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Es contradictorio que un gobierno que convoca a la sociedad a charlar y proponer sobre temas que tienen unos límites difusos, que por su propia lógica tienen aristas inabarcables o son difíciles de tasar por esa sociedad civil, se limite ahora a informar que ya están disponibles los documentos de un proceso ya iniciado y, según parece, ya definido
El otro día en X el arquitecto Federico Bervejillo, exdirector nacional de Ordenamiento Territorial, hacía una pregunta más bien retórica respecto al proyecto de túnel por 18 de Julio, cuyo costo se calcula en US$ 500 millones. Retórica pero interesante y pertinente: “¿Cuándo se inicia la fase de participación pública que corresponde a este proyecto de alto impacto territorial?”. Su comentario señalaba lo llamativo que es que una obra de esta magnitud, con todos los impactos sociales que va a tener, no haya abierto la posibilidad de una conversación previa con instituciones y colectivos de la sociedad civil. Bervejillo recordaba que muchas veces la solución tecnocrática deja de lado los impactos sociales y que no pocas veces fracasa por eso.
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Digo que la pregunta era más bien retórica porque se refería a una información de Presidencia que anunciaba que el Ministerio de Transporte y Obras Públicas ya había publicado los insumos técnicos del proyecto de reforma del transporte público metropolitano, en los que se incluían “análisis de ingeniería, simulaciones de tránsito y transporte público”, y puntualizaba que “los documentos están disponibles para que la ciudadanía los lea y los revise”. Bervejillo preguntaba si, por ejemplo, “¿no debería estar la Sociedad de Arquitectos exigiendo un proceso de participación pública sobre el proyecto de movilidad metropolitana, y especialmente en relación con las propuestas alternativas para 18 de julio?”.
La ausencia de esta charla previa resulta especialmente llamativa en un gobierno que ha hecho bandera de las mesas de diálogo social, en las que se convoca a la sociedad civil a conversar sobre distintos asuntos de calado. Es contradictorio que un gobierno que convoca a la sociedad a charlar y proponer sobre temas que tienen unos límites difusos, que por su propia lógica tienen aristas inabarcables o son difíciles de tasar por esa sociedad civil, se limite ahora a informar que ya están disponibles los documentos de un proceso ya iniciado y, según parece, ya definido. Un proyecto en el que, justamente, por ser mucho más concreto, tangible y de límites acotados, resulta mucho más necesaria, factible y provechosa la mirada de la sociedad. Sobre todo, tratándose de un tema que ha sido objeto de debate desde hace décadas para la capital y su zona metropolitana.
La razón de esta contradicción, entiendo, es múltiple. Por un lado, para cualquier gobierno es más redituable, en términos simbólicos, convocar a una conversación abierta y más bien genérica sobre un asunto de contornos vagos. Es una forma de canalizar la inquietud que pueda estar generando, por ejemplo, la seguridad. Es una forma de “hacer” que no implica resultados concretos y que es más bien una declaración de intenciones que, al menos en el discurso, se interesa por las distintas sensibilidades y necesidades que se planteen. Harina de otro costal es lo que efectivamente se va a hacer. Los gobiernos gobiernan sobre la base de políticas públicas concretas y no de declaraciones de intenciones. Es por eso por lo que cada ministerio u organismo tiene su propio plantel de técnicos y especialistas, que serán quienes instrumentarán esas buenas intenciones. O no: por sus propias características difusas y más bien simbólicas, nada garantiza que lo conversado en una mesa de diálogo incida en una política pública real. De hecho, lo que se decide en las mesas de diálogo social no es vinculante para el gobierno y, de yapa, el organismo de seguimiento, la llamada Comisión Sectorial, está bajo el control directo del Poder Ejecutivo.
Quizá ya nadie lo recuerde, pero hace unos años este país tuvo una cosa que se llamó GACH (Grupo Asesor Científico Honorario), que con su aplicada tarea resultó ser una de las garantías de buena gestión pública durante la pandemia. El GACH fue conformado por el propio gobierno y, aunque sus informes y propuestas tampoco eran vinculantes, este se apoyó de manera constante en su producción. Claro, en una situación de emergencia sanitaria, en la que la evidencia científica disponible cambiaba cada día, la dependencia del gobierno de estos insumos era muy fuerte. Si lo que querían era gestionar bien (o lo mejor posible) una pandemia que venía matando a cientos de miles en casi todo el mundo, lo mejor que podían hacer era tomar en cuenta lo que los científicos decían al respecto.
Quizá nadie lo recuerde tampoco, pero cuando en determinado momento el gobierno decidió seguir solo algunas de las recomendaciones del GACH, muchos pusieron el grito en el cielo: ¿cómo iba a estar lo político por encima de lo científico? Sin embargo, es así: quienes gobiernan, quienes tienen los votos y la legitimidad que emana de esos votos para hacerlo, son los políticos. En la medida en que estos políticos se apoyen en buena evidencia, eventualmente conseguirán mejores resultados. Pero la decisión final sobre cada asunto es suya, es política. No se trata tanto de supremacía de una lógica sobre otro como de lógicas que operan sobre distintos ámbitos. Ciencia y política son cosas distintas.
Recordando el nivel de precisión y solvencia que mostró el GACH en sus recomendaciones, no es raro que ningún político quisiera continuar la experiencia de seguir apoyándose de manera muy cercana en un grupo científico independiente. Independiente es la clave, porque los científicos o técnicos que trabajan dentro del Estado están subordinados, hasta por el organigrama institucional, a aceptar o, como mínimo, a no salir públicamente a discutir lo que su organismo decida. Parece contraintuitivo. ¿Por qué un político no querría contrastar sus planes con buena evidencia científica? Quizá no lo es tanto cuando se trata de políticos que tienen pánico a quedar en evidencia cuando surge una distancia entre la mirada científica y la política. El político cortoplacista entiende que, al aceptar esa mirada externa, está cediendo parte de su poder. Sobre todo, cuando esa mirada es técnica: la Sociedad de Arquitectos del Uruguay, urbanistas y creadores con agenda no partidaria, como el proyecto Ghierra Intendente, técnicos con propuestas propias, todos pueden aportar de maneras muy concretas, tal como aportó en su momento el GACH. Sin embargo, no todos los políticos quieren atravesar, por ejemplo, el ruido mediático que se generó cuando el gobierno no siguió todas las recomendaciones del GACH. Y aquel gobierno, el de Luis Lacalle Pou, se metió en ese brete no porque se muriera de ganas, sino porque entendió que no tenía más remedio. Es más fácil, entonces, convocar a diálogos amplios en los que nadie verifica demasiado las distancias entre lo propuesto y lo realizado, y en los que el control queda en manos del Ejecutivo.
¿Sería deseable que la política se basara en la evidencia? Totalmente. ¿Sería bueno que cualquier proyecto multimillonario de alto impacto social recoja el sentir de esa sociedad en la que impacta? Sin duda. ¿Mejorarían las políticas públicas si contaran con un verificador técnico independiente? Seguramente. Pero nada de eso va a ocurrir si los políticos solo se interesan por el ejercicio de poder a corto plazo y priorizan la construcción de la pirámide que los encumbre para toda la eternidad.