• Cotizaciones
    jueves 26 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Hola, Mides, sacalos de mi vista

    Cuando pensamos en lo que le preocupa a “la gente”, tenemos que pensar que la gente no somos solo las personas que tenemos un lugar a donde volver. La gente somos todos, también las personas que vemos desvariando en la vereda, con millones de problemas de salud derivados de años de intemperie y soledad

    Columnista de Búsqueda

    En los últimos días, y por culpa del exceso de cobertura del caso Cardamamea culpa—, volvimos a escuchar por parte de distintos actores del sistema político esa frase que cada tanto aparece: “Hay que hablar de lo que le preocupa a la gente”. Verdad. Pero ¿somos capaces de definir el concepto de la gente? ¿Quién es “la gente”? ¿Qué gente? La gente que labura todo el día, la que vive de rentas, la que va al súper y no le dan los números, la que tiene un hijo con discapacidad, la que estafa, la que se rebusca para conseguir el mango, la que tiene una profesión que le permite vivir sin sobresaltos, la que tiene esa profesión pero no llega a pagar la caja, la que cuida a los padres mayores, la que huye de la violencia en su propio hogar, la que se endeuda hasta el caracú para tener la casa propia, o la que no tiene nada y ve pasar la vida desde un cartón en la vereda. ¿Estamos seguros de que a toda esa gente le preocupa más o menos las mismas cosas? Está bien, hay mediciones para saberlo, va ganando la inseguridad y está bien que pongamos el foco ahí, pero uno de los problemas más difíciles es cómo y dónde ponemos el foco.

    Y uno de los focos está puesto en las personas que viven en la calle. Hay quienes ven a estas personas que no tienen donde vivir como uno de los principales agentes de la inseguridad. Bueno, en algunos casos, seguro tienen razón, hay ejemplos de sobra de personas que atacan, roban, causan disturbios en las veredas y hacen al barrio más difícil de habitar. Es verdad también que a nadie le gusta abrir la puerta de su casa y tener a una o varias personas desparramadas durmiendo entre acolchados, cartones, comida y cajas de vino. Ni que orinen y defequen en el costado del contenedor, ni que peguen unos gritos de noche. Mucho menos si son personas agresivas. Está perfecto. Lo que no está perfecto es pensar que todas las personas que viven en la calle son una masa homogénea que solo está allí para molestar al buen vecino y que hay que sacarlos de la vista. Los sacan, no los vemos, ya no existe el problema. Los sacan, aunque sea a los empujones e insultos, pero no importa porque ya no están ahí. No los vemos, no existen.

    Bueno, señores, existen. Existen y urge encontrar medidas en serio. ¿Cuáles son? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que pese a los esfuerzos y estrategias que llevaron adelante los distintos gobiernos, el problema es cada vez mayor. Y cuando digo problema no hablo de las personas como un problema, sino del problema de que no podemos encontrar una solución para que tengan una vida digna. ¿O vamos a ser tan hipócritas de pensar que levantarlos, sacarles todas sus cosas, denigrarlos y tratarlos como subhumanos soluciona algo? Va la policía en nombre de la Ley de Faltas y les saca todo, les tiran sus pertenencias y los llevan a los lugares destinados para ellos. Al rato están allí de nuevo, porque es lo único que tienen. La calle. Es triste, tristísimo, pero está archiprobado que el modelo no funciona. Los gobiernos crearon refugios, casas de medio camino, dispositivos, hicieron diagnósticos. No funcionó. Estamos llenos de diagnósticos y soluciones que no solucionan nada. No vale quedarse con la chiquita de que se crean soluciones y las personas no las quieren usar. Hay mil razones por las cuales no las quieren usar y la mayoría son válidas. Alcanza con hablar con ellos. Con sus distintas realidades y necesidades. Todos los gobiernos sin excepción han fallado en este tema.

    Les sorprendería saber la cantidad de personas que por distintos motivos pasan sus días sin un hogar pero trabajan, sostienen familias, buscan la forma de estar aseados, son honestos, estudian, no se meten con nadie y sufren en carne propia la vergüenza de su situación. A los que estamos adentro de las casas nos molestan los que se sientan en nuestras veredas, pero no nos detenemos a pensar por qué están ahí. Cómo llegaron, qué les pasó, por qué nadie los pudo o quiso ayudar y por qué cada vez son más y más y más. Pensamos en cómo sacarlos, pero no tanto en cómo evitar que pasen su primera noche muertos de miedo en un rincón abajo de un techo. Ni hablar si son mujeres. Si miramos las gráficas de población en calle —polémicas por su forma de medirlo, pero son las que hay—, el número solo crece. Más y más. El Estado y todos sus dispositivos fallan una y otra vez en el nombre de la buena intención. No funciona, lo lamento pero no funciona.

    Sé que muchos que leerán esto verán una visión ingenua de la situación. Lo sé y me arriesgo porque me importa más pensar la forma en que no llegue más gente a la calle que la forma de hacer que parezca que no existen solo porque no están bajo nuestra vista. Nos veo deshumanizados y me asusta. Queremos que los saquen de nuestra vista pero no nos importa qué pasa después. Tenemos miles y miles de casas deshabitadas desde hace décadas y no logramos encontrar la vuelta para que el “sin techo” lo tenga. Ponemos pinchos en las entradas de los edificios para que no se acuesten. Si se lastiman no nos importa. Eso somos. Asumámoslo y veamos cómo seguimos con nuestra vida cómoda diciendo que es un problema mundial y no rompiéndonos la cabeza para mejorarlo. Soy consciente de los esfuerzos estatales, pero lamento insistir en que no alcanzan y no son efectivos.

    Entonces, cuando pensamos en lo que le preocupa a “la gente”, tenemos que pensar que la gente no somos solo las personas que tenemos un lugar a donde volver. La gente somos todos, también las personas que vemos desvariando en la vereda, con millones de problemas de salud derivados de años de intemperie y soledad.

    Lo que hacemos no sirve y los responsables son quienes están allí para solucionarlo. Y en menor grado, pero también los vecinos que queremos sacar el problema de nuestros ojos y seguir nuestra vida como si todo lo que esas personas atraviesan no existiera. Porque llamar al Ministerio de Desarrollo o a la Policía para que saquen la basurita de nuestros ojos no es solucionar el problema. Es solucionar el nuestro. Nuestra molestia, nuestro asco, nuestra culpa.

    Como sé que esta visión no es compartida por gran parte de los que hablamos de estas cosas, les dejo una carta que elaboró el colectivo Ni Todo Está Perdido (Nitep), para que sepan lo que se siente desde ese lugar en el que creemos desde nuestro privilegio que nunca vamos a estar.

    “Nos llaman plan, no nos llaman ayuda. No nos llaman cuidado, cuando lo que hacen es barrer personas para que la ciudad no se vea a sí misma. La calle no es una falta, la falta es del Estado, que llega con ómnibus y custodia después de haber llegado tarde en derechos. No somos campamentos, somos cuerpos cansados. No somos foco de delitos, somos el resultado de una violencia que empezó mucho antes y siempre tuvo dirección. ¿A quién hablan cuando dicen ‘molestia’? ¿Quién dice ‘qué vida incómoda’ y cuál merece ser mirada? Trasladar no es acompañar, es castigar con uniforme y llamarlo asistencia es una mentira prolija. Nos piden que no volvamos pero no nos dicen a dónde ir. Nos piden cumplir normas en un sistema que nunca cumplió con nosotros. No hay seguimiento sin vínculos, no hay egreso sin casa, no hay salida sin tiempo, no hay dignidad cuando la respuesta es compulsiva. La ciudad se ordena a costa de los últimos. El espacio público se recupera expulsando a quienes ya lo perdieron todo. Decimos basta. Basta de políticas que limpian pero no reparan. Basta de operativos que tranquilizan conciencia y profundizan el abandono. La seguridad no se construye sacando a los pobres de la vista, se construye garantizando derechos. Antes de que la calle sea destino desde Nitep lo decimos claro: no todo está perdido pero cada desalojo sin humanidad nos empuja un poco más al abismo colectivo. No somos problema. Somos la prueba viva de un sistema que falta y después reprime su propio fracaso. La calle no se combate, se escucha, se acompaña, se transforma, y eso no se hace con patrullas, se hace con compromiso real”.

    // Leer el objeto desde localStorage