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    Hogar versus basurero

    ¿Avalará Uruguay que Trump siga adelante con su política racista y discriminatoria, violenta y cruel, y recibirá a quienes él desecha, aunque no hayan decidido ni manifestado su voluntad de vivir en Uruguay? O, por el contrario, ¿decidirá dejarlos solos?

    Columnista de Búsqueda

    La verdad es que a veces uno se pregunta si es necesario. Los números no le están dando bien al gobierno de Yamandú Orsi, no es ninguna novedad. Aún no ha logrado mostrar los tan prometidos anuncios de la campaña, aunque algunas de esas promesas estén encaminadas. La inseguridad es la principal preocupación de los uruguayos —como para no— y, más allá de los anuncios, los resultados tardan en llegar. No hay magia, se sabe, pero sí urgencia. Y, mientras tanto, en el ambiente político también hay una suerte de chatura, como si no pasara nada. Un día una pelea por una pavada, otro día por otra, y así.

    Y en medio de toda esta situación parsimoniosamente uruguaya, cada tanto aparece una bombita que agita el avispero. Y esta vez, ni más ni menos, la bombita tiene que ver con un eventual acuerdo con el gobierno de Donald Trump. De pique, una mala palabra para gran parte de la izquierda. Pero, además, no es, o sería, cualquier acuerdo. La posibilidad, anunciada por The New York Times, de que Estados Unidos deporte migrantes cubanos o de otras nacionalidades a Uruguay, si es que ambos países se ponen de acuerdo, cayó como piedra en la interna frenteamplista.

    Por eso la pregunta sobre si es necesario. ¿Necesita el gobierno, con lo golpeado que viene, una nueva interna con su fuerza política? Cualquiera diría que no, pero, en fin.

    La cuestión es que, ni bien se publicó el artículo, comenzaron a aparecer las primeras reacciones de rechazo desde distintos sectores del partido de gobierno. No porque sean migrantes, mucho menos porque sean cubanos. La oposición parte del hecho de la deportación. De que son personas que no quieren vivir en Uruguay, sino que serían obligadas a hacerlo. El canciller Mario Lubetkin intentó bajar las aguas y aseguró que se trata de conversaciones, como las que se mantienen con otros países; que no hay una propuesta concreta y, mucho menos, una respuesta. Pero nada como querer bajarle la espuma a un tema picante para que pase lo contrario.

    Hay un problema evidente. La política de detención a migrantes de los Estados Unidos es inhumana. Lo vimos una y otra vez en videos que llegan desde distintos puntos del norte. Si tienen la suerte de que no les peguen un tiro porque sí, los agarran, los arrastran, los golpean, violan todos sus derechos. Solo por ser migrantes. No estamos hablando de delincuentes peligrosos. Migrantes que, en muchos casos, escapan de las realidades horrorosas de sus países.

    El senador del MPP Daniel Caggiani dijo días atrás en la diaria Radio que “una cosa es que determinada población de determinado país decida venir a radicarse a Uruguay, y otra cosa es este tipo de acuerdos que, sin duda, tienen otro tipo de desarrollo”. Y ejemplificó con un “cambio de figuritas”. “Yo me tengo que sacar esto de encima y te lo mando, tipo basura. Parece ser más parte de una política que está llevando adelante el gobierno de la administración Trump en varios países”, dijo.

    Y, en ese sentido, el mismo medio informó que, según un monitoreo de las organizaciones Human Rights First and Refugees International, Estados Unidos mantiene distintos tipos de acuerdo “de tercer país seguro” con al menos 35 países. Catorce son africanos y 16 americanos, en especial de América Central y el Caribe. En América del Sur, solo Paraguay, Ecuador y Guyana tienen este tipo de acuerdo.

    El presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, aseguró que Estados Unidos está presionando a los países latinoamericanos para que acepten a sus deportados. “Estamos viviendo una época de apriete norteamericano como no vivió América Latina después de la dictadura”, dijo.

    En similar postura se ubicó la Vertiente Artiguista. “Reafirmamos que Uruguay es un país de acogida y abierto a los migrantes de todo el mundo, pero a personas que dan su consentimiento para venir al país. Por esa razón entendemos que el gobierno uruguayo no debe quedar asociado con esta política discriminatoria, manteniendo las reglas del derecho internacional y de los derechos humanos”, señaló.

    Era previsible la postura de los distintos sectores. Quizás, una vez más, hubiera sido una buena medida el intercambio interno. Es verdad que el gobierno no tenía pensado hacer públicas estas conversaciones y que el New York Times se adelantó a la jugada. De todas formas, en un tema tan sensible, parecería importante una decisión más consensuada. No podemos habernos olvidado tan rápido de la experiencia de los presos de Guantánamo, de los que ya no hablamos.

    Uruguay es un país de acogida. Históricamente ha recibido a migrantes de todas partes del mundo y lo sigue haciendo. Lo vemos todos los días en la calle, en el supermercado, en los trabajos. Los acentos se mezclan, se acomodan, muchas personas logran acompasar sus vidas a este país que tiene tantos problemas como puertas abiertas. No es fácil para gran parte de los migrantes. Vemos a profesionales formados en Cuba, Venezuela, República Dominicana trabajando por dos vintenes en lo que haya hasta que logran encontrar un trabajo que les permita traer a sus familias. Sufren múltiples discriminaciones antes de conseguirlo, pero, al menos, una parte lo logra.

    Sin embargo, creo que es interesante tratar de ver el tema desde dos ópticas, y hay una contradicción que, al menos a mí, me atraviesa. ¿Quiere Uruguay aliarse con Estados Unidos y quedar atado de alguna forma a políticas antinmigrantes e inhumanas con las que no concuerda en absoluto? ¿Avalará Uruguay que Trump siga adelante con su política racista y discriminatoria, violenta y cruel, y recibirá a quienes él desecha, aunque ellos no hayan decidido ni manifestado su voluntad de vivir en Uruguay? ¿Bajo qué formato? ¿Los vamos a ayudar a insertarse en la sociedad o simplemente van a venir y que se manejen? Hay muchas más preguntas que certezas, pero hay una que me deja dudando, aunque considere más atinada la respuesta negativa. Y si decimos que no por todo lo antes señalado, a esas personas sobre las que aseguramos, denunciamos y sabemos que se ejerce una violencia brutal, ¿decidimos dejarlas solas?