: “Las islas Malvinas son británicas”. Y como señal de que el ruido diplomático no alteró ningún cálculo militar, el jefe de la Real Fuerza Aérea británica, sir Harv Smyth, declaró que se encuentran en “alerta máxima” y “listos” para defender las islas, y que el papel de la Real Fuerza Aérea en la defensa de ese espacio aéreo es “innegociable”. Mientras el tema motiva titulares en Buenos Aires, las Malvinas cuentan con una guarnición militar permanente, cazabombarderos Typhoon de última generación y la presencia ocasional de submarinos nucleares de clase Astute. Ese despliegue no es retórica. Es arquitectura de control.

    La diplomacia que se necesita

    En tiempos de política exterior errática, filtraciones anónimas y alianzas que se renegocian al ritmo de los tuits presidenciales, la tentación de confundir gestos con victorias es enorme. El gobierno argentino cayó en esa trampa. Celebró como un logro diplomático lo que en realidad es un síntoma de la inestabilidad global. El reclamo por Malvinas requiere una diplomacia de largo aliento capaz de distinguir el ruido de la realidad, de construir alianzas multilaterales sólidas, de sostener posiciones con documentos y argumentos, y de fortalecer las capacidades propias de negociación en lugar de depender de la voluntad cambiante de un aliado imprevisible.

    Es difícil hacer eso en estos tiempos. Pero es necesario intentarlo. Porque las Malvinas no van a recuperarse en un debate periodístico o en redes sociales, y ningún correo filtrado del Pentágono va a reemplazar décadas de política exterior.